Suspiré y bajé la mano, ladeando la cara para mirar por lo bajo. A menudo me costaba aceptar que en algunas cosas me equivocaba y otras las pasaba por alto, lo bueno es que Rodrig me entendía, así que no era del todo necesario disculparme en voz alta. —Bien —dije en voz más baja y lo miré de nuevo, él me devolvía una mirada tranquila, sin juicio—. Vamos… te acompañaré a la cocina y ordenaré que te preparen algo que quieras. —Iré solo —musitó—. Puedo conseguir qué comer por mi cuenta. No había rebeldía ni pizca de soberbia en su voz, simplemente era él, cómodo, diciéndome que no me molestara. Asentí una sola vez. —Bueno. Está bien —dije, bajando la mirada a su pecho. Y él, mirándome con detenimiento notó mis emociones. —Estaré bien —pausó—. Me han dicho que las heridas las

