El silencio que envolvía la Corte Sombría no era vacío, sino expectante. Como una pausa antes del primer compás de una sinfonía antigua. Aeryn caminaba entre las columnas flotantes de obsidiana, guiada por Kaelen, quien cojeaba discretamente, su herida aún sin sanar por completo.
A medida que avanzaban, figuras emergían de la penumbra: nobles feéricos de ojos como constelaciones, centinelas cubiertos de armaduras líquidas, y criaturas que desafiaban toda lógica, mitad humanos, mitad niebla, que se deshacían al ser miradas directamente.
El salón principal de la Corte parecía suspendido en el cielo, sostenido por raíces que se alzaban desde el abismo. Una mesa circular los esperaba en el centro, tallada en piedra lunar. Sobre ella, brillaban símbolos que Aeryn no reconocía, pero que parecían arder suavemente bajo su piel.
Tres figuras estaban sentadas allí. Y los ojos de todos se posaron sobre ella.
—Aeryn de Lirael —dijo la mujer del centro, de voz grave y rostro marcado por siglos—. Hija de la Reina Serena. Nacida bajo la luna partida. ¿Sabes lo que eres?
Aeryn tragó saliva, pero mantuvo la mirada firme.
—No del todo —respondió.
La mujer asintió. Tenía cabello blanco como ceniza ardiente y ojos dorados, que no parpadeaban.
—Yo soy Maerith, Señora del Crepúsculo, y última voz del Cónclave del Lazo. Estuve presente el día en que tu madre hizo el juramento. Y he esperado este momento desde entonces.
Kaelen dio un paso adelante, haciendo una reverencia.
—Está despierta. Los centinelas de la Corte Alta ya la rastrean. No tenemos tiempo para pruebas ni disputas.
—Y sin embargo, las habrá —interrumpió otra figura, un hombre delgado de ropas oscuras y sonrisa venenosa—. ¿Vamos a aceptar a una mestiza como heredera sin más? Que lleve la sangre no garantiza que lleve el espíritu.
—Silénciate, Veylor —dijo Maerith, sin necesidad de alzar la voz—. Tus dudas son antiguas, y tu rencor, aún más.
Veylor no respondió, pero sus ojos cayeron sobre Aeryn como un filo.
Maerith se levantó de su asiento.
—Debes probar tu derecho, Aeryn. No con sangre, sino con memoria. La llama de tu madre duerme dentro de ti. Solo al despertar esa herencia sabrás quién eres. Y solo entonces, la Corte decidirá si te sigue… o si te teme.
Aeryn sintió que algo dentro de su pecho comenzaba a latir con fuerza. No era miedo. Era… reconocimiento.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
—Entrar en el Espejo de Sombras —dijo Maerith—. Y enfrentar tu reflejo verdadero. No lo que crees que eres… sino lo que eres cuando nadie te observa.
Kaelen palideció ligeramente.
—¿Estás segura de que es necesario? Es demasiado pronto. Ella aún no—
—Debe hacerlo —interrumpió Maerith—. Esta noche. Cuando las lunas vuelvan a cruzarse.
Aeryn asintió. No porque lo entendiera todo, sino porque sabía, de algún modo inexplicable, que no tenía otra opción.
Esa noche, la llevaron a una cámara antigua, custodiada por estatuas que lloraban savia oscura. En el centro, un estanque circular reflejaba no solo su rostro, sino miles de versiones de sí misma: algunas con alas, otras con ojos brillantes, otras ensangrentadas, otras… coronadas.
—¿Qué es esto? —susurró.
—El Espejo no miente —dijo Kaelen, desde la puerta—. Solo te devuelve lo que no te atreves a mirar.
Aeryn se arrodilló frente al agua. El reflejo comenzó a moverse por sí solo. Su versión reflejada sonreía… pero los ojos eran diferentes. Más antiguos. Más sabios. Más… oscuros.
Y luego, habló.
—¿De verdad estás lista para conocer la verdad sobre tu madre… y sobre el precio de su amor?
Aeryn, sin apartar la mirada, respondió:
—Muéstramelo todo.
Y el agua la tragó.
La sensación fue como caer sin caer. No agua. No aire. Solo un vacío tibio, donde los pensamientos tenían peso y los recuerdos sabían a luz. Aeryn no sentía su cuerpo. O quizás era más correcto decir que lo sentía... multiplicado.
El reflejo que la había llamado desde el estanque ahora la observaba desde un lugar sin suelo ni cielo. Tenía su rostro, pero sus ojos eran completamente negros. En ellos danzaban escenas que Aeryn no recordaba… pero que conocía.
—Soy lo que callas —dijo la imagen—. Soy lo que heredas. Y esta es la verdad que el mundo te negó.
De pronto, el espacio se rasgó y surgieron visiones que golpearon a Aeryn con la intensidad de una tormenta:
🌙 Su madre, Serena, de pie sobre un balcón, rodeada de sombras y luz. A su lado, un hombre de cabello oscuro como el cielo nocturno la sostenía de la mano. Un príncipe. No Kaelen, pero con el mismo fuego contenido.
🌙 La ceremonia del lazo eterno, con raíces envolviendo sus muñecas, la luna partida en lo alto brillando como testigo. Gritos lejanos. Una figura encapuchada mirando con odio desde las sombras.
🌙 Aeryn, recién nacida, envuelta en una tela de plata, mientras su madre huía con ella en brazos. Detrás, torres ardiendo. Las lunas bañadas en sangre.
—Fuiste escondida —dijo el reflejo—. No por debilidad, sino por amor. Tu madre selló su poder… dentro de ti. Y al hacerlo, selló también su destino.
—¿Está viva? —preguntó Aeryn, temblando.
El reflejo no respondió con palabras. Solo mostró una última visión: un jardín oculto entre montañas negras, donde una mujer de cabellos pálidos y mirada ausente dormía sobre un lecho de cristal, como una estatua viva.
—Vive... pero no en este mundo —susurró el reflejo—. Su alma está atrapada entre las lunas. Y solo tú puedes traerla de vuelta.
La oscuridad comenzó a cerrarse. El reflejo se aproximó a ella.
—Pero si la salvas, perderás algo. El poder que llevas. El trono. O... tu corazón. No se puede tener todo.
Aeryn quería preguntar más, gritar, exigir respuestas. Pero ya estaba siendo arrastrada hacia la superficie, como si el Espejo considerara suficiente por ahora.
Y antes de que todo se apagara, el reflejo pronunció una última advertencia:
—Confía en Kaelen... pero no olvides que él también fue forjado por la Corte. Y que no todo lo que arde, ilumina.
Entonces, despertó.
Kaelen estaba a su lado, sujetándola con fuerza, visiblemente aliviado.
—Estabas gritando —dijo—. El espejo casi no te deja volver.
Aeryn se incorporó con dificultad. Su corazón latía como un tambor de guerra.
—La he visto, Kaelen. A mi madre. Vive. Y sé dónde está.
—¿Dónde?
Ella lo miró, y sus ojos ahora ardían con una luz nueva.
—En el Reino Entre Lunas. Debo cruzarlo. Y necesito tu ayuda para hacerlo.
Kaelen palideció ligeramente.
—Ese reino está prohibido, Aeryn. Ni siquiera los Señores de la Corte lo cruzan sin perder algo de sí.
—Entonces perderé lo que deba —dijo ella—. Pero la traeré de vuelta. Cueste lo que cueste.
Desde las sombras, Maerith escuchaba. Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa triste.
—La heredera ha despertado —susurró para sí—. Y con ella… el fin de todas las treguas.