La noche caía sobre la Corte Sombría como una seda negra salpicada de estrellas. Dos lunas brillaban sobre el cielo: una completa, de luz azul, y la otra fragmentada, como si un antiguo cataclismo la hubiera partido. Aeryn las observaba desde el balcón de su habitación, aún temblando por las visiones del Espejo de Sombras.
No sabía si eran recuerdos, profecías o advertencias. Pero sí sabía una cosa: su madre seguía viva. Y estaba atrapada.
Kaelen apareció detrás de ella, apoyado en el marco de la puerta. Tenía el rostro tenso, pero no dijo nada al principio. Cuando finalmente habló, lo hizo en voz baja.
—El Reino Entre Lunas no es un lugar. Es un umbral. Una herida en el tejido de los mundos. Nada entra… sin pagar.
Aeryn se volvió hacia él.
—Tú has estado allí, ¿verdad?
Kaelen vaciló. Luego asintió.
—Una vez. Hace mucho. Perdí a alguien… y una parte de mí. Desde entonces, no he vuelto.
—¿Qué perdiste?
Él la miró con una sombra en los ojos.
—La capacidad de soñar.
Aeryn sintió una punzada en el pecho. El Reino Entre Lunas sonaba más peligroso de lo que había imaginado. Pero también más necesario.
—¿Hay algún modo de cruzar sin perder algo?
—No. Pero puedes elegir qué entregar —respondió Kaelen—. Y si eliges mal… el reino lo elegirá por ti.
Silencio. Entonces, una tercera voz irrumpió desde el umbral. Era Maerith, vestida con una capa que parecía tejida con humo de estrellas.
—He oído tu decisión, Aeryn de Lirael. Y aunque no apruebo la locura que emprendes, no puedo impedirla. Así que… te ayudaré a prepararte.
Aeryn se irguió.
—¿Cómo?
Maerith alzó una mano, y una esfera flotante de cristal oscuro apareció entre sus dedos.
—El Reino Entre Lunas solo se abre en ciertos lugares… cuando las lunas se alinean en una danza olvidada. Hay un portal antiguo en las ruinas de Vareth’Tahl. Pero llegar hasta allí es un desafío en sí mismo. Hay cosas que se arrastran entre los mundos… criaturas que se alimentan de recuerdos. Y no todos quieren que tú cumplas tu misión.
—¿Quiénes? —preguntó Aeryn.
—Los Hijos del Ocaso —dijo Kaelen—. Los mismos que rompieron el lazo eterno entre tu madre y tu padre. Creen que un heredero del lazo traerá el fin de los reinos.
—¿Y si tienen razón?
—Entonces será el fin… o un nuevo comienzo —susurró Maerith.
Acto seguido, sacó una daga de cristal delgado y claro como el agua congelada.
—Esta es la Daga de los Nombres. Solo corta lo verdadero. Necesitarás llevarla contigo. El Reino Entre Lunas es traicionero. Te mostrará mentiras… incluso con el rostro de quienes amas.
Aeryn tomó la daga. El mango vibró al tocar su piel. Sintió un calor antiguo. Poder. Y también un poco de miedo.
—Partimos al amanecer —dijo Kaelen, girándose hacia la puerta—. Yo te acompañaré. Hasta donde pueda.
Aeryn asintió, su decisión más firme que nunca.
—Y yo iré hasta el final.
Desde lo alto de la torre, las lunas gemelas observaron a la heredera de un linaje prohibido prepararse para cruzar el velo entre mundos.
Y en el horizonte, una g****a plateada comenzó a abrirse entre los cielos. El Reino Entre Lunas despertaba.
El alba llegó como una herida de luz entre la niebla. Aeryn se despertó antes del canto de los astros, vestida ya con el atuendo que Maerith le había preparado: un abrigo largo tejido con hilos de sombra y escarcha, ligero como la bruma, pero cálido como un recuerdo feliz. La Daga de los Nombres colgaba de su cinturón, y sobre el pecho, una pequeña piedra lunar brillaba con una pulsación suave, regalo de la propia Maerith.
—Para que no olvides quién eres cuando el velo te confunda —le había dicho.
En el patio norte, Kaelen ya la esperaba. Su capa ondeaba con el viento helado, y dos caballos etéreos, de crines plateadas y ojos sin pupilas, pisaban con cuidado el suelo. Eran bestias nacidas del sueño, que no necesitaban riendas ni montura.
—¿Lista? —preguntó él, mientras le tendía la mano.
Aeryn la tomó sin dudar.
—Nunca lo he estado tanto.
Cabalgaban en silencio mientras el bosque los envolvía con sus ramas retorcidas. Atravesaron ríos que fluían hacia atrás, árboles que susurraban advertencias en lenguas muertas, y campos donde el tiempo se detenía a observarlos pasar.
Y entonces, al mediodía, llegaron a Vareth’Tahl.
Las ruinas eran más antiguas que cualquier otra cosa en la Corte Sombría. Torres caídas cubiertas de musgo plateado, columnas marcadas con símbolos en espiral. En el centro, una plataforma circular custodiada por cuatro estatuas sin rostro, cada una apuntando a una de las lunas. Entre ellas, un velo flotaba suspendido en el aire, como un espejo hecho de humo líquido. Palpitaba al ritmo del corazón de Aeryn.
Kaelen desmontó con solemnidad.
—Este es el umbral. Si cruzas… no habrá marcha atrás hasta que el Reino te libere. O te reclame.
—¿Y tú?
—Yo cruzaré contigo. Hasta que me lo permitan.
—¿Y si no regresamos?
Kaelen sonrió, con una sombra de melancolía.
—Entonces al menos sabremos que lo intentamos.
Aeryn se volvió hacia el portal. El velo comenzaba a abrirse, respondiendo a su presencia. La piedra lunar que colgaba sobre su pecho ardía suavemente, y la Daga de los Nombres vibraba, como si reconociera el límite entre lo real y lo que aún no existe.
Antes de cruzar, Kaelen tomó su mano.
—Si llegamos a separarnos ahí dentro… recuerda esto: las cosas más verdaderas no siempre brillan. A veces, solo duelen.
Ella lo miró. Y por un segundo, el mundo pareció detenerse. No por miedo. Sino porque, por primera vez, sentía que todo lo que había vivido hasta ahora la había llevado justo a este instante.
—Nos vemos al otro lado —susurró Aeryn.
Y entonces, juntos, cruzaron.
El velo se cerró detrás de ellos con un murmullo que no era viento… sino una risa lejana.
Y el Reino Entre Lunas los devoró.