Fuego en las Alas

1128 Words
Las sombras aladas descendían como saetas vivientes. Eran tres, tal vez cuatro, con armaduras de obsidiana que parecían beber la luz del bosque. Sus alas eran hueso y humo, y sus ojos, dos brasas suspendidas en rostros sin expresión. No gritaban, no hablaban. Simplemente cazaban. Kaelen dio un paso delante de Aeryn y alzó su espada curva, que comenzó a brillar con una runa azul en su hoja. El aire crepitó como si el bosque contuviera la respiración. —Quédate detrás de mí —ordenó, sin volverse. —Puedo luchar —dijo Aeryn, alzando su arco y apuntando con una flecha de madera de ébano, una de las pocas que le había confiado su padre. Kaelen no replicó. No había tiempo. El primer centinela cayó en picado, girando sobre sí mismo con una lanza hecha de hielo vivo. Kaelen lo desvió con una maniobra ágil, la hoja de su espada cortando el aire con un silbido agudo. El choque emitió una chispa azulada y el centinela rodó por el suelo, desvaneciéndose en una nube de sombras negras. —Son ecos —gruñó Kaelen—. Proyecciones del Alto Consejo. No pueden morir, pero pueden ser disueltos… por ahora. Aeryn soltó su primera flecha. Fue como si el viento mismo guiara su puntería. La flecha atravesó el ala de uno de los centinelas, que cayó dando un alarido agudo. Su cuerpo se deshizo antes de tocar el suelo. Kaelen la miró por el rabillo del ojo, sorprendido. —¿Eso fue suerte? —No —respondió Aeryn, sin comprender del todo cómo lo sabía—. Fue instinto. El tercer centinela descendió con un giro violento, directo hacia ella. Antes de que pudiera reaccionar, Kaelen se interpuso con un salto imposible y la empujó fuera del camino. La criatura pasó de largo, pero el golpe derribó a ambos. Aeryn rodó por el suelo y cuando se incorporó, lo vio. Kaelen sangraba. Un corte profundo atravesaba su hombro izquierdo, y de él brotaba un líquido luminoso, plateado, que parecía vibrar con la misma frecuencia que el bosque. Aeryn corrió hacia él. —¿Estás bien? Kaelen apretó los dientes. Con la mano libre extendió su espada hacia el cielo y murmuró unas palabras en un idioma que Aeryn no conocía. Las raíces de los árboles se alzaron de pronto, como serpientes enloquecidas, y atraparon al último centinela en un abrazo mortal. Todo quedó en silencio. Aeryn ayudó a Kaelen a levantarse. El corte ardía y seguía brillando, pero él no parecía dispuesto a detenerse. —Tenemos que movernos. Ahora más que nunca. —¿A dónde? —A la Corte Sombría. No solo para que conozcas tu herencia… sino porque allí hay quienes aún le son leales a tu madre. Y si tú estás viva, quizás estén dispuestos a escuchar. Aeryn dudó. Miró el cielo, aún partido entre lunas y estrellas. Algo en ella ardía. No de miedo, sino de determinación. —Kaelen… ¿mi madre fue reina allí? Él la miró con gravedad, y esta vez no intentó suavizar la verdad. —No solo fue reina, Aeryn. Fue la última portadora del lazo eterno. Y tú… eres su heredera. Un estremecimiento recorrió a Aeryn de pies a cabeza. Todo en su vida había cambiado en menos de una hora, pero lo más extraño era que no se sentía fuera de lugar. Se sentía… en casa. Las sombras aladas descendían como saetas vivientes. Eran tres, tal vez cuatro, con armaduras de obsidiana que parecían beber la luz del bosque. Sus alas eran hueso y humo, y sus ojos, dos brasas suspendidas en rostros sin expresión. No gritaban, no hablaban. Simplemente cazaban. Kaelen dio un paso delante de Aeryn y alzó su espada curva, que comenzó a brillar con una runa azul en su hoja. El aire crepitó como si el bosque contuviera la respiración. —Quédate detrás de mí —ordenó, sin volverse. —Puedo luchar —dijo Aeryn, alzando su arco y apuntando con una flecha de madera de ébano, una de las pocas que le había confiado su padre. Kaelen no replicó. No había tiempo. El primer centinela cayó en picado, girando sobre sí mismo con una lanza hecha de hielo vivo. Kaelen lo desvió con una maniobra ágil, la hoja de su espada cortando el aire con un silbido agudo. El choque emitió una chispa azulada y el centinela rodó por el suelo, desvaneciéndose en una nube de sombras negras. —Son ecos —gruñó Kaelen—. Proyecciones del Alto Consejo. No pueden morir, pero pueden ser disueltos… por ahora. Aeryn soltó su primera flecha. Fue como si el viento mismo guiara su puntería. La flecha atravesó el ala de uno de los centinelas, que cayó dando un alarido agudo. Su cuerpo se deshizo antes de tocar el suelo. Kaelen la miró por el rabillo del ojo, sorprendido. —¿Eso fue suerte? —No —respondió Aeryn, sin comprender del todo cómo lo sabía—. Fue instinto. El tercer centinela descendió con un giro violento, directo hacia ella. Antes de que pudiera reaccionar, Kaelen se interpuso con un salto imposible y la empujó fuera del camino. La criatura pasó de largo, pero el golpe derribó a ambos. Aeryn rodó por el suelo y cuando se incorporó, lo vio. Kaelen sangraba. Un corte profundo atravesaba su hombro izquierdo, y de él brotaba un líquido luminoso, plateado, que parecía vibrar con la misma frecuencia que el bosque. Aeryn corrió hacia él. —¿Estás bien? Kaelen apretó los dientes. Con la mano libre extendió su espada hacia el cielo y murmuró unas palabras en un idioma que Aeryn no conocía. Las raíces de los árboles se alzaron de pronto, como serpientes enloquecidas, y atraparon al último centinela en un abrazo mortal. Todo quedó en silencio. Aeryn ayudó a Kaelen a levantarse. El corte ardía y seguía brillando, pero él no parecía dispuesto a detenerse. —Tenemos que movernos. Ahora más que nunca. —¿A dónde? —A la Corte Sombría. No solo para que conozcas tu herencia… sino porque allí hay quienes aún le son leales a tu madre. Y si tú estás viva, quizás estén dispuestos a escuchar. Aeryn dudó. Miró el cielo, aún partido entre lunas y estrellas. Algo en ella ardía. No de miedo, sino de determinación. —Kaelen… ¿mi madre fue reina allí? Él la miró con gravedad, y esta vez no intentó suavizar la verdad. —No solo fue reina, Aeryn. Fue la última portadora del lazo eterno. Y tú… eres su heredera. Un estremecimiento recorrió a Aeryn de pies a cabeza. Todo en su vida había cambiado en menos de una hora, pero lo más extraño era que no se sentía fuera de lugar. Se sentía… en casa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD