Capitulo 1: Noticia Inesperada.
Como cualquier otro día, Martina Rodríguez, una mujer de cabello canoso, corto por los hombros y piel trigueña, despierta muy temprano en el pueblo de San Martín de Trevejo, España, debe preparar todo para llegar al puesto de frutas que tiene su amiga, para trabajar junto a ella, como todos los días. Prepara el desayuno para su hermana y su hija que también irán a trabajar.
Ella debe encargarse de todo lo que se tiene que hacer en la casa y aliviarles el trabajo, pero los últimos días ha aumentado su cansancio, los calambres por las noches se hacen más fuertes, impidiéndole dormir, por más dolor que sienta no ha querido preocupar a su hermana, o mejor dicho ha evitado decirle, para no oír sus quejas, Martina corta un poco de pan para cada una y sirve tres vasos de leche.
Su hija y hermana tendrán su paga finalizado el día, por lo que podrán comer algo distinto esta noche, arregla todo en la pequeña mesa que tiene en la sala, su hija sale de la habitación que comparten, con su peluca negra y la cara bien lavada, Martina niega.
—Eva, ¿Cuándo te darás cuenta de que, aunque te pongas todas las pelucas que quieras, todos saben que eres tú? — Cuestiona su madre, Eva se lleva un trozo de pan a la boca y rueda los ojos.
—Mamá no molestes ¿Sí? Cuando salgo con mis amigas tengo otra apariencia, mucho mejor que estas fachas, nadie ha notado en el trabajo que soy rubia en realidad y menos que soy la hija de la mujer que vende frutas en el pueblo. — Expresa despectivamente, su madre la ignora, sabe su carácter y forma de ser, aun así, la ama.
A la mesa se une Sara, la hermana de Martina, con su cara de amargura como todos los días y comienza a comer para luego tirar el pan.
—¿No pudiste traer un pan que se pueda comer? Trabajamos duro y ¿Esto es lo que nos tienes en la mesa? ¿Qué haces con el dinero que te damos? — Cuestiona con rabia, Eva deja su comida a medio comer, solo toma de su leche.
—Sabes muy bien que lo que me dan, apenas alcanza para comprar algunos alimentos, comen más de lo que tenemos, yo tengo que completar para los días que faltan y no morirnos de hambre, no me vengas con reproches ahora, Sara. — Coloca las manos en la mesa con su mirada fija en su hermana, quien aprieta los puños y sale gritando improperios.
—Yo comeré algo en la campiña. — Expresa Eva con disgusto, se termina su leche, arregla su peluca y toma su bolso para salir.
Martina las ve alejarse por la ventana de la pequeña casa, luego vuelve a la mesa y comienza a probar de su pan, para ella se encuentra bien, no es el más suave, pero sirve para no tener el estómago vacío, termina de comer y recoge la mesa, va por su bolso y baja la colina, camino al pueblo.
Luego de varios minutos colina abajo llega al puesto, su amiga ya la espera para arreglar todo.
—Hoy se te hizo un poco tarde. — Dice Carla, Martina suelta un suspiro cansado.
—¿Otra discusión con tu hija? — Le pregunta a Martina, ella la mira y niega.
—Esta vez fue Sara, no quiso el pan del desayuno y me reclamo, preguntándome ¿Qué hago con el dinero que me dan? Puedes creerlo. — Dice cansada de solo pensar en eso, Carla suelta una risa escasa de humor.
—Debes dejarlas y que ellas mismas compren y se preparen su comida Martina, siempre es lo mismo, no quieren aportar nada para el hogar, apenas te dan algo de dinero y tú tienes que ingeniártelas para que alcance para las tres. — Dice molesta con los brazos cruzados.
—Eva es mi hija y Sara, vivimos en su casa, no puedo hacer eso, sabes que con todo y su mal carácter, no me negó un techo cuando más lo necesite. — Dice viendo a la nada.
—¿Pero de qué vale? Si en cada segundo se aprovecha de ti, cada vez te veo más agotada ¿Retiraste los exámenes? — Pregunta con una mirada de preocupación.
—Aún no, tengo miedo de lo que pueda salir en el resultado. —Dice pasándose las manos por el rostro.
—Todos tenemos temores cuando se trata de la salud y más en este pueblo. Abrimos y te vas a ver al doctor, necesitamos saber qué es lo que te tiene tan decaída y esos dolores, tus ojos cada día se apagan más Martina, debemos hacer algo, no lo pospongas más. — Le dice a su amiga, ya que es evidente que lo pospondrá nuevamente si no la presiona.
—Dejemos todo listo para que los clientes se lleven toda la fruta que encuentren y mientras te quedas atendiendo yo voy con el doctor. — Dice Martina con un toque de optimismo.
Luego de un rato dejan todo listo, Martina toma su bolso y se acerca a Carla.
—Ya me voy. — Dice con nervios.
—Ve tranquila, si necesitas más tiempo no te preocupes, lo importante es que encuentren una solución para tus dolores. — Comenta Carla con una cálida sonrisa.
Martina sale y camina por el pueblo para llegar al centro médico, minutos después llega al sitio y ve todo a su alrededor con la esperanza de no encontrarse a nadie conocido, entra al consultorio del doctor, la secretaria al verla la reconoce y la saluda con una hermosa sonrisa.
—¿Vino a retirar sus exámenes? — Pregunta la chica de piel blanca y hermosas pecas en el rostro.
—Sí, ¿El doctor está muy ocupado? Si lo está, puedo venir otro día. — Dice empezando a retroceder.
—No se vaya, él ya está por terminar con la paciente, sus resultados tienen varios días de estar listos, es de suma importancia que el médico converse con usted. — Dice con seriedad la chica, llevando a estremecer y preocupar a Martina, minutos después una mujer sale y se despide del doctor de manera educada, el doctor la ve y la invita a pasar.
—Pensé que tendría que ir hasta su casa a buscarla. — Dice el doctor con tono serio, la mujer se apena y aprieta su bolso a su pecho.
—Disculpe, doctor, yoo…— Se disculpa sin tener una excusa lo suficientemente convincente para justificarse.
—No tiene que pedirme disculpas, pero lo que le tengo que decir es muy grave, más de lo que creí, por favor siéntese. — Dice en tono preocupado, Martina abre grande los ojos al ver el semblante del doctor, él toma asiento detrás de su escritorio y ella al frente de él.
—¿Que tengo doctor? — Pregunta apretando los puños en espera de la noticia.
—Tienes cáncer Martina. — Dice el doctor, pone al frente los resultados de sus exámenes, los temores de la mujer la golpea fuertemente, todos estos años lo ha aguantado todo por su hija Eva, la hija del hombre que tanto amo.
—¿Qué debo hacer para curarme doctor? ¿Quimio? ¿Operarme? ¿Qué hago para no morirme doctor? — Pregunta de manera desesperada, el doctor pone su mano en la de ella, presionándola un poco, aprieta sus labios y le dedica una mirada de pena que hace cristalizar los ojos de la mujer mayor.
—Lo siento Martina, tu cáncer se ha propagado, no hay nada que podamos hacer médicamente. — Dice finalmente el doctor, un duro golpe que termina con las ilusiones, con cualquier sueño o anhelo.
—¿Cuánto tiempo me queda? — Pregunta con la mirada vacía.
—Días, una semana, quizás dos, lo siento mucho Martina. — Responde el doctor, ella se levanta del asiento lentamente y toma los resultados.
Sin fuerzas termina de salir del consultorio, sin mirar a nadie, a la salida no se da cuenta de que una mujer viene en su dirección, por lo que termina chocando con ella, se agacha y la ayuda a recoger los expedientes que cayeron al piso.
—Martina Rodríguez. — Dice con sorpresa la enfermera, Martina la ve, pero en estos momentos no la reconoce de ningún lugar.
—¿Me conoces? — Me pregunta un poco apenada, la mujer le da un pequeño asentamiento.
—Sí, por ti, es que volví al pueblo, ¿Podemos tomarnos un café aquí cerca? — Pregunta la mujer un poco esperanzada.
—Pero, yo no la conozco, lo siento. — Dice para terminar de salir, pero rápidamente la mujer la detiene con sus palabras.
—Soy la enfermera que la ayudo a dar a luz a su hija Eva. — Dice la mujer, en ese momento el rostro de ella viene a su mente, voltea a verla y puede reconocerla, solamente con algunas canas y arrugas.
—Ahora si te recuerdo, pero ¿Por qué quieres que tomemos un café? — Pegunta con el ceño fruncido.
—Es impórtate ¿Tienes tiempo? Por favor. — Pide la enfermera.
—No mucho, pero vamos. — Dice soltando un suspiro.
—Bien, entregaré rápido estos exámenes, no me tardo. — Dice señalando uno de los consultorios.
Martina la espera, por su mente pasan tantas cosas en este momento, hace mucho que no toma un café con alguien, aunque tiene poco dinero, quiere despejar un poco la mente de tantas cosas. Pocos minutos después vuelve la enfermera y le extiende la mano.
—Soy Carmen, quizás no recordaras mi nombre…— Dice extendiéndole la mano, ella la estrecha y asiente sin decir nada. — A la vuelta está una pequeña cafetería donde podemos sentarnos. — Dice finalmente.
Ambas caminan sin decir una palabra, para Martina la situación comienza a ponerse un poco extraña, la mujer evita mirarla, no sabe si es por su aspecto o se arrepintió de invitarla a un café, ve su vestimenta y todo está en orden, pero siente que algo no va del todo bien, llegan a una de las mesas, e inmediatamente Carmen pide dos cafés para ambas.
—¿Es muy importante lo que tienes que decirme? Te veo un poco seria. — Dice Martina con el ceño fruncido.
—He cargado con esto, muchos años, pero hoy tengo la información completa y puedo remediar mis actos. — Esas palabras confunden a la mujer.
Un minuto después dejan sus cafés, Carmen sorbe un poco de él, se aclara la garganta y toma la mano de Martina sobresaltándola, la mirada que le dedica le preocupa.
—Perdóname, hace diecinueve años hice algo muy malo, estaba en una situación muy apretada como para perder mi trabajo, la hija de una de mis pacientes se me estaba muriendo en mis brazos, el padre de la bebé me amenazo, si ella moría acabaría con mi carrera, con todo lo que yo conocía y yo simplemente no tuve otra salida. — Dice mientras la voz se le quiebra poco a poco, Martina trata de retirar la mano de Carmen, pero ella no la deja.
—¿Pero eso que tiene que ver conmigo? No estoy entendiendo nada, me estás poniendo nerviosa. — Cuestiona un poco asustada.
—Tu hija Eva, es esa niña que estaba muriendo en mis brazos esa noche y tuve que intercambiar por la niña que lleva tu sangre. — Dice entre lamentos.
Martina deja de forcejear quedándose en shock, sus ojos se expande de la impresión.
—Eso no puede ser verdad, mi hija es Eva, lo que tú dices es una gran mentira. — Dice con las lágrimas asomando en sus ojos, no lo acepta, no lo cree, ve como un imposible algo como eso, y más ahora, eso terminaría de matarla por dentro.
—Si lo es, pude conseguir una foto de tu verdadera hija y la dirección de las personas que la criaron, los padres de Eva, después de esa noche, no pude olvidar sus nombres. — Dice soltando un suspiro de alivio, una verdad que tenía atorada tantos años y no la dejaba vivir en paz, suelta a Martina, dejándola llena de dudas.
La mujer de su cartera saca un sobre y se lo da, Martina lo toma, saca unas fotografías y una dirección, ve a la mujer de la foto, no puede negar el gran parecido que tiene con ella, las lágrimas se le salen al ver que tiene los ojos iguales a los su gran amor, unos hermosos ojos oscuros, detrás de esa foto esta otra donde aparecen ella muy elegante con una pareja de algunos cuarenta y cinco y cincuenta años.
No puede negar lo que dice Carmen, la mujer de la foto es su hija y las personas que están con ella en la foto son rubios, con facciones muy parecidas a las de Eva, la chica que crio con todo el amor de su corazón.
—Ella es Virginia Alcázar, tu verdadera hija, Martina.