Capítulo 3

1695 Words
Elinore corrió al salón principal, donde la luz tenue que se filtraba por las ventanas revelaba la opulencia desvanecida de las tapicerías y los muebles empolvados. Las grandes chimeneas, diseñadas para quemar troncos enteros, ahora solo tenían un pequeño fuego crepitante que ofrecía más humo que calor. Un hombre, cubierto de nieve de pies a cabeza y con el rostro lívido por el frío y el cansancio del viaje, esperaba de pie, con una postura rígida, más de centinela que de heraldo. Era un emisario de Malakor, sin duda, y su presencia helaba el aire aún más. Elinore notó el terciopelo oscuro de su capa, forrada con piel, y sintió un repentino y cínico resentimiento por el evidente bienestar de su rey. "¿Qué noticias traes?" preguntó la Reina Lyra, su voz firme y clara a pesar del temblor casi imperceptible en sus manos, que apretaba a los lados de su vestido de lana gris, desgastado pero digno. El emisario se inclinó con una reverencia formal, su aliento formando una pequeña nube de vapor en el aire helado. Su nombre era Ser Kael, y su rostro era pulcro, de mejillas bien alimentadas y ojos fríos como piedras de río. "Reina Lyra, Mi Dama Elinore, el Rey Malakor envía sus más cordiales saludos. Él lamenta profundamente la persistencia de este invierno en sus tierras, pero tiene una propuesta. Una oferta de rescate, si se me permite la franqueza. Mi rey Malakor ofrece ayuda completa a su reino, alimento y todo lo necesario para su gente, desde grano y sal hasta leña seca y vino fuerte, a cambio de convertirse en su reina." Elinore lo miró fijamente, sus ojos oscuros clavados en los suyos. Sabía lo que venía. Lo había escuchado antes, en rumores que volaban con el viento, la misma propuesta, una y otra vez, cada vez más insistente, más desesperada. Pero esta vez, la oferta venía con el peso de su padre, y eso lo cambiaba todo. "Su padre, el Rey Theron," continuó el emisario, su voz baja y persuasiva, pero con un tono que dejaba ver la superioridad de su posición, "está a salvo en nuestro castillo, bajo nuestro cuidado, recibiendo las mejores atenciones que su actual condición de salud requiere, aunque su salud se debilita con cada día que pasa en estas condiciones tan adversas. Mi Rey ofrece su libertad como parte del enlace matrimonial. El Rey Malakor, en su sabiduría, cree firmemente que la unión de vuestros reinos, a través de vuestro matrimonio, es la única forma de apaciguar a los antiguos espíritus del invierno y traer la primavera de vuelta a ambas tierras. Es un pacto, mi Dama, para el bien de todos." Una punzada de amargura le quemó la garganta a Elinore, un sabor metálico y ácido, propio de la bilis, ese enorme dolor casi la tumba en esa sala fría, pero se mantuvo, elegante y fuerte ante tan confesión. ¡Qué descaro! Mi padre no está 'bajo su cuidado', ha sido tomado como rehén, pensó, sintiendo cómo la sangre le ardía en las venas a pesar del frío ambiente. ¿Y tiene el descaro de venir a mi reino, a mi castillo, con su vida como amenaza? ¿Creían que era tan ingenua como para creer que un matrimonio arreglado por la fuerza, una simple unión de títulos, cambiaría el clima o podría apaciguar a los espíritus del invierno? La idea era absurda, insultante. Pero la dignidad no alimenta a los hambrientos. La desesperación, esa fuerza implacable, tenía sus propias reglas, y las reglas de la lógica parecían haberse congelado junto con el resto del mundo. "¿Y si me niego?" preguntó, aunque la pregunta sonó hueca y sin fuerza incluso para sus propios oídos, una patética resistencia contra la marea. El emisario suspiró, con una expresión de falsa compasión que apenas ocultaba una burla calculada. "Entonces, mi Dama, me temo que el invierno no solo continuará su azote, sino que se hará más severo, consumiendo lo poco que queda. La ruta comercial del sur, la última que queda abierta, se cerrará por orden de mi Rey, y el suministro de agua se verá comprometido. Y la vida de su padre, mi Rey Theron… pende de un hilo tan fino como el hielo que cubre sus campos." Su mirada se detuvo en ella, deteniéndose en la pobreza de su vestido y el temblor de sus labios, una amenaza velada en cada palabra. Elinore cerró los ojos por un instante, el peso de su pueblo cayendo sobre sus hombros como una losa de piedra. Podía sentir el clamor silencioso de sus estómagos vacíos, el frío que se metía en sus hogares, la desesperanza en sus miradas. El amor verdadero, los sueños de una vida diferente, de una elección propia, todo eso se sentía como un lujo inalcanzable, un cuento de hadas que no tenía lugar en su cruda realidad. Elinore se preguntó si alguna vez había habido tal cosa como la elección para una dama con un reino tambaleándose a sus espaldas. "Dígale a su rey que la Dama de Ainsworth no se casará con él. ¡No aceptaremos un chantaje tan deshonroso!" exclamó la Reina Lyra con una rabia repentina, olvidando la dignidad real y dando un paso adelante con las manos apretadas en puños. El emisario mantuvo su sonrisa gélida, inmutable ante la ira de la reina. Estaba a punto de responder cuando Elinore dio un paso al frente, su mano tocando el brazo de su madre para silenciarla. El rostro de Elinore estaba pálido, pero sus ojos miel, que tan a menudo reflejaban calidez, ahora brillaban con una determinación férrea, casi desesperada, la luz fría y dura de un diamante recién tallado. "¡Elinore, no!" susurró la Reina Lyra, tomándola del brazo, sus ojos fijos en los de su hija con una mezcla de súplica y un conocimiento oculto. "No sabes lo que haces. Escúchame, hija. Esto es más de lo que parece, más que tierras o comida. Él tiene algo oscuro en su corte. Tu padre nunca me lo perdonaría si te entregara a ese monstruo. Ainsworth merece más que este sacrificio. Hay otro camino." La Reina Lyra sabía, con una certeza que helaba su corazón, que Malakor era peligroso de una manera que no podían comprender del todo, y el precio de esa unión sería la propia esencia de su hija. La Reina Lyra había visto a hombres como Malakor antes, con la ambición marcada en sus ojos, pero en él había algo peor, algo que olía a ruina antigua. Además, la idea de entregar a su hija, justo a ese hombre, era una agonía. Elinore apartó suavemente la mano de su madre. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las contuvo con una fuerza de voluntad agotadora. "Madre, no tenemos otra opción. Lo veo en los rostros de nuestra gente. Los niños, el frío... mi padre. No podemos esperar más. La espera es la muerte aquí." Se volvió hacia el emisario, su voz, aunque ligeramente temblorosa al principio, se hizo más fuerte con cada palabra, desgarrando el silencio opresivo del salón. "Dile a tu rey," dijo Elinore, abriendo los ojos y mirando al emisario con una determinación gélida que igualaba el frío exterior, "que aceptaré su propuesta." El emisario esbozó una sonrisa triunfante, el rastro de una victoria que sabía inevitable, pero Elinore levantó una mano, deteniéndolo. "Pero que sepa esto," continuó Elinore, su voz ahora firme y clara, una promesa que sonó a juramento en la vasta sala, "que no lo hago por amor, ni por deseo, sino por la supervivencia de mi padre y de mi gente. Que no espere nada más de esta unión que un acuerdo político y territorial, sin calor ni afecto. Mi cuerpo podrá estar atado a su trono, pero mi corazón nunca será suyo. Y mis términos son claros, Ser Kael:" Elinore respiró hondo, saboreando el único trozo de control que le quedaba. "El Rey Malakor deberá enviar a mi padre, el Rey Theron, de vuelta a Ainsworth, sano y salvo, y con una escolta adecuada para garantizar su paso seguro por la nieve, antes de que yo ponga un pie en sus tierras. Y el primer cargamento de provisiones, con la promesa de diez más, debe llegar con mi padre. Solo después de la llegada de mi padre y la confirmación de las provisiones, yo iré a su reino para cumplir con mi parte del pacto. Si mi padre no llega, o si el grano falta, el pacto se anula y el Rey Malakor habrá demostrado su traición ante todos los reinos." El emisario sonrió, una sonrisa fría y victoriosa que no llegó a sus ojos, aunque la sorpresa por la precisión de los términos de Elinore cruzó brevemente su rostro. "Así se hará, mi Dama. El Rey Malakor estará complacido con su sabia decisión. Consideraremos su palabra como un juramento ante los Siete Reinos." Ser Kael se inclinó de nuevo, una reverencia más profunda, sintiendo el triunfo en la sala, y se dio la vuelta. Mientras el emisario se retiraba, su figura desvaneciéndose en la penumbra del pasillo, dejando tras de sí un rastro de aire gélido y el olor a cuero caro, Elinore se quedó destrozada en el frío salón. El eco de sus palabras resonaba en el silencio, una condena autoimpuesta. Había aceptado. Había entregado su mano, su futuro, a un hombre que no conocía, por un reino que se desmoronaba bajo el peso de un invierno interminable. Su madre se acercó, el rostro bañado en lágrimas mudas, y la abrazó. Elinore se aferró a ella, sintiendo la delgada estructura ósea de su madre bajo el abrigo, la prueba palpable de por qué había tomado su decisión. Pero una pequeña parte de ella, una chispa tenaz que el frío no podía apagar, se preguntaba si este pacto desesperado traería la salvación… o un peligro aún mayor, un abismo más profundo del que ya se encontraban. El destino de Ainsworth, y el suyo propio, estaba ahora entrelazado con las Tierras de Drakonfell, y con un rey que prometía la primavera a cambio de su alma... y tal vez, su silencio eterno.
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