Donde los Recuerdos Mienten

1296 Words
Nada era firme. Ni el suelo, ni el aire, ni el tiempo. Aeryn sintió que cada paso que daba se hundía en un instante distinto: en uno, el bosque era joven y lleno de canto; en otro, marchito y cubierto de ceniza. Kaelen caminaba a su lado, pero su sombra se deshacía y recomponía constantemente, como si la realidad no lograra decidir su forma exacta. El Reino Entre Lunas no era un lugar. Era una contradicción constante. —No mires atrás —le advirtió Kaelen—. Aquí los recuerdos no solo te observan… intentan rehacerse a través de ti. —¿Cómo sabes eso? —Porque la última vez, lo olvidé. Y tardé años en recuperar una sola verdad. Siguieron avanzando por un sendero de piedras flotantes sobre un lago que reflejaba cielos que no estaban sobre ellos. Cada piedra vibraba al contacto con sus pies, emitiendo notas musicales que parecían recuerdos distorsionados: la voz de su madre, una risa que no era suya, un grito ahogado. El sendero los condujo hasta un claro donde un árbol de corteza plateada se elevaba sobre una colina de cristal. Bajo sus raíces, un estanque oscuro hervía con imágenes cambiantes: rostros, lugares, momentos. Aeryn se acercó… y vio a su madre. Pero no era la madre dormida en el lecho de cristal. Era Serena joven, cantando entre las flores de Lirael, coronada con hojas doradas, extendiendo los brazos hacia alguien… Kaelen. Aeryn se congeló. —¿Tú…? Kaelen desvió la mirada. —Ese no soy yo. Es un reflejo de un deseo que alguna vez tuve. Pero no fue real. Tu madre… ella me cuidó como a un hermano, no como a un amante. El Reino mezcla todo lo que deseas con lo que temes. La visión se disolvió en humo. —¿Y si no lo sé distinguir? Kaelen se agachó junto a ella, tomándole la mano. —Entonces confía en lo que sientes, no en lo que ves. De pronto, el árbol tembló. Una figura emergió desde el otro lado del claro. Una mujer alta, envuelta en un velo oscuro. Su rostro estaba cubierto por una máscara lunar, y sus ojos eran vacíos. Caminaba sin tocar el suelo, y el aire a su paso se congelaba. Kaelen se tensó. —Una Guardiana del Umbral —dijo—. Si está aquí… es porque ya saben que has venido. La figura habló con una voz que no era voz, sino la mezcla de todas las voces que Aeryn había oído en sueños. —Hija de la Partida… ¿por qué cruzas el Reino? ¿Qué estás dispuesta a ofrecer? Aeryn dio un paso al frente. La Daga de los Nombres brilló ligeramente a su costado. —Mi verdad. Y mi alma, si es necesario. Solo quiero a mi madre. La Guardiana inclinó la cabeza. —Todo deseo tiene una raíz… y la tuya está podrida por el amor. ¿Aceptarás ver la traición detrás del sacrificio? —Sí —respondió Aeryn, sin titubeos. La figura levantó una mano. Una onda invisible golpeó el aire, y el cielo se partió en dos. A través de la g****a, Aeryn vio algo… Una escena que no recordaba, pero que la desgarró al instante. Su madre… entregándola. No huyendo con ella. Sino entregándola a un encapuchado de ojos dorados. Serena lloraba, pero no retrocedía. —Protege su vida —decía—. Aunque tenga que odiarme. Y el encapuchado asintió. Era Maerith. El Reino cerró la visión. Aeryn cayó de rodillas, sin aliento. —No fue una huida —susurró—. Fue un pacto. Kaelen se acercó, pero no dijo nada. La verdad dolía más que cualquier herida física. La Guardiana se desvaneció sin decir más. —Has pagado la primera verdad —murmuró el aire. Y frente a ellos, el bosque se abrió, revelando un nuevo sendero de fuego azul. Kaelen ayudó a Aeryn a levantarse. —¿Estás bien? —No —dijo ella, secándose las lágrimas—. Pero sigo adelante. Y así, bajo un cielo que no era suyo, Aeryn avanzó hacia el corazón del Reino Entre Lunas… más decidida, más rota y más despierta que nunca. El sendero de fuego azul parecía arder sin quemar. Cada paso dejaba atrás huellas que se desvanecían con un susurro. Aeryn sentía que algo en ella comenzaba a afilarse, como si el Reino no solo la probara… sino que la preparara para algo más grande. Kaelen iba a su lado en silencio, su mano cerca del mango de su espada curva, la mirada siempre escaneando la distorsión del paisaje. De repente, el aire se volvió denso. No con niebla… sino con odio. Un zumbido creció a su alrededor, como si insectos invisibles se deslizasen por la piel del mundo. Las sombras comenzaron a alargarse en direcciones imposibles. Y del centro del fuego emergieron figuras. Cuatro. Cubiertas con capas negras, con las lunas partidas tatuadas en el pecho desnudo, y rostros cubiertos con máscaras de hueso. En sus manos, lanzas forjadas con metal oscuro que vibraban con una energía antinatural. —Los Hijos del Ocaso —susurró Kaelen. El que lideraba levantó una mano y habló con una voz que era viento seco: —La heredera ha cruzado el límite. No permitiremos que la Sangre del Lazo reclame su herencia. Aeryn dio un paso adelante, con la daga lista. —No quiero un trono. Solo quiero a mi madre. —Y eso es precisamente lo que no puedes tener —replicó el guerrero—. Tu madre desató la fractura. Su amor por un heredero de la Corte de Luz quebró la Balanza. Su hija… traerá la ruina final. Kaelen interrumpió, desenvainando su espada. —¿Y si ya está rota? ¿No deberíamos, al menos, dejar que el mundo elija su destino esta vez? —Tu boca huele a traición, hijo de sombras —gruñó uno de los guerreros. Y sin más palabras, atacaron. La batalla fue un torbellino de fuego y acero. El Reino Entre Lunas amplificaba cada movimiento, cada golpe resonaba como un trueno lejano. Kaelen danzaba entre enemigos con la gracia letal de un cuervo de guerra, mientras Aeryn esquivaba, bloqueaba y, por primera vez, luchaba como quien tiene algo que perder. Uno de los Hijos la enfrentó directamente. Su lanza se estrelló contra la Daga de los Nombres… y se hizo añicos. El guerrero retrocedió, pero Aeryn no dudó. Con un movimiento rápido, le hundió la hoja en el pecho. Pero en vez de sangre… salieron recuerdos. Fragmentos de su infancia, de sus risas, incluso del rostro de su madre. El guerrero gritó mientras se deshacía, y Aeryn cayó de rodillas, temblando. —¡Esas cosas… nos roban! —jadeó—. ¡Nos vacían! Kaelen la sujetó y le ayudó a levantarse. —El Reino no quiere que avances. Pero no te detengas. Nunca cedas tu historia. Es lo único que te protege. Al final, con los cuerpos de los enemigos desvaneciéndose como cenizas atrapadas en un viento sin dirección, los dos quedaron solos otra vez. Silencio. Hasta que, desde el vacío, una voz emergió. Una voz familiar. —Aeryn… Ella se volvió. Y sus ojos se abrieron como si todo el universo se hubiera contraído en ese instante. Frente a ella, de pie entre el fuego azul, estaba su madre. Pero no como en la visión. No dormida, ni atrapada. Presente. Viva. Llena de dolor. —Mamá… —susurró Aeryn. Serena dio un paso hacia ella. —No deberías haber venido. —He cruzado todo para encontrarte. Solo quiero traerte de vuelta. Serena sonrió, pero sus ojos estaban llenos de sombra. —Entonces aún no entiendes. Yo soy el Reino ahora. Y si me salvas… este mundo muere.
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