Capítulo 10

1637 Words
Mateo no ve el momento exacto. Y eso ya le molesta. Está a medio comentario con Dani —algo ligero, automático— cuando vuelve a mirar hacia la mesa del fondo. Y ya no está. Ni despedida. Ni gesto. Ni ese cruce casual que, de alguna manera, siempre acababa ocurriendo. Nada. Mateo se queda un segundo más mirando el espacio vacío, como si hubiera pasado algo que no termina de entender. —¿Qué? —pregunta Dani, siguiendo la dirección de su mirada. Mateo parpadea, vuelve rápido. —Nada. Demasiado rápido. Dani no insiste. No debería. Esa es la primera idea que le viene. No porque haya pasado algo grave. Ni porque tenga una razón clara. Sino porque… ya lo ha intentado. Y no ha encajado. Mateo apoya el vaso en la barra y se queda un segundo más mirando el reflejo borroso del local en el cristal. Gente moviéndose, luces, ruido… todo en su sitio. Todo fácil. Menos eso. —Estás otra vez —dice Dani, sin necesidad de mirar. Mateo frunce el ceño. —¿Otra vez qué? —Pensando si acercarte. Silencio. Mateo no responde. Pero no hace falta. Dani sonríe de lado. —Lo bueno es que esta vez ya sabes que no funciona como siempre. Mateo suelta una risa breve. —No es para tanto. La frase le sale sola. Y ni él mismo se la cree del todo. Dani no insiste. No le corta el camino. Y eso… también es nuevo. Mateo levanta la vista. La busca. No tarda en encontrarla. Mara está de pie, hablando con alguien cerca de la barra. No parece una conversación importante. Nada profundo. Nada que llame la atención. Y, aun así… ahí está otra vez esa sensación. No de urgencia. No de necesidad. Más bien… de curiosidad que no se apaga. Mateo exhala por la nariz, lento. Podría no hacerlo. Podría quedarse ahí. Terminar la bebida. Irse. Y no pasaría nada. Eso es lo que más le molesta. Que no pasaría nada. —Voy un momento —dice al final, sin mirar a Dani. —Ya —responde él—. Ya lo sé. Mateo no le devuelve la mirada. Se impulsa hacia delante, separándose de la barra con menos decisión que otras veces. No duda. Pero tampoco avanza igual. Hay algo más medido. Menos automático. Camina hacia ella sin buscar una entrada brillante. Sin frase preparada. Sin ese pequeño impulso de querer destacar. Solo llega. Y eso, en él, ya es distinto. Se detiene a su lado, lo justo para que su presencia sea evidente… pero no invasiva. —Creo que esta vez sí voy a decir hola normal —dice, con una media sonrisa que no busca ganar nada. Mara gira la cabeza. Lo ve. Y esta vez… la sonrisa llega antes. —Eso mejora bastante tus probabilidades. Mateo asiente, aceptando el punto sin defenderse. —Estoy aprendiendo. Y lo dice medio en broma. Pero no del todo. No hay tensión al empezar. Y eso ya es distinto. Mateo no entra midiendo cada palabra, ni buscando ese punto exacto donde la conversación se convierte en algo más. Esta vez… simplemente está. —Te doy dos minutos antes de que vuelvas a analizarme —dice él, apoyándose a su lado con una ligereza que no es fingida. Mara alza una ceja, divertida. —Te estoy dando margen. No lo desaproveches. —¿Eso es una amenaza? —Es una observación preventiva. Mateo sonríe, más relajado de lo que esperaba. —Entonces voy bien. —De momento —responde ella. Silencio breve. Pero no pesa. No hay necesidad de llenarlo. Mateo se queda ahí, mirando un segundo hacia el frente antes de volver a ella. —Vale… ¿qué estabas diciendo antes de que llegara a interrumpir con estilo? Mara ladea ligeramente la cabeza. —Que hay gente que necesita hablar para no pensar. Mateo suelta una risa corta. —Eso me suena a ataque personal. —No era la intención —dice ella, sin corregirse—. Pero si te sientes identificado… —No, no —responde él, levantando una mano—. Yo hablo porque me gusta tener razón. Mara sonríe. Y esta vez la sonrisa se queda un poco más. —Eso sí encaja. —Gracias —dice Mateo—. Me gusta la coherencia en las críticas. —No es crítica —responde ella—. Es descripción. Mateo la mira un segundo más. No para ganar terreno. No para empujar nada. Solo… porque le hace gracia. —Pues me estás describiendo muy mal —dice—. También tengo otras cualidades. —Seguro. —¿No te interesa saber cuáles? Mara se encoge de hombros, tranquila. —Si aparecen, sí. Mateo deja escapar una risa suave. —Eso es muy injusto. —No —responde ella—. Es cómodo. Silencio. Pero esta vez… no se rompe. Se queda ahí. Y ambos lo sostienen sin esfuerzo. Mateo nota algo. Algo distinto. No está intentando encajar. No está buscando reacción. No está construyendo nada. Y, aun así… la conversación sigue. Se mueve. Respira. —Vale —dice él al cabo de un momento—. Esto sí es raro. Mara lo mira, curiosa. —¿El qué? Mateo se encoge de hombros. —Que no estoy haciendo nada… y no va mal. Mara sonríe, apenas. —A veces funciona. Mateo asiente. Y por primera vez… no necesita añadir nada. La conversación se queda flotando en ese punto cómodo donde todo parece fácil. Mateo apoya el codo en la barra, girado hacia ella sin invadir, con esa sensación reciente de que, esta vez, no tiene que hacer demasiado. Y le gusta. Demasiado. —Te voy a ser sincero —dice, con una media sonrisa que no busca impresionar—. Esto está mejor de lo que esperaba. Mara lo mira. No incómoda. Pero tampoco sigue el tono. —¿El qué? Mateo se encoge de hombros. —Hablar contigo sin… —hace un gesto leve—, tener que descifrar nada. Mara sostiene la mirada un segundo más. —No tienes que descifrar nada nunca. La frase cae suave. Pero no acompaña. Mateo sonríe, como si fuera una cuestión de enfoque. —Ya, pero ahora es distinto. Ahí. Ahí se cuela. Ese pequeño paso de más. Esa interpretación que convierte el momento en algo con continuidad. Mara lo percibe. No cambia la expresión. No se cierra. Pero ajusta. —No es distinto —dice, tranquila—. Tú estás distinto. Silencio. Mateo ladea la cabeza, como si quisiera entender mejor. —¿Eso es bueno o malo? Mara se encoge de hombros. —Es lo que es. No lo define. No lo valida. No lo empuja. Y eso… lo deja en el aire. Mateo se queda un segundo más en ese punto, intentando sostenerlo. —Bueno… —añade, bajando un poco el tono—, si seguimos así, igual hasta me acostumbro. Ahí. Otra vez. La idea de continuidad. De algo que se mantiene. Mara lo mira. Y por primera vez en esa conversación… no sonríe. —No hace falta que te acostumbres. La frase es suave. Pero marca. Mateo parpadea, apenas. —¿Por qué no? Mara recoge su vaso, da un sorbo, sin prisa. —Porque no estoy ofreciendo nada que se tenga que mantener. Silencio. No es rechazo. No es cierre. Pero es un límite claro. Mateo la observa, intentando encajar esa frase en lo que él había empezado a construir. —Solo estamos hablando —añade ella, con la misma calma—. Y está bien así. Mateo asiente despacio. Porque no hay nada que discutir ahí. Nada que rebatir. Nada que girar a su favor. —Vale —dice al final. Y esta vez no hay broma. No hay doble intención. Solo aceptación… a medias. Mara vuelve a mirar hacia delante, como si la conversación hubiera llegado exactamente hasta donde tenía que llegar. Ni más. Ni menos. Y Mateo… se queda ahí. Entendiendo algo que no le termina de gustar: que no puede convertir esto en algo más solo porque ahora encaje mejor Pero sabe. Mateo coge el vaso, lo gira entre los dedos. El hielo ya casi no suena. —Se ha ido —dice al final, sin mirar. —Ya. Silencio. Mateo asiente, como si eso encajara en algún tipo de lógica. —Normal —añade—. Estaba con gente. Dani no responde. No hace falta. Porque no es eso lo que molesta. Mateo apoya el vaso en la mesa con más fuerza de la necesaria. Un golpe seco. Pequeño. Pero fuera de tono. —Además —continúa—, tampoco iba a quedarme ahí pendiente. La frase llega sola. Como defensa. Como si alguien lo hubiera acusado de algo. Dani levanta una ceja. —Claro. Mateo exhala, apoyando los codos en la mesa. —Es que no… —empieza, y se detiene. No sabe cómo terminar. Porque lo que le incomoda no tiene forma clara. No es que no haya hablado con ella. No es que haya pasado algo. Es… que no ha pasado nada. Y eso debería ser fácil. Ligero. Ignorable. Pero no lo es. Mateo mira otra vez hacia donde estaba Mara. El espacio sigue vacío. Y, por alguna razón, parece más visible que antes. —Da igual —dice al final, más bajo. Se recuesta en la silla, intentando recuperar una postura que ya no encaja del todo. —No era para tanto. Otra vez. Pero ahora… la frase cae como algo repetido. Gastado. Sin peso real. Dani no responde. Solo lo observa un segundo más. Como quien ya no necesita decir nada. Mateo desvía la mirada. Pero esta vez no vuelve a buscarla. No porque no quiera. Sino porque sabe que no está. Y ese vacío… es demasiado evidente.
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