Como si se tratara de una prueba del delito guardé la tarjeta de débito en uno de los cajones de zapatos que jamás utilizaría en la vida. Nadie podría imaginarlo, que ahí, en un rincón del placard, yo guardaba algo de Belu.
Me había prometido conmigo misma que no iba a usarla, y la tentación era fuerte.
Una mañana, mientras trataba de hacer un boceto de Matt, en Youtube pasaban publicidad de las Waccon. Era la tableta digital, que desde hace rato quería pero que no podía ni siquiera sugerirles que me compren. Entré en Mercadolibre solo para ver el precio. Estaba a la mitad del costo, por el Blackfriday, tenía que aprovecharlo.
—No, Jessy, no tonta, no lo hagas, ni siquiera lo pienses…
Pero era tan fácil hacer una compra online, que desistí.
Con las manos temblorosas hice el pedido. Si todo salía bien, me llegaría al día siguiente. Pero no había considerado que, quizás el envío llegaría cuando mamá estuviera en casa. ¿Qué le iba a inventar?
Recordé que había quedado esa tarde con Nicolás para hacer el trabajo sobre Freud para el jueves, ósea para el día siguiente, porque faltan diez minutos para que dieran las cuatro de la madrugada.
— Ay, mierda…
Se me ocurrió llamarlo, esperaba que no se molestara conmigo.
—Hola —dijo bostezando— ¿Sabes qué hora es?
— ¿Cómo adivinaste que era yo?
—En realidad, nadie más se atrevería a despertarme a esta hora.
Por un largo tiempo Nicolás había sido mi mejor amigo, íbamos a todos lados juntos, junto a él empezó mi obsesión contra las máquinas y tecnología… ese rollo, entre muchos otros.
— ¿Te molesta? —le pregunté apenada.
—Claro que no, tengo que justificar el pago mensual del teléfono —bromeó.
En los últimos tiempos, ni siquiera nos mirábamos, ya ni siquiera recordaba el motivo por el que me había alejado de él.
—Hoy tenía que reunirme contigo, digo ayer, pero no pude... —me excusé, y mientras lo hacía, chasqueaba los dedos, como siempre que decía en parte la verdad.
—Te esperé hasta, haber, como siete horas.
Estaba apenada.
—Lo he olvidado.
—Es algo extraño, recuerdo a una Jessy con muy buena memoria…
— ¿Es un intento de reproche?
— ¿Funciona? —respondió de buena gana.
Nicolás estaba siendo amable conmigo, quizás porque recordaba los viejos tiempos de rebeldía.
—Sí, lo siento es que tengo muchas cosas que hacer...
—No tienes que explicarlo, está bien, pero ¿Cuándo haremos el trabajo?
—Es que no sé si pueda...
— ¿Quieres que me encargue de hacerlo y te lo pase después? —propuso sin sonar molesto por lo que le sugería.
—Si eso no te molesta...
—No para nada —dijo firmemente.
—Oye, te deberé una —respondí aliviada.
—Así es —contestó lo más fresco.
A veces su compañía me alegraba el día, era lo que estaba haciendo en ese momento.
— ¿Entonces cuando vienes?
—Bueno, y si me lo traes ¿te molestaría?
¡Genial! Además de usurpar la identidad de Belu, me comportaba como ella.
—Está bien, no hay problema, cuando lo tenga listo te lo llevo.
—Estoy muy agradecida contigo, ¡te lo compensaré!
—Bueno, mientras lo recuerdes al despertar… Nos vemos más tarde.
Al terminar la llamada se desvaneció mi ansiedad, comenzaba a relajarme, Nicolás tenía esa virtud, siempre que me sentía estresada, deprimida o ansiosa, bastaba hablar con él, para que mejorara todo.
Pero él, ya no era el mismo chico de hace tres años, en ese tiempo era el nuevo de la escuela y los rudos le acosaban. Aún recuerdo el día que no aguantó más, y le puso el punto final. Corrió la voz que les propinó una paliza todo el que le se había hecho al vivo con él. Nunca más se supo de alguien que lo intente de nuevo.
Se sentaba dos asientos adelante, era tranquilo, de pocas palabras pero inteligente, hacía chistes de buen gusto, sobre todo sabía escuchar, cuando nos hicimos amigos entendí que era él quien elegía a quien hablar y a quién no.
—Soy elitista.
Ese era uno de sus defectos. Aunque nunca despreciaba a nadie, pensaba muy bien con quien andar.
Nunca me animé a preguntarle por qué me hablaba, tal vez se debía a que pensábamos o teníamos los mismos conceptos de la vida, nos entendíamos a la perfección. Recuerdo muy bien que desde que andábamos de acá para allá, juntos, mis amigos dejaron de hablarme, me pareció extraño pero no me preocupaba para nada, la pasaba bastante bien con él.
Me ardían los ojos, me di cuenta que era por la luz del sol que entraba por la ventana, iluminando parte de mi dormitorio. Había amanecido.
Volví al teléfono, quise llamar a Lukas, pero si lo hacía cometería un gran error.
De pronto vi que había un mensaje nuevo en el chat. Se había conectado mientras mi cerebro, en estado zombi, deambulaba.
—Quiero que sepas que te soñé, aunque ahora mismo sigas durmiendo, que tonto debe ser leer esto… pero no quiero olvídalo, yo nunca sueño y hoy lo hice, soñé contigo.
Respondí rápidamente.
—Hola, no duermo, es decir hoy no ¡qué lindo que soñaras conmigo!
— ¿Hoy no? Espero no haberte despertado.
—Ya lo estaba, me alegra ser parte de tus sueños. —respondí atontada.
—Quisiera estar ahí, ahora mismo contigo, pero soy tímido, seguro me pongo como gelatina temblorosa. Pensarás que soy un creído.
— ¿Creído? Nunca lo pensaría de ti.
Era verdad, jamás podría pensarlo de él. Era el chico más romántico y tierno y sensible que conocía.
—Eso me tranquiliza… ¿sabes? Las personas no saben que siento pánico, especialmente delante de personas que me importan mucho.
Sus palabras me derretían…
— ¿Yo soy importante para ti? —me atreví preguntar.
—Sí, demasiado… por eso agradezco que existan las r************* para poder ser yo mismo contigo.
— ¿Y cómo haces para interactuar con tus seguidoras?
—No lo hago, es Jon que el que se encarga de eso, yo paso de eso, me escurro a las sombras de mi cueva, y desde allí estar pendiente de que una bella princesa me mande un mensaje y si no lo hace… me siento triste y me pongo a escribir como un demente.
Era un amor, se burlaba de él mismo...
— ¡Qué tierno eres! ojalá que tus fanáticas desquiciadas no te persigan demasiado.
Ahí estaba yo, pesada con ese tema…
—No hay nadie que haga eso, si te soy sincero… creo que nadie se fija en mí.
No podía estar diciéndolo en serio. Era todo lo contrario, quizás no lo viera con claridad, pero yo sí.
— ¿Qué dices? ¡Yo sí! Me gustas mucho.
—No tanto como yo lo hago.
— ¿Dices que te gustas a ti mismo? ¡Creído!
—Me hiciste reír, graciosa.
Comenzaron de esa forma, nuestras conversaciones, sin que nos diéramos cuenta, se hicieron más largas y continuas. Persuadí a papá, para que me compre un celular, uno para estar conectada a él las veinticuatro horas del día. Siempre que podíamos nos poníamos a hablar de todo y de nada, no importaba si estaba en medio de las clases, me daba la forma de contestarle a espaldas de los profes. Era como si lo tuviera a mi lado, ya no me sentía sola. Sentía algo más que atracción, amor, quizás… y era intenso, con locura, de una manera desenfrenada cuidaba que nadie se enterase de mi gran secreto. Al grado de que a veces olvidaba los deberes de la escuela, trataba de concentrarme en las tareas pero era inútil, me quedaba viendo la hoja en blanco y mi mente lejos, muy lejos de mi realidad. Imaginaba que Lukas y yo nos besábamos, salíamos de paseo, teníamos una cita romántica… no lograba concentrarme en nada que no sea él. Cuando no se podía conectar, pasaba el tiempo insufrible, y ansiosa con todo el mundo.