En ese instante, varios hombres entran al salón. Reconozco a algunos, entre ellos Arnold. Como señor de la casa, se acerca al mostrador, acompañado de sus dos habituales incondicionales y pide una ronda para todos. A sus pies, ha dejado una bolsa de tela o quizás es una mochila. Sin duda, debe estar llena de pasta. Arnold brinda con sus hombres y como si con ello les hubiera dado permiso, se desparraman por el salón, acosando a las chicas que parecen acostumbradas a este tipo de visitas. —Brutos –murmura Zaira a mi oído. — ¿Qué dices? –respondo de la misma forma. —Son unos brutos… esos tipos –sus ojos se clavan en algunos de los más cercanos pero su mano sigue sobre mi regazo. — ¿Te han hecho daño? —Nos lo hacen a todas. Son los amos… y el calvo de la barra es el peor de ellos. —Lo s

