La ve…
y no se mueve.
Eso ya es nuevo.
Mateo se queda apoyado en la barra, con el vaso entre las manos, observándola desde una distancia que antes no habría mantenido ni cinco segundos.
No porque no quiera acercarse.
Sino porque esta vez…
quiere hacerlo bien.
Y esa idea le pesa más de lo que esperaba.
Mara está sentada, sola, con un libro abierto que no parece estar leyendo del todo. De vez en cuando levanta la vista, observa sin buscar nada concreto, y vuelve a la página con la misma calma de siempre.
Mateo la mira… y piensa.
Demasiado.
No entres directo
No fuerces la conversación
No intentes llevarlo a ningún sitio
Sé natural
Parpadea.
Frunce el ceño apenas.
—Sé natural —murmura en voz baja, como si eso fuera una instrucción clara.
No lo es.
Da un sorbo.
El vaso ya no le sirve de refugio.
Antes todo era más fácil.
Entraba, hablaba, reaccionaba.
Ahora…
ahora hay una especie de pausa entre lo que piensa y lo que hace.
Y en esa pausa…
se pierde.
Mateo se pasa la mano por la nuca, incómodo.
—Venga —dice, más para sí que para nadie—. No es para tanto.
La frase vuelve.
Siempre vuelve.
Pero ya no tiene el mismo efecto.
Levanta la vista otra vez.
Mara sigue ahí.
Igual.
Sin cambios.
Sin esperar.
Y eso…
le quita cualquier punto de apoyo.
Mateo da un paso hacia delante.
Se detiene.
Otro más.
Se vuelve a parar.
No duda en el sentido clásico.
No es inseguridad.
Es…
exceso de conciencia.
Cada gesto parece medido antes de existir.
Cada palabra… evaluada antes de salir.
Y eso…
no es él.
—Esto es absurdo —murmura.
Pero no se va.
No puede.
Porque ya no se trata solo de acercarse.
Se trata de no hacerlo mal.
Y eso…
es mucho más complicado.
Finalmente, se impulsa hacia delante.
No con la misma fluidez de antes.
No con esa seguridad automática.
Sino con algo nuevo:
intención.
Y esa intención…
lo cambia todo.
—Hola.
La palabra sale correcta.
Ni demasiado alta, ni demasiado baja.
Ni invasiva, ni distante.
Perfecta.
Y, aun así…
no suena como él.
Mara levanta la vista del libro.
Lo ve.
—Hola —responde, cerrándolo sin prisa.
Mateo asiente, como si ese gesto ya fuera un buen comienzo.
No te precipites
No llenes el silencio
Deja espacio
Se queda de pie un segundo más de lo necesario.
Mara lo observa.
No incómoda.
Pero sí… esperando.
Mateo señala la silla con un gesto leve.
—¿Puedo?
—Claro.
Se sienta.
Demasiado recto.
Demasiado consciente de dónde pone las manos, de cómo apoya los codos, de la distancia exacta que mantiene.
Relájate
No lo consigue.
—¿Qué lees? —pregunta.
Pregunta segura. Neutra. Funcional.
Mara gira el libro hacia él lo justo.
—Nada que te interese.
Mateo sonríe, pero tarda un segundo en hacerlo.
—Eso es asumir demasiado.
—No —responde ella—. Es observar.
Silencio.
Mateo asiente.
No corrijas
Sigue
—Vale… —dice—. Entonces sorpréndeme.
La frase suena bien.
Pero no encaja del todo en el momento.
Mara lo mira.
Y esta vez no responde enseguida.
Ese pequeño retraso…
pesa.
—No tengo nada que demostrarte —dice al final.
Y lo hace sin dureza.
Pero también sin entrar en el juego.
Mateo se mueve en la silla, apenas un ajuste.
Cambia de tema
No te quedes ahí
—Ya, claro —dice—. Era por seguir la conversación.
Suena… explicado.
Demasiado.
Mara ladea la cabeza un milímetro.
—No hace falta que la sigas si no sale.
Ahí.
Otra vez.
Ese tipo de frase que no puedes discutir…
pero tampoco puedes usar a tu favor.
Mateo asiente.
Demasiado rápido.
—Sí, sí.
Silencio.
Más largo ahora.
Mateo intenta sostenerlo.
No lo llenes
Pero lo siente.
Le pesa.
Y en ese peso…
termina hablando.
—El otro día fue distinto —dice—. Más… natural.
Error.
En cuanto lo dice, lo nota.
Mara no cambia la expresión.
Pero hay algo en su mirada que se afina.
—Hoy también podría serlo —responde—. Pero estás pensando demasiado.
Directo.
Sin adornos.
Mateo se queda quieto.
No hay respuesta preparada para eso.
Porque es verdad.
Y lo sabe.
No lo niegues
No te justifiques
Pero tampoco sabe qué hacer con ello.
—No —dice finalmente—. Solo estoy intentando no hacerlo mal.
Y ahí…
sin querer…
lo dice.
La frase se queda entre los dos.
—Solo estoy intentando no hacerlo mal.
Mateo la escucha como si no fuera suya.
Como si alguien más la hubiera dicho en su lugar.
Mara no responde enseguida.
Lo mira.
No con juicio.
No con dureza.
Pero tampoco con esa ligereza de antes.
Ahora… está más atenta.
—Eso es hacerlo mal —dice al final.
Sin subir el tono.
Sin necesidad de explicarlo más.
Mateo parpadea.
Una vez.
—¿Perdón?
Mara se inclina apenas hacia atrás, cruzando una pierna con calma.
—Si estás intentando no fallar… ya no estás en la conversación.
Silencio.
Mateo se queda quieto.
No porque no entienda las palabras.
Sino porque encajan demasiado bien.
—Estoy hablando contigo —responde, más bajo.
Mara niega suavemente.
—Estás pensando cómo hablar conmigo.
Ahí.
Directo.
Sin escapatoria.
Mateo aparta la mirada un segundo.
Se pasa la mano por la nuca, ese gesto que ya empieza a aparecer más de lo que le gustaría.
—No es lo mismo.
—Sí lo es —dice ella—. Porque no estás aquí.
Silencio.
El ruido del local vuelve a colarse, pero esta vez no tapa nada.
Mateo respira hondo.
—Es que contigo… —empieza, y se detiene.
No sabe cómo terminar.
No hay una frase que le encaje.
Mara espera.
No lo empuja.
Pero tampoco lo salva.
Y eso…
le obliga a seguir.
—Contigo no sé cómo hacerlo —dice al final.
Ahí está.
Más claro.
Más expuesto.
Mara sostiene la mirada.
Y por primera vez en toda la conversación…
su expresión se suaviza un poco.
—No tienes que hacerlo.
La frase cae distinta.
No es un límite.
Es otra cosa.
Mateo frunce el ceño, confundido.
—Entonces… ¿qué?
Mara se encoge ligeramente de hombros.
—Estar.
Silencio.
Otra vez esa palabra.
Otra vez ese concepto que no termina de encajar en su forma de entender las cosas.
Mateo baja la mirada un segundo, como si necesitara apoyarse en algo más concreto.
—No sé hacer eso sin más —admite, casi sin querer.
Mara asiente.
Como si ya lo supiera.
—Ya.
Y no lo dice como crítica.
Lo dice como un hecho.
Mateo vuelve a mirarla.
Y ahí…
algo cambia.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
Porque ya no está intentando ganar la conversación.
Ya no está buscando el siguiente paso.
Está…
incómodo.
Presente.
Y sin saber muy bien qué hacer con eso.
—Vale —dice al final, en voz baja.
Y esta vez…
ese “vale” no es una salida.
Es un reconocimiento.