CAPÍTULO 6: ÁNGELES

1165 Words
—Pues a tus órdenes, amigo —musitó Phillip con una sonrisa ladeada. Ambos tomamos distancia el uno del otro y su brazo dejó el contacto con mi cuerpo, lo cual me hizo sentir extrañamente vacía. Por un par de segundos me sentí terriblemente culpable por estar disfrutando de mi pequeña conversación con este chico guapo. Sentía que aún no había pasado el tiempo suficiente de luto por Rick como para ya estar interactuando con otros hombres, pero luego alejé esas ideas de mi cabeza. No estaba haciendo nada malo, no tenía por qué sentirme culpable. Jack extendió su mano hacia mí y la tomé para ponerme de pie, lanzando una mirada de soslayo al ojiazul. —Nos vemos, Phillip —dije con una sonrisa amable. Él me guiñó un ojo y asintió con la cabeza. —No dudes que así será, Francisca —espetó. Mi estómago volvió a convertirse en un revoltijo de sensaciones, que decidí ignorar mientras caminaba junto a mi mejor amigo, quien no dejaba de sonreír con burla, pero sin decirme nada. —Ay, ya dilo de una vez y deja de mirarme así —reclamé, frustrada, al ver esa cara de tonto que se le había quedado. Jack soltó una enorme carcajada y agradecí estar lejos de Phillip, porque su risa no había sido precisamente discreta. —Te vi muy cómoda con Phillip —susurró con picardía. Rodé los ojos fingiendo fastidio, aunque una sonrisa traicionera se coló en mis labios. —Es un chico amable… —respondí sin dar más detalles, aunque no hacían falta: Jack me conocía tan bien que no necesitaba decir nada para que supiera lo que estaba pensando—. Por cierto, ¿dónde está la chica que te gusta? —pregunté, recordando lo que me había contado en el auto de camino aquí. —No vino, creo que tuvo un problema… —susurró con un puchero en los labios. —Supongo que la conoceré después —me encogí de hombros, y él asintió antes de señalar con el dedo un punto a lo lejos. Observé a Ignacio siendo abrazado por un par de chicas que no conocía y comenzamos a caminar en esa dirección. —Hola, ¡feliz cumpleaños! —saludé a Ignacio mientras lo abrazaba—. Gracias por invitarme, espero que lo pases muy bien. —Oh, muchas gracias por venir, Fran —respondió con simpatía—. Por cierto, te presento a mi novio, Germán. Miré al lado de Ignacio y casi se me desfiguró la cara de la sorpresa, pues el novio de Ignacio era Germán. El mismo Germán que trabajaba conmigo en la tienda de ropa. —Hola, me llamo Germán, un gusto —dijo él extendiéndome la mano con toda la formalidad del mundo, lo que me hizo estallar en carcajadas. —¡Imbécil! —grité divertida y me lancé a abrazarlo. Al separarnos, noté que todos a nuestro alrededor nos miraban confundidos. Las cejas de Ignacio ya se estaban fusionando de lo fruncidas que estaban. —Amor, ¿recuerdas que siempre te hablo de una compañera de trabajo muy loca y con la peor de las suertes? —le dijo Germán a Ignacio. Este asintió lentamente, tratando de procesar la situación. —No me digas… ahora todo tiene sentido —dijo por fin, sonriendo y llevándose una mano a la frente—. Por un momento imaginé que ustedes dos tenían un romance heterosexual secreto. Las carcajadas se hicieron inevitables. Negué con la cabeza de inmediato. —No te preocupes, no tengo tan mal gusto —respondí, encogiéndome de hombros para molestar a Germán. —¡Desgraciada! —chilló él, sacándome la lengua. Me hizo reír otra vez. —Germán, no habías mencionado que tu compañera de trabajo fuera tan agradable —dijo Ignacio, mirándolo con picardía. Al instante, los tres estallamos en carcajadas. —Mira que tampoco es tan agradable como aparenta —intervino Jack, con una sonrisa divertida. Le di un empujón amistoso. —Tonto —murmuré, divertida. Ignacio y Germán se veían adorables juntos. Me sentía genuinamente feliz de ver a mi compañero de trabajo y fiel oyente de tragedias así de enamorado. Sabía que tenía novio, pero jamás imaginé que el mundo fuese tan chico como para que fuera justamente él. Después de unos minutos de conversación, me disculpé para ir al baño. Ignacio, muy amable, me acompañó. Al ver que estaba ocupado, le pedí que volviera con los demás y que yo los alcanzaría luego. Mientras esperaba, mi mirada buscó inconscientemente aquellos ojos azules que había conocido hoy. Pero antes de poder escanear bien el lugar, la puerta del baño se abrió bruscamente y una chica salió tambaleándose y atropellando todo a su alrededor. —¡Que se joda el patriarcado de mierda! Fruncí el ceño al notar que se trataba de Katherine, mi amiga, completamente ebria. —Kat, ¿estás bien? —le pregunté preocupada, acercándome rápido para sostenerla. Su equilibrio estaba completamente comprometido, pues no lograba mantenerse quieta. —Creo que ya es hora… —murmuró con voz dramática. La miré sin entender a qué se refería—. Fran, el fin de los días se está acercando. —No digas tonterías, Kat —negué, divertida ante sus desvaríos—. Estas ebria. —Ay, amiga… al menos no moriré virgen. ¿Tú morirás virgen? —me preguntó con los ojos húmedos. Algo me decía que estaba a punto de llorar, y no tenía idea por qué. —Kat, no vamos a morir. ¿Por qué dices eso? —le acaricié el cabello mientras intentaba llevarla a un lugar seguro donde pudiera sentarse. —¿Ves a esos ángeles? —preguntó, señalando un punto tras de mí, con una expresión de alarma. —¿Dónde? —cuestioné, confundida. Ella me hizo una seña para que mirara. Giré la cabeza... y entonces los vi. Bueno, “ángeles” no era la palabra que yo habría usado. Era Phillip. Phillip besándose apasionadamente con una hermosa rubia. Abrí la boca, atónita, mientras sostenía a Kat con el cuerpo. Ya decía yo que Phillip no podía ser perfecto, y seguro ya tenía novia. —Será mejor que Jack nos lleve a casa —susurré, sin dejar de mirar aquella escena tan… demostrativa. Phillip la abrazaba con fuerza, y ella acariciaba su cabello dorado con las manos. Se estaban devorando. Eso era mucho más que un simple beso de fiesta, y me hizo sentir estúpida. Quizá él solo había sido amable conmigo un rato, y yo lo interpreté como si estuviera coqueteando. Como si me hubiese interesado de verdad en mí. Qué ilusa. —Creo que… —un sonido horrible salió de la boca de Kat. Al volverme hacia ella, vi el piso cubierto de su vómito. No lo dudé. Marqué a mi salvador de siempre. Le pedí que lleváramos a Kat a su casa… y de paso, que me llevara a mí también, pues por algún motivo, ya no quería seguir en esa fiesta.
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