CAPÍTULO II – El Loto y la Sombra

1746 Words
POV Lianhua El amanecer cae sobre la Escuela de Entrenamiento Imperial como un filo dorado. El aire huele a metal pulido y flores de loto recién abiertas. Las antiguas columnas del pabellón de combate están decoradas con símbolos grabados de las generaciones pasadas de la Orden Lian Zhi Ying, guardianas del trono y de los secretos del Imperio. Hoy es el día de la evaluación final de selección. Y yo no soy Zhu Lianhua, princesa imperial de China. Hoy soy Lin Wei, una aspirante anónima, sin apellido, sin pasado. Solo una sombra en busca de propósito. La sala principal está dispuesta como un círculo de juicio. En el centro, un tatami tradicional; alrededor, doce maestras con túnicas negras y cinturones dorados. En lo alto, sobre una tarima rodeada por estandartes con el emblema del loto, se sienta Madame Yu, mi mentora y guardiana de mi secreto. Sus ojos, siempre serenos, hoy parecen dos hojas de obsidiana que todo lo ven. —Candidata Lin Wei —anuncia con voz clara—. Tu prueba final determinará si posees el equilibrio necesario para servir como escolta personal en misión diplomática de rango alfa. Prepárate. Inclino la cabeza, sin pronunciar palabra. El silencio es parte del ritual. A mi alrededor, los drones de registro se activan, proyectando un campo holográfico que recrea distintos entornos: un templo antiguo, una zona de conflicto urbano, una embajada en crisis. La prueba no mide solo fuerza: mide reacción, estrategia y control emocional. La primera simulación comienza. Tres figuras aparecen: proyectiles de luz con forma humana. Soldados enemigos. Corro hacia ellos con precisión mecánica, bloqueando un golpe descendente, girando sobre el eje, desarmando con una llave de hombro y rematando con una torsión limpia. Todo en cuatro segundos exactos. El marcador holográfico brilla: Tiempo óptimo. La segunda simulación exige agilidad mental. Se proyectan códigos estratégicos, órdenes falsas y comunicaciones interceptadas. Debo filtrar la información en tiempo real. Mi cerebro responde con velocidad de cálculo cuántico. Lo aprendí en Beijing, no en el campo de batalla. —Código 173 desviado. Orden 45 falsa. Movimiento enemigo previsto. —respondo al sistema con voz serena. Las maestras se observan entre sí. Algunas asienten. Tercera simulación. El entorno cambia: una emboscada en selva tropical. La humedad es casi real. Mi respiración se acelera. La prueba no mide quién gana, sino quién mantiene la mente intacta cuando el cuerpo cede. Un androide femenino con el uniforme de escolta me ataca con una lanza larga. Su movimiento es impecable. Contrarresto con mi espada de práctica, girando bajo el filo. El sonido metálico resuena como una campana. Mi subconsciente, esa fastidiosa conciencia que nunca calla, decide intervenir. —¿Y si te descubren, princesa? ¿Qué harás si alguien nota que luchas como una imperial? “Entonces habré demostrado que una princesa también puede ser un arma”, pienso, girando sobre una rodilla. La androide ataca de nuevo. Bloqueo, avanzo, derribo. El golpe final detona un destello. Silencio absoluto. La simulación se apaga. El aire vuelve a oler a loto y sudor. Madame Yu se pone de pie. Sus manos se unen en un gesto de respeto. —Candidata Lin Wei… —sus palabras cortan el aire— …la Orden te reconoce como una de las suyas. El resto de maestras repite el gesto. Una tras otra, inclinan la cabeza. El sello holográfico de las Lian Zhi Ying se proyecta sobre mi muñeca: un loto que se abre lentamente, revelando una espiral luminosa. Por un instante, olvido respirar. He pasado, he cumplido un sueño que parecía imposible, aunque antes de celebrar recuerdo, que no soy yo quien lo ha hecho, ha sido una chica llamada Lin Wei, un alías que sólo tendré por hoy y que probablemente no vuelva a usar en mucho tiempo Pero en el fondo de mi mente, la voz vuelve a murmurar. —¿Y ahora qué, Lianhua? Respondo en silencio mientras la luz del emblema aún palpita sobre mi piel: “Ahora empieza el verdadero combate: descubrir quién es Suriya Vattanak sin que descubra quién soy yo.” Alzo la vista hacia Madame Yu. Su expresión se suaviza apenas, como si compartiera mi pensamiento. —Prepárate —dice—. Tu destino ya ha sido sellado. Mañana partirás hacia Phnom Penh. Me inclino, pero antes de salir del pabellón, vuelvo la mirada al emblema del loto. Brilla sobre el tatami con la misma intensidad que late en mi pecho. La Orden me ha aceptado, o más bien, ha aceptado a alguien que MAÑANA, ya no será más. El juego de sombras ha comenzado. […] El Vuelo del Loto Dorado POV Lianhua Beijing amanecía con su habitual perfección tecnológica: cielos despejados por los filtros atmosféricos, avenidas suspendidas sobre magnetotrenes y templos ancestrales convertidos en museos interactivos. Desde el ventanal de mi habitación en el complejo imperial, podía ver la gran cúpula del Zhimei Tower, corazón económico del mundo. Allí, a kilómetros de distancia, latía la herencia de mis antepasados. Por primera vez en años, no sentía orgullo. Sentía peso. Peso en la sangre, en el apellido, en el deber. El aire del amanecer tiene ese silencio previo a las grandes decisiones. Camino por el pasillo iluminado por faroles inteligentes, cada paso resonando como un adiós. Mis maletas han sido despachadas bajo el nombre de Lin Wei, escolta de nivel alfa enviada por recomendación del Consejo Imperial. Ningún registro digital me vincula con Zhu Lianhua. La red cuántica ha sido cuidadosamente manipulada por mi propia mano. Madame Yu me espera junto al aerotren que conduce al puerto aéreo. Viste de n***o ceremonial; su expresión, tan imperturbable como siempre, esconde la ternura que nunca admite. —Todo está dispuesto, Su Alteza —dice en voz baja, y su manera de pronunciar Su Alteza suena más a despedida que a título. —No soy una alteza, Madame Yu. No hoy. —Entonces, ¿quién es usted? La miro unos segundos antes de responder. —Soy Lin Wei… por unas horas más. Subo al aerotren. Las puertas se cierran con un silbido. La capital imperial se desplaza lentamente tras el cristal transparente. Veo a los peatones con hanbok de diseño moderno, las estatuas de los emperadores Ming flotando en los parques, los drones de seguridad con forma de grullas. Todo se siente tan perfecto, tan estructurado… y tan distante. Cuando el tren se eleva y atraviesa la nube de tránsito orbital, cierro los ojos y dejo que el zumbido magnético me arrulle. El trayecto hasta el Aeropuerto Internacional Imperial de Beijing-Hexin dura quince minutos exactos. Allí, un avión cuántico del modelo Q-77 Long Phoenix espera en la pista privada reservada para misiones diplomáticas. Su fuselaje blanco refleja los colores del amanecer: oro, azul y rojo. Los colores del Imperio. Al subir, una voz automatizada me recibe: —Bienvenida, oficial Lin Wei. Vuelo directo a Phnom Penh, Reino de Camboya. Duración estimada: 2 horas, 36 minutos. Me acomodo en el asiento de piel sintética, mientras el avión despega con una suavidad casi irreal. La ciudad de Beijing se convierte en un mosaico brillante que se disuelve bajo el resplandor del cielo. Abro mi consola personal y activo el protocolo de transición de identidad. En la pantalla holográfica, el rostro de Lin Wei se distorsiona suavemente hasta transformarse en el de Sovann Dara (សុវណ្ណ ដារា). El cambio no es solo estético. Es simbólico. Mis datos genéticos cifrados, mis registros académicos y mis huellas de seguridad imperial son reescritos bajo el nuevo nombre. En el Reino de Camboya, Sovann Dara es una ciudadana de origen mixto: mitad camboyana, mitad china, huérfana de madre, criada en una academia estatal y con honores en defensa estratégica. Un expediente tan pulcro que nadie podría sospechar lo que oculta. Mientras el avión atraviesa la estratósfera, el reflejo del cielo se funde con el de mis ojos. Ya no hay princesa. Solo una sombra con propósito. —¿Estás segura de esto, Lianhua? —susurra mi subconsciente, siempre presente. —No. Pero los descubrimientos valen el riesgo. Cierro el archivo y miro por la ventana. Las nubes parecen espejos fragmentados. En ellos me veo multiplicada: Zhu Lianhua, Lin Wei, Sovann Dara. Tres nombres, una misma alma. Quizás eso somos todos: máscaras que se suceden mientras buscamos la verdad. El avión desciende lentamente sobre el golfo del Imperio Thai. Las aguas son tan azules que parecen digitales. Al fondo, la silueta del Reino de Camboya Unificado se levanta como un sueño tropical entre templos, torres flotantes y selvas artificiales. Cuando el sistema anuncia la aproximación final al Aeropuerto Real de Phnom Penh, un silencio reverente se apodera de la cabina. El control aéreo transmite la bienvenida oficial en tres idiomas: jemér, mandarín e inglés. El sonido del idioma camboyano me resulta hipnótico, casi musical. —សូមស្វាគមន៍មកកាន់ព្រះរាជអាកាសយានដ្ឋានភ្នំពេញ។ (Bienvenida al Aeropuerto Real de Phnom Penh). Sonrío sin pensarlo. El loto ha cruzado el agua. Desciendo del avión vestida con el uniforme gris oscuro de la guardia diplomática. No hay joyas, ni títulos, ni rastros del linaje imperial. Solo una insignia con mi nuevo nombre grabado en jemér: សុវណ្ណ ដារា – Sovann Dara, División Especial de Escoltas Reales. El calor húmedo del sudeste a******o me golpea como una caricia eléctrica. Huele a incienso, mar y madera antigua. El rugido de las turbinas queda atrás, y frente a mí se alza el arco ceremonial del aeropuerto real, tallado con relieves de apsaras danzantes. Camino entre columnas doradas mientras mi pulso marca un ritmo distinto, uno que no pertenece al protocolo ni a la sangre. Hoy no soy la hija del Imperio. Soy la futura guardiana del príncipe. Y mientras el sol del trópico me cubre de luz, pienso en la ironía de todo esto: para descubrir quién es Suriya Vattanak…primero tendré que descubrir quién soy yo cuando ya no me llamo Lianhua. Y es aquí cuando comprendo que el viaje que ya he comprendido que debo hacer comienza con ENTENDER quien realmente soy y aceptar la diversidad que hay en mí, después de todo soy más que sólo la hija de un imperio, he creado un nombre por mi misma, he usado mis propias habilidades para crear mi propio mundo y así me doy cuenta que este viaje no ha hecho más que comenzar, sin embargo, me pregunto ¿me gustará lo que encontraré al final? O ¿será todo en vano y me arrepentiré de lo que sea que estoy haciendo?
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