A las cuatro en punto llegué a la mansión de Julian Voss tan preparada como jamás lo estaría: arreglada, empolvada y deseando estar drogada. La casa se alzaba en una esquina del uptown, donde vivía la gente bien. Era un edificio alto de ladrillo rojo con una torre poligonal y un techo a dos aguas. La mayor parte de la casa se extendía detrás de la estrecha fachada, salpicada de vitrales, barandillas de hierro y frontones salientes; un ejemplo clásico del estilo Reina Ana estadounidense. Me hacía sentir sucia y barata, a pesar de que llevaba unos jeans de diseñador carísimos, un suéter grueso y me había dado un baño larguísimo por insistencia de Felicia. Intelectualmente sabía que mi ropa era de lo mejor, y tanto Felicia como yo nos habíamos arreglado el pelo con uno de los mejores estilis

