El frío de Ainsworth se había mudado de sus huesos a su alma. El verdor, el color noble y humilde de la vida, había sido succionado. El paisaje era un lienzo de hielo y sepia bajo un cielo que sangraba un gris perpetuo. Las colinas eran la piel arrugada de un gigante moribundo, y el aire era tan espeso que se movía como melaza fría.
Entonces, llegó Él.
No caminaba, sino que era portado por el silencio. Una figura de hombre adulto, esbelta y alta como una sombra que el sol ha olvidado. Su manto, de un n***o absoluto que parecía absorber la luz residual, no ondulaba, sino que caía inmóvil, como roca pulida. El rostro era un abismo, un vacío sin rasgos que Elinore sentía que debía reconocer, pero que se disolvía en la nada cada vez que intentaba fijarlo. La ausencia de expresión era la peor de las condenas, pues sugería una crueldad que trascendía la emoción.
En su mano diestra, la figura sostenía un cetro. No era un símbolo de autoridad forjado en oro y gemas, sino un huso de obsidiana pulida y reluciente, retorcido como una rama de tormenta y rematado por un cristal n***o que no brillaba, sino que absorbía la luz. De este objeto emanaba el Poder, no como un rayo o una llama, sino como la esencia misma de la disolución. Podía verse, como una neblina densa y palpitante de color índigo, una emanación constante que contaminaba cada palmo de tierra.
El hombre avanzaba hacia el corazón del reino, hacia la promesa de su destrucción. Y la forma en que se movía era una burla a la física conocida. Sus pies, envueltos en la sombra, no tocaban la tierra. No había esfuerzo, ni zancada. Flotaba, deslizándose sobre el paisaje como una mancha de aceite en el agua. Cada centímetro que cubría era un palmo de vida que se rendía al polvo.
A su paso, hasta la tierra gemía de dolor. Donde la neblina índigo tocaba la roca, esta se volvía arena fina, que el viento frío llevaba. Los esqueletos de los árboles, cubiertos de escarcha, se desmenuzaban en astillas secas que perdían su sustancia. Los pocos animales, las liebres y los pájaros que aún quedaban en las afueras, no morían; se desintegraban en el aire, volviéndose una bocanada de nada.
El camino del hombre era el camino del silencio y el vacío, una cicatriz oscura que se abría en el mundo. Elinore, anclada en su terror invisible, sintió cómo ese Poder latente era la antítesis de todo lo que Ainsworth representaba.
El tamborileo sordo del miedo se hizo eco en el aire. En el horizonte, alzándose contra la marea de la sombra, apareció la defensa. Era el endeble ejército de Ainsworth, hombres leales pero escasamente equipados y desgastados por el invierno implacable. Eran una línea delgada de metal oxidado y voluntad fracturada, un muro de paja frente al huracán. Se agruparon con los escudos en alto, sus lanzas apuntando a la figura que se acercaba. Una defensa patética, pero un último acto de honor.
El hombre no desaceleró su avance, ni siquiera por un instante de reconocimiento o burla. Su paso era implacable, medido por el ritmo de la ruina.
Cuando estuvo a menos de treinta pasos, y cuando el capitán del ejército dio el grito de carga, la figura levantó apenas su mano izquierda. No hubo conjuro, ni explosión de energía. Fue un simple, elegantísimo movimiento de muñeca, como quien descorre una cortina para revelar la noche.
La ola de poder fue invisible, pero su efecto, una obscenidad de la carne y el hueso.
Los soldados no cayeron; fueron despojados. Sus armaduras, sus ropas, incluso la piel de sus cuerpos, se separaron de sus almas en una fracción de segundo, arremolinándose en una tormenta de rojo y gris. Los gritos se ahogaron. Un momento después, las extremidades, los brazos que sostenían las lanzas, las piernas que sostenían su valor, fueron arrancadas de sus torsos por una fuerza centrífuga invisible y despiadada.
Quedaron montones de torsos grotescos, quietos en el campo. Los ojos muertos, abiertos en una mueca de incredulidad, eran lo único que recordaba que alguna vez habían sido hombres. La figura continuó su camino por el centro del campo de matanza, sin inmutarse, sin salpicar su manto n***o. Elinore sintió náuseas, un horror tan puro que le quemó el interior.
Pero la cruel escena no había terminado con la esperanza.
Avanzando desde la retaguardia, con una determinación que no coincidía con el miedo de los caídos, apareció un pequeño grupo de combatientes. Eran solo nueve almas. Nueve guerreros que Elinore jamás había visto en Ainsworth. Sus armaduras eran ligeras, de un metal oscuro y pulido que parecía absorber la luz. Lo más notable, y lo que hizo que la sangre de Elinore se helara aún más, eran sus rasgos.
Eran nueve hombres jóvenes, y sus semblantes compartían una extraña e inconfundible familiaridad con el de la figura oscura que portaba el cetro. No eran idénticos, pero eran del mismo linaje, de la misma estirpe. Sus ojos, aunque Elinore no podía verlos con claridad, sentía que contenían el mismo hielo antiguo.
Se movieron con una gracia letal, una coordinación que gritaba entrenamiento forjado en fuego y Magia. Esta no era la batalla patética de los soldados de Ainsworth; esto era una Lucha de Titanes.
Los nueve se enfrentaron a la figura. Hubo un breve, terrible cruce de energías. El hombre del cetro n***o respondió esta vez, no con un simple gesto, sino con un latigazo del Poder índigo. Los nueve eran rápidos. Sacaron sus armas—espadas de una hoja inusual, hachas ceremoniales—y sus movimientos crearon sellos de luz fugaz en el aire opaco. Intentaron rodearlo, intentaron inmovilizarlo, golpeando su escudo invisible de energía con una rabia desesperada.
Pero la figura era la encarnación del imparable.
El primero cayó cuando el cetro se movió. No fue golpeado, sino que su cuerpo se colapsó hacia adentro, como si la gravedad se hubiera concentrado en su pecho. El sonido de sus huesos rompiéndose fue sustituido por un silencio antinatural.
El segundo intentó un ataque aéreo; el hombre oscuro simplemente lo señaló. El guerrero no cayó; fue lanzado hacia el cielo con una fuerza que lo volvió un punto. En su ascenso, su cuerpo comenzó a girar y estirarse, hasta que solo fue una hebra de carne retorcida que explotó en una llovizna carmesí sobre las colinas distantes.
Los siete restantes lucharon con la furia de quienes saben que la derrota es inevitable, pero que el sacrificio es su único premio. Cada muerte era más horrible, más elaborada en su crueldad que la anterior. Uno fue congelado hasta convertirse en una estatua de hielo y luego pulverizado. A otro se le drenó el color de su piel hasta que se convirtió en una silueta blanca antes de desvanecerse. Elinore observó, con el corazón roto por una pena que no entendía, cómo estos nueve héroes, tan misteriosos como el destructor, eran reducidos a la nada.
El último de los nueve, su rostro un grito silencioso de desafío, logró dejar una leve marca de luz en el manto n***o del agresor antes de que este lo desintegrara con una ráfaga final de Poder.
La batalla, si se le podía llamar así, había durado quizás diez minutos. El hombre del cetro permaneció ileso, su quietud más aterradora que cualquier grito.
El tiempo se aceleró. Su mirada se desvió hacia el castillo de Ainsworth, que se alzaba precariamente en la distancia, las paredes de piedra erosionadas por el frío perpetuo del invierno.
Vio a su madre. La Reina Lyra, con el cabello suelto y la cara marcada por el hollín y el miedo, no luchaba; consolaba. Estaba en la plaza central, abrazando a una niña y cubriendo a un anciano, murmurando palabras que eran inaudibles pero que sonaban a oración.
Pero la figura oscura ya se había hartado del juego.
El hombre levantó el cetro y, en lugar de blandirlo, lo clavó en el suelo estéril. El acto fue un punto final en la existencia. El Poder índigo que antes era una neblina, se convirtió en una onda de choque concéntrica de energía pura, una expansión de la Nada.
La onda de choque se extendió a la velocidad de la luz, consumiendo el paisaje. Primero, los árboles distantes; luego, las casas del pueblo, que se convirtieron en montones de arena caliente. No había fuego, solo eliminación. Los niños que Lyra intentaba proteger, los ancianos, los pocos supervivientes que se habían escondido... fueron borrados. No quedó ni su sombra.
La onda golpeó el castillo. Los muros de piedra, que habían resistido el asedio de siglos, se desintegraron como polvo fino. Las grandes torres se convirtieron en cascadas de ceniza gris.
Y luego, alcanzó a Lyra.
Elinore gritó, pero su voz no era más que un soplo helado. Vio la expresión final en el rostro de su madre, no de miedo, sino de una tristeza infinita, de saber que la promesa había fallado. Lyra fue envuelta por la luz índigo y, en el parpadeo de un latido, ya no existía.
Elinore era la única cosa que quedaba en el vacío.
El hombre del cetro se irguió en medio de la desolación, un monumento de oscuridad, con las pirámides de espejo n***o alzándose en el horizonte. Y de repente, ese rostro sin rasgos se detuvo. Había detectado su presencia.
En menos de un pensamiento, la figura ya no estaba a kilómetros de distancia. Estaba a un palmo de su cara.
Elinore pudo sentir el frío opresivo de su presencia. El cetro n***o, aún latente con el Poder de la disolución, apuntaba directamente a su corazón. Por primera vez, la figura habló. No con la voz, sino con una resonancia que vibró en sus huesos, un sonido que era la suma de todo el dolor del mundo.
—Nadie podrá detenerme. El Poder es mío y la sangre prometida será vertida.
Elinore se irguió con un jadeo que rasgó el silencio de su habitación.
Se despertó en la penumbra helada de su alcoba, el corazón latiéndole contra las costillas como un pájaro enloquecido. Su cuerpo estaba empapado en un sudor frío y sus manos temblaban tanto que la gruesa manta se agitaba con sus espasmos. El terror era tan físico que le dolía la garganta.
Era la tercera vez que tenía ese sueño.
La primera, solo había visto la llegada del hombre. La segunda, la masacre del ejército. Y esta, la tercera, había culminado con la aniquilación total de Ainsworth y la advertencia en su oído. Cada ciclo onírico era un escalón descendente hacia una visión de ruina más detallada y dolorosa.
Se pasó las manos por la cara, intentando atrapar la imagen fugaz que se le escapaba como humo. El rostro del hombre del cetro. Los nueve guerreros que lucharon hasta el final. Los rasgos se negaban a permanecer en su memoria consciente. Eran tan claros en la visión, tan inconfundibles en su estirpe, pero ahora, solo eran siluetas.
—Nadie podrá detenerme…—murmuró, la resonancia de la voz oscura aún vibrando en su interior.
"El Poder es mío y la sangre prometida será vertida," repitió.
El Poder. La Magia. La Prohibición.
Elinore pensó en su padre, el Rey Theron, recordó el terror en los ojos de Theron cuando le había confiado ese pergamino antiguo, ese Fragmento de los Anales de la Casa de Airn. Un documento que hablaba de Los Fríos, de la Ruina Antigua, y de la promesa de exterminio para quien usara el Poder.
¿Era ese hombre del sueño, ese destructor flotante, el eco del Rey de la Ruina? ¿O era algo peor, la encarnación de la justicia despiadada de Los Fríos, llegando para reclamar la deuda de siglos?
Ni Elinore, y nadie en la tierra desde hace milenios, había desobedecido el pacto ancestral; no había usado la magia. Pero sentía en sus entrañas que su linaje estaba marcado, que su sangre era el cebo de una trampa cósmica. Tres sueños, tres advertencias.
La Dama Regente se acercó a la ventana y empujó un poco el marco de madera, dejando que el aire helado le golpeara la cara. El frío físico era bienvenido; era real, tangible, y no contenía la amenaza silenciosa de la aniquilación.