Noah Abby me encontró a la mañana siguiente tecleando en mi computadora. Entró desde la sala con su hermoso cabello púrpura despeinado y revuelto. Con una de mis camisetas blancas grandes estirada seductoramente por sus pechos, dudaba que hubiera una vista más hermosa que un hombre pudiera ver al despertar. —Vaya, si querías tentarme, se me ocurren peores formas de hacerlo —dije, levantándome y atrayéndola hacia un beso de buenos días. —Eres dulce, y tengo un aliento matutino horrible —respondió Abby cuando nos separamos. Era cierto, pero aun así, besarla era agradable. —¿Qué estás viendo? —El final del juego —dije, mostrándole el monitor al que estaba conectado—. Es un plan en el que he estado trabajando desde hace bastante tiempo. La pieza final del rompecabezas fue la información qu

