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Fuera de contrato

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Camila Reyes, restauradora de libros, tiene diecisiete días para pagar $5,240,000 o perder la casa y el taller de su padre. Adrián Valdés, heredero de un grupo hotelero e inmobiliario, debe casarse antes de cumplir 34 años y sostener el matrimonio un año, o su tío se queda con la empresa. Firman un contrato de convivencia de 365 días: habitaciones separadas, besos de tres segundos como máximo, cero sentimientos. La única cláusula que ninguno pensó usar es la que ella añade a lápiz: avisar por escrito, en 48 horas, si algo cambia.

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Prólogo
POV Aurelio Cláusula séptima. Mi nieto Adrián recibirá el cincuenta y uno por ciento de las acciones el día en que cumpla un año de matrimonio. — Testamento de Aurelio Valdés Urquiza La lluvia llegó antes que el notario, lo cual dice bastante de Ernesto Barragán. La vi venir desde mi sillón de la biblioteca. Primero un viento tibio que despeinó el ahuehuete, luego el olor a tierra mojada colándose por las rendijas, y al final el cielo de las Lomas rompiéndose encima de la casa como una charola de vasos. Tengo ochenta y siete años, un tubito de oxígeno en la nariz que detesto con toda el alma y cuatro médicos que coinciden en algo: este verano es el último. Qué poca originalidad la mía, morirme de lo mismo que todo el mundo. Me lo dijeron con esa cara que ponen, mezcla de pésame y de factura. No se lo he dicho a nadie. A Gonzalo no, porque daría un discurso. A Adrián tampoco, porque armaría una carpeta. Solo a Chayo, que asintió sin dejar de picar cebolla, y a Ernesto, que en ese momento entraba empapado hasta el moño (amarillo, con patitos) apretando el maletín contra el pecho como si cargara a un bebé dormido. —Siéntate antes de gotear los libros —le dije—. Hay ejemplares en esta sala que valen más que tu despacho. —Mi despacho vale poco —contestó, y se sentó—. Por eso me aguantas. Es flaco, tiene setenta y cuatro años, lentes redondos y una colección de moños que parece elegida por un niño de cinco. Lleva cuarenta años redactando los papeles de mi familia y es el hombre que más secretos de los Valdés conoce y el único que nunca los ha usado en nuestra contra. En esta familia eso se parece mucho a la santidad. Chayo entró con una charola, dos tazas y una mirada de reproche dirigida al tubito de oxígeno. —Se lo dije al doctor, señor: si se quita la manguera para tomar café, que no se queje. —Me quito la manguera para morirme a gusto, Rosario. —Eso no se lo permito antes de las ocho de la noche. Dejó el café y se fue con la dignidad de una reina destronada que sigue mandando en la cocina. Ernesto probó el suyo y puso cara de haber recibido una buena noticia. A los notarios, igual que a los niños, el café de Chayo los reconcilia con el mundo. Abrió la carpeta, leyó mi cláusula séptima con voz de parte médico y levantó la vista. —Aurelio, esto es un chantaje con apellido. —Es una invitación con notario. —No se puede obligar a nadie a enamorarse. —Por eso no escribí «enamorarse». Escribí «habitar». —Levanté un dedo largo, manchado de edad—. El amor no se ordena, Ernesto. Lo intenté toda la vida con la gente que quería y jamás funcionó. Pero el techo sí. Se puede ordenar que dos personas desayunen en la misma cocina, se topen en el pasillo con el pelo mojado, se oigan toser a las tres de la mañana. Lo demás lo hacen solos. La convivencia es una trampa honesta. —¿Y si Adrián contrata a una actriz? —Que la contrate. Las actrices también se cansan de actuar, y quien actúa mucho tiempo junto a otro acaba diciendo la verdad sin querer. A las tres de la madrugada, a oscuras, a alguien se le olvida el guion. —Si falla, todo pasa a Gonzalo. —Lo sé. Mi hijo lleva treinta años esperando que lo mire. Lo miro, créeme; por eso le dejé lo que construyó con sus propias manos. Pero la empresa no es un premio de consolación. Son cuatro mil familias, y no se la voy a entregar a un hombre que ya habla con compradores extranjeros a mis espaldas. Ernesto abrió la boca. —No me lo contaste tú —me adelanté—. También yo tengo oídos. Esta casa tiene muy buena acústica; por eso la elegí. Un trueno largo cruzó el cielo y los dos esperamos a que terminara, como en misa. —Cuéntame de Adrián —dijo el notario, más bajo. Miré el otro sillón, el de enfrente, con la tapicería más gastada del lado derecho. Cincuenta y ocho años apoyó el codo ahí una mujer que ya no está. —El día que enterramos a su papá, Adrián tenía once años y a las tres de la mañana no lo encontraban. Estaba aquí, acomodando libros por tamaño, del más alto al más bajo. Le dije: «Hijo, ven a dormir». Me contestó sin voltear: «Ya casi termino, abuelo». —Me pasé la mano por la boca—. Estaba tan ocupado en no desmoronarse que se le olvidó llorar. Y nadie se lo recordó. Yo tampoco. Llevo dieciocho años dejándolo ordenar. —Es un buen hombre. —Es un hombre cansado. Veintinueve años, una casa de veintidós habitaciones donde usa dos, una novia que lo dejó por vivir con «una fortaleza sin puertas», y la creencia ridícula de que todo lo que se quiere se pierde y todo lo que se firma se cumple. Cuando yo me muera va a guardar el dolor en carpetas. Y las carpetas no abrazan. Del bolsillo del cárdigan saqué una libreta negra, de lomo gastado, y la dejé sobre el escritorio. —¿Sigues escribiendo en esa cosa? —Todas las noches. El libro de las pequeñas cosas. Lo empecé en 1969, el día que descubrí que Amalia canturreaba cuando creía que nadie la oía. Me pareció tan importante que me dio miedo olvidarlo, y lo anoté. Si me preguntas por qué la quise, no sé decirte nada grande. Pero puedo leerte el día que se le cayó el anillo al desagüe y lloró de risa, o el martes que se quedó dormida en mi hombro en una película malísima y no me moví hasta que acabaron los créditos. Eso es el amor, Ernesto. No es una promesa: es un inventario. —Eso no cabe en una cláusula. —No. Pero cabe en un año. La lluvia aflojó, como si también ella estuviera escuchando. —Necesito otra cosa. Cuando yo no esté, y solo cuando Adrián haya agotado todas sus soluciones elegantes, vas a contratar para esta biblioteca a Taller Reyes, en Coyoacán. Restauración integral. Calcula un año. —Joaquín Reyes murió hace casi tres años. —Lo sé. Fui al funeral y me quedé al fondo, como ladrón. Hablo de su hija, Camila. Debe de tener veinticuatro. —Una sombra de sonrisa se me coló en la cara—. Hace dieciocho años su papá vino a recoger un tomo que se me cayó en la fuente del jardín. Yo, que he firmado contratos de cien millones sin que me temblara el pulso, estaba a punto de llorar delante de un encuadernador. Y detrás de él venía una niña de seis años, con trenzas y las rodillas raspadas, que tocó el lomo hinchado con dos dedos y me dijo con una seriedad que no he vuelto a ver en ningún consejo de administración: «No está roto, señor. Solo está cansado. Hay que dejarlo secar y tratarlo despacio». Me quedé mirando la lluvia. —Llevo dieciocho años acordándome de esa frase. Y desde hace unos meses no puedo pensar en mi nieto sin oírla. —¿Por eso la eliges? —Porque fue la última en irse del panteón cuando enterraron a su padre. Porque carga ella sola un taller que debió cerrar hace años. Porque termina lo que empieza. Y porque, seguro, necesita dinero. Esa gente siempre lo necesita y nunca lo pide. —¿Y si no se caen bien? —Habrá una biblioteca restaurada y un notario con la conciencia limpia. —¿Y si se caen bien? —Entonces habrá algo que escribir en la libreta. —Para alguien que no cree en ordenar el amor, estás ordenando muchísimo. —Soy un Valdés, es lo único que sabemos hacer. Pero yo ordeno la mesa, Ernesto. A los comensales no los toco. —Lo miré de frente, sin una gota de humor—. Una condición. Adrián no debe enterarse nunca de que fui yo quien la eligió. Ella tampoco. Si lo saben, será un plan, y los planes se cumplen o se incumplen. Yo quiero una casualidad. Las casualidades, la gente las siente suyas. —Aurelio… —Prométemelo. —Lo prometo. —Y quítate ese moño de patitos antes de salir. Tienes una reputación que cuidar. —Es de mi sobrina. Me lo regaló ayer. —Entonces que no se te caiga nunca. Cuando se levantó, me desabroché el reloj: un Omega de cuerda, de 1962, carátula crema y cristal rayado por décadas de puños de saco. Le di cuerda con dos dedos y escuché el mecanismo despertar. —Cuando muera, se lo das a Adrián. Dile que hay que darle cuerda todos los días. Que lo que no se cuida, se detiene. —¿Eso es un mensaje o un reglamento? —En esta familia es lo mismo. Ernesto me apretó la mano un segundo, salió, y oí sus pasos por el pasillo, un motor, la lluvia ocupando el hueco que dejaba. Entonces abrí la libreta y escribí con mi letra vertical de siempre: 11 de julio. Hoy escribí la cláusula más difícil de mi vida. Amalia: si me equivoco, perdóname. Si acierto, no me lo digas; ya lo sabré. Al otro lado de la ciudad, en una casa baja de Coyoacán con un limonero en el patio, una muchacha de veinticuatro años le devolvía el lomo a un misal bajo una lámpara de escritorio, tarareando un bolero sin letra, sin saber que acababa de ser contratada. Todavía faltaban ocho meses para que alguien llamara a su puerta.

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