Capítulo 12

1098 Words
Mateo no iba a ir. O eso se dijo. Después del último encuentro, lo lógico era dejarlo estar. Dar espacio. No forzar. No insistir. No tienes que hacerlo. Solo estar. La frase sigue rondándole. Y, sin embargo… entra. Como quien no quiere demasiado, pero tampoco lo suficiente como para no hacerlo. El local está más lleno que otros días. Ruido, movimiento, gente que entra y sale sin fijarse demasiado en nada. Mateo saluda a alguien en la entrada, responde un par de comentarios sin pensar, se abre paso hasta la barra. Todo automático. Todo… fácil. Pide algo. Espera. Y entonces la ve. No tarda. No tiene que buscar demasiado. Mara está de pie, cerca de la mesa alta de siempre. Pero no está sola. Hay un chico con ella. No es especialmente llamativo. Ni más alto. Ni más seguro. Ni más nada. Simple. Normal. Y, aun así… Mateo se queda un segundo más mirando de lo necesario. El chico está hablando. Mara escucha. Asiente. Dice algo que Mateo no alcanza a oír. Y sonríe. Pero no es la sonrisa que le dedicó a él el otro día. No es más grande. No es más intensa. Es… más suelta. Más natural. Como si no hubiera nada que sostener. Mateo recoge su bebida sin apartar la mirada del todo. —¿A quién miras? —pregunta Dani, apareciendo a su lado sin avisar. Mateo gira apenas la cabeza. —A nadie. Demasiado rápido. Dani sigue su mirada igualmente. —Ah. Silencio. Mateo da un sorbo. Largo. Más de lo necesario. —¿Quién es? —pregunta Dani. —Ni idea. Y es verdad. No lo conoce. No hay motivo. No hay contexto. No hay historia. Solo… eso. Ellos dos. Hablando. Como si fuera fácil. Como si no hubiera que pensar nada. Mateo apoya el vaso en la barra con más cuidado esta vez. Demasiado control. —Normal —dice—. Tendrá gente con la que hablar. Dani no responde. Mateo tampoco añade nada. Pero no aparta la mirada del todo. No puede. Porque hay algo en esa escena… que no le encaja. Y no sabe por qué. Mateo intenta no mirar. Lo intenta de verdad. Se gira hacia Dani, responde a algo que no termina de escuchar, asiente en el momento correcto. Incluso se obliga a reír en un comentario que no le ha hecho gracia. Todo funciona. Todo encaja. Menos eso. Porque vuelve. Siempre vuelve. Mara ha cambiado ligeramente de postura. Ahora está apoyada con más peso en la mesa, el cuerpo orientado hacia el chico, sin tensión. No hay cálculo. No hay pausa entre lo que escucha y lo que responde. No mide. No espera. Simplemente está. Y eso… eso es lo que le molesta. Mateo da otro sorbo. Más corto esta vez. Como si estuviera midiendo hasta eso. El chico dice algo. Mara se ríe. No más fuerte. No más larga. Pero distinta. Más libre. Como si no hubiera nada que sostener en esa risa. Mateo frunce el ceño apenas. Un gesto mínimo que desaparece en cuanto aparece. —¿Seguro que no miras a nadie? —pregunta Dani, sin levantar la voz. Mateo niega. —Estoy escuchándote. Dani sonríe. No lo corrige. Mateo vuelve a mirar. Otra vez. Ahora Mara no habla. Escucha. Pero no como antes. No con esa especie de distancia tranquila que Mateo había empezado a reconocer. Aquí hay algo más directo. Más abierto. El chico termina la frase. Mara responde enseguida. Sin pensar. Sin buscar la palabra correcta. Sin filtrar. Y ahí… Mateo lo nota. Eso. Eso que él no consigue. Esa facilidad que no tiene cuando está con ella. Esa ausencia de esfuerzo. Mateo deja el vaso en la barra. Demasiado despacio. Como si así pudiera controlar algo. —No está haciendo nada especial —murmura. Dani no responde. Mateo sigue mirando. —Es… normal. Y lo dice como si eso explicara algo. Como si eso lo hiciera menos incómodo. Pero no lo hace. Porque precisamente eso es lo que no entiende: que con él todo es medido y con otro… no Mateo apoya las manos en la barra, inclinándose apenas hacia delante. No para acercarse. Para ver mejor. Y en ese gesto… hay algo nuevo. No es curiosidad. No es interés. No es análisis. Es… comparación. Y no le gusta lo que ve. Mateo podría acercarse. No sería raro. No sería incómodo. Ni siquiera sería fuera de lugar. Podría hacerlo como siempre: entrar en la conversación, soltar una frase ligera, abrir un hueco. Lo ha hecho mil veces. Y, sin embargo… no se mueve. Se queda apoyado en la barra, con el vaso entre las manos, observando desde una distancia que no le gusta. —¿No vas a ir? —pregunta Dani, sin mirarlo. Mateo tarda un segundo más de lo necesario en responder. —No. Demasiado seco. Dani asiente, como si no esperara otra cosa. Silencio. Mateo da un sorbo. El hielo ya no suena. O quizá es que él ya no lo escucha. Mira otra vez. Mara sigue ahí. El chico dice algo, ella responde. Se inclina un poco más hacia él. No invade. No busca. No empuja. Solo… está. Mateo aprieta el vaso. Un poco más de la cuenta. —No tiene sentido —murmura. Dani gira la cabeza apenas. —¿El qué? Mateo niega. —Nada. Pero no es nada. Porque lo está viendo. Una y otra vez. la facilidad la ausencia de esfuerzo la naturalidad que con él no aparece Mateo se recuesta ligeramente, cruzándose de brazos como si así pudiera cortar la escena. No funciona. Vuelve. Siempre vuelve. Mara ahora está escuchando. No dice nada. Solo asiente. Pero no es pasiva. No está esperando su turno. Está dentro. Y eso… eso es lo que no consigue entender. —Es normal —dice, más para sí que para Dani—. Está hablando con alguien que conoce. Excusa. Rápida. Cómoda. Dani no responde. Mateo vuelve a mirar. Otra vez. Y en esa repetición… algo se instala. No es celos como él los entendería. No hay enfado. No hay posesión. Hay… descoloque. Una sensación incómoda de no saber dónde encaja él en esa imagen. De no saber cómo entrar ahí sin romperlo. Y eso… eso es nuevo. Mateo exhala por la nariz, lento. Podría ir. Podría interrumpir. Podría probar. Pero no lo hace. Porque, por primera vez… no sabe qué versión de sí mismo usar. Y eso lo deja quieto. Anclado. Mirando. Como si en algún momento la escena fuera a cambiar sola. No lo hace. Y aun así… no deja de mirar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD