Capítulo 2

1426 Words
El frío había llegado sigilosamente, como un ladrón envuelto en sedas de escarcha, y una vez que hubo puesto su pie helado sobre las Tierras de Ainsworth, se aferró a ellas con una tenacidad malévola que desafiaba los ciclos ancestrales del sol. No era el invierno usual de estos valles, ese que el pueblo de Ainsworth conocía y respetaba, un tiempo de nieve suave que promete nutrición a las semillas dormidas y un descanso fugaz antes del renacer de la tierra. No. Aquel era un aliento gélido de otra era, un residuo de la Prohibición quizás, que calaba más allá de la piel para adherirse a la médula de los huesos y el tejido de los recuerdos. Llevaba meses instalado, una maldición blanca y antinatural que había transformado los otrora fértiles campos en un desierto de cristal y muerte, un sudario ártico bajo un cielo del color del plomo viejo. Los arroyos que solían cantar su camino hacia el Gran Río ahora eran serpientes mudas de hielo, sus aguas vitales congeladas en poses de agonía. Los robles centenarios, que habían visto pasar mil primaveras, se erguían como esqueletos cubiertos de escarcha, su madera tan quebradiza como el cristal, sin una sola promesa de brote. Las risas vibrantes de los niños se habían apagado hace mucho tiempo, reemplazadas por toses secas y un silencio hambriento que resonaba, pesado y opresivo, en cada rincón del reino. La vida misma parecía haberse congelado en una mueca de desesperación. En el corazón de este reino agonizante, se alzaba el Castillo Ainsworth. No era una fortaleza de reciente construcción; su piedra era de un gris noble y antiguo, extraída de canteras hace dos mil años, en los días en que, según los anales, la Magia fluía libremente. El castillo, con sus altos torreones y sus muros de cinco pies de espesor, había sido un faro de prosperidad y calidez. Ahora era poco más que un mausoleo imponente. Sus estandartes, con el blasón del halcón plateado, ahora colgaban desgarrados y rígidos, sus bordados de hilo de oro oxidados por el hielo perpetuo. Los contrafuertes de piedra parecían encogerse bajo el peso de la nieve acumulada y la palpable desesperación que flotaba en el aire, pesada y densa como la niebla de un pantano. Dentro, la joven Elinore Ainsworth, la Dama de estas Tierras, sentía el frío no solo en sus dedos entumecidos y en la punta de su nariz, cuya piel estaba agrietada por el constante viento helado, sino también en el alma. Era una sensación gélida que amenazaba con apagar su propia luz interior. Elinore no era una dama de encajes delicados y suspiros melodramáticos, de esas que la nobleza de la Capital, distante y despreocupada, enviaba a la adversidad. Ella era la heredera de una estirpe de guerreros y labradores, y esa herencia se notaba en la firmeza de su mandíbula y en el brillo inquebrantable de sus ojos. Sus manos, aunque finas y elegantes por su cuna, estaban acostumbradas al trabajo duro, a la tierra yerma, a la realidad cruda y sin adornos que se le había impuesto. Había pasado horas en los campos, no solo observando con la tristeza distante de un soberano, sino ayudando, clavando picas para buscar las pocas raíces que se habían salvado de la helada, sintiendo el dolor del esfuerzo físico. Sus ojos, del color de la miel ámbar, observaban ahora con una mezcla de profunda tristeza y una chispa inquebrantable de desafío, una resistencia feroz propia de un animal acorralado. Había visto a su gente sufrir, había escuchado el crujido de los vientres vacíos que antes rebosaban de alegría, a las promesas de cosecha desvanecerse bajo una capa de hielo que se negaba a derretirse, día tras día, semana tras semana. Cada rostro demacrado era una puñalada en su corazón, cada queja un peso sobre sus hombros que la obligaba a caminar ligeramente encorvada. Esa mañana, como tantas otras en los últimos meses, Elinore se había levantado mucho antes del amanecer. El aire de la habitación era tan frío que su aliento se condensaba en una pequeña nube antes de desaparecer. La luz vacilante de una vela parpadeaba, proyectando sombras largas y danzantes en las paredes de piedra desnuda, revelando los muebles descuidados y la gruesa manta de lana de oveja áspera que apenas lograba mantener a raya el escalofrío constante. Se lavó el rostro con agua helada de un cuenco de plata, sintiendo el pinchazo doloroso en su piel, un recordatorio agudo de la realidad. Se vistió con capas de lana gruesa y abrigos pesados, el fieltro de su capa rozaba contra la tela basta de su túnica, sus movimientos rápidos y decididos. No había tiempo para lamentaciones ni para el lujo de la autocompasión; la autocompasión era una enfermedad que solo los ricos podían permitirse. Bajó a la cocina. Era un lugar cavernoso, construido bajo los cimientos, donde el calor del fuego, aunque escaso, era un lujo que se racionaba con cuidado, alimentado solo con la madera más débil. La cocinera, Clara, una mujer mayor de rostro surcado por profundas arrugas de cansancio y preocupación, revolvía una olla que apenas y tenía ingredientes. El aroma era débil, casi imperceptible, una mezcla aguada de cebada vieja y caldo de huesos que apenas podía llamarse alimento, pero Elinore lo inhaló con una gratitud silenciosa. Era lo poco que quedaba, el último aliento de la despensa. "Buenos días, Elinore," murmuró la cocinera, su voz áspera y ronca por el frío persistente, sin levantar la vista. Clara parecía haber envejecido diez años en los últimos diez meses; sus ojos estaban hundidos y sus movimientos eran lentos, como si cada esfuerzo fuera una traición a su propio cuerpo. "Buenos días, Clara. ¿Hay suficiente para todos hoy?" preguntó Elinore, aunque su corazón ya conocía la dolorosa respuesta. Clara negó con la cabeza, sus ojos tristes y opacos, reflejando la misma desesperación que Elinore sentía. "Apenas para los más pequeños y los Ancianos, mi Dama. Lo demás se racionó ayer. Los demás… tendrán que esperar hasta que algo, cualquier cosa, llegue." El metal de la cuchara rasgó el fondo de la olla, un sonido hueco y desolador que resonó en el silencio de la cocina. Elinore asintió, su mandíbula tensa, una línea dura en su rostro. La frustración era una brasa ardiente en su pecho, un fuego que amenazaba con consumirla. Había enviado a los pocos hombres de confianza que le quedaban en misiones suicidas, prometiéndoles recompensas que sabía que tal vez nunca podría pagar. Había enviado exploradores y cazadores valientes a través de las tierras congeladas, había rezado a todas las deidades conocidas en los viejos libros de su biblioteca, incluso había susurrado plegarias a los Antiguos, cuya Prohibición parecía ser la causa última de este invierno, pero la helada persistía, implacable. Era como si el mundo mismo se hubiera olvidado de girar hacia la primavera, atrapado en un hechizo de hielo eterno. Salió al patio del castillo, donde el viento helado le azotó el rostro, cortante como mil agujas. El aire sabía a metal oxidado y a nieve vieja. La nieve cubría cada rincón, transformando el paisaje familiar en un lienzo monocromático de blanco y gris, sin vida, sin color. Los pocos guardias que quedaban en el castillo, delgados y con los hombros encorvados por el frío y la falta de alimento, hacían sus rondas con una lentitud desoladora. Su armadura, antes brillante, estaba opaca y mal cuidada, y el frío les había robado la fuerza y la dignidad. La esperanza era un bien tan escaso como la comida, y su ausencia se sentía en cada paso pesado, en cada mirada vacía. "Mi Dama," dijo uno de los guardias, un joven llamado Thom, cuya barba incipiente estaba cubierta de escarcha, con la voz ronca y apenas audible sobre el aullido del viento. "Un mensajero ha llegado. Viene de las Tierras de Drakonfell. La Reina Lyra solicita su presencia en el gran Salón" El corazón de Elinore dio un vuelco doloroso, un golpe seco contra sus costillas. Las Tierras de Drakonfell. Un nombre que era sinónimo de acantilados negros y ambición desmedida. El reino del Rey Malakor. Su padre, el Rey Theron, había desaparecido hacía semanas, llevándose consigo la última esperanza de conseguir ayuda de reinos lejanos, pero no volvió. El pensamiento de que un mensajero de Drakonfell, de todos los lugares, traería noticias de su padre, era a la vez un alivio terrible y una advertencia. Se apresuró a través de los pasillos helados, su mente ya trabajando, temiendo el precio que Malakor podría exigir.
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