Capítulo 3: Tan inútil como prescindible

1051 Words
Bastián volteó a ver a su hermano con preocupación, ante las palabras del mayordomo. —¿A qué se debe, Damon? —cuestionó el mayor con demanda. —Tiene que ver con la correspondencia que recibió Lord Gottorp más temprano, señor Bastian —informó el varón, un vampiro de mediana edad—. Él… no está de muy buen humor, por desgracia —apuntó a modo de advertencia, corriendo la mirada hacia Sylor. El pelirrojo resopló y asintió con la cabeza. —Como era de esperarse—murmuró. Aquello era, sí o sí, culpa suya y de su espectacular forma de ser.   Sylor se levantó, comenzó a ponerse la camisa, se calzó un par de sandalias que estaban al costado de la cama y salió, seguido de un Bastian preocupado y, más atrás, un Damon que mantenía su papel solemne e intachable. La habitación del menor de los Gottorp se hallaba en el último rincón de la tercera planta, donde nadie imaginaría que habría un cuarto, como muestra de su deshonra. El cuarto era pequeño y nada lujoso en comparación a la del resto de sus doce hermanos y hermanas, tal como su progenitor lo decidió. Él era el séptimo hijo de un primogénito, pero no se parecía en nada a lo que las leyendas establecían para los de su clase.   Llegaron a la planta baja y se encaminaron al ala este, donde se encontraba el estudio de Emyr y, tras llegar ahí, con Sylor acomodándose la camisa, Bastián tocó la puerta. Dos segundos después recibió autorización y ambos entraron. Este estudio era muy normal: muebles de madera oscura, como a casi todos los vampiros más viejos les gustaba, paredes pálidas y una pequeña ventana atrás, que dejaba ver el cielo nocturno. —Padre, ¿para qué nos has llamado? —preguntó Bastián, en tanto Sylor cerraba la puerta tras de sí. Y aquel hombre los taladró a ambos con ojos furiosos, lo que le indicó al pelinegro que estaban en problemas. —La «Señora Set» nos ha enviado una carta —espetó Emyr pausado y cortante, marcando cada una de sus palabras con sorna. Bastian arrugó el mirar de inmediato, y trató de dejar de lado el ácido escupido por las palabras ajenas. Set era la Gobernante del pecado de la Avaricia, que aglutinaba a los alquimistas o magos descendientes de la humanidad, humanos, ciborgs y homúnculos, entre otras razas minoritarias. Ella era una talentosa alquimista también, sobre la que corrían muchos rumores alrededor del mundo. —En esta correspondencia nos insta a que prestemos nuestra colaboración, para que las comunidades humanas que aún residen en la Isla Snaeland sean reubicadas en territorio de los Kyburg, pues teme que, tras los últimos movimientos violentos sucedidos en otra de las comunidades que residen en nuestro territorio, sus vidas estén en peligro. Sylor se mordió el labio inferior. En efecto, esto era cosa suya. —Entonces… esta comunicación fue enviada aquí con el apoyo de nuestro Padre, Caín… ¡¿Pueden creerlo?! ¡No hay forma de que podamos negarnos a esto! —bramó Emyr, abriendo los ojos de par en par, y se levantó del escritorio, lo rodeo y se detuvo al frente. »¡Y todo esto es tu culpa, Sylor! ¡Todo porque no pudiste matar a un simple y blandengue viejo humano! —aulló furioso y avanzó hacia el pelirrojo. Pero, antes de que pudiera llegar a él, Bastian se metió en medio. —Padre, si el Jefe de los Norris moría… la Gobernante hubiese reaccionado de la misma forma —advirtió el primogénito. —¡Ellos sospechan de nosotros! —chillo Emyr y negó—. Si el tipo estuviese muerto, no me importaría. Snaeland es nuestro territorio… Mi padre es condescendiente, pero yo deseo que toda nuestra tierra sea liberada de esa terrible plaga humana… no hacen más que reproducirse y traer más estupidez al mundo. »¡Llegará el día en el que se crean con el derecho de retarnos! Y ese maldito Señor de los Cielos los favorece… ¿Acaso no recuerdan cómo terminó esta guerra? Incluso nuestro Padre está con ellos. Bastián asintió. —Tómatelo con calma —habló el más joven; su padre lo miró con extrañeza y molestia—. No ganarás nada si continúas con esta línea de pensamientos. Controla tus impulsos, padre. Sylor tragó con fuerza, aunque sabía que no pasaría nada. La única persona a la que Emyr Bernadotte tomaba en cuenta, además de a sí mismo, era a su primogénito. Gracias a quien sea, Bastian no había nacido con ese terrible carácter de su progenitor, y solía ser amable con él, a diferencia de los demás. Tal como espero, el semblante de Emyr se tranquilizó en unos segundos, casi como si hubiese sido sometido a algún tipo de coacción, pero no fue así. —Tienes razón —murmuró el mayor y se fijó en Sylor. »Tú te encargarás de limpiar este desastre, Sylor. —El más joven puso cara de no entender—. Vas a ir allí con el hijo de los Kyburg, y vas a matar a todos esos viejos decrépitos, al delegado de la Gobernante, y al mismísimo Blaise Habsburg si es necesario. »Esto es tu culpa. Tienes que hacer tu papel como mi maldito hijo y cumplir con lo que te mando. Sylor tragó con fuerza, dispuesto a negarse, pero Bastian interrumpió: —Padre, ¿qué clase de locura estás diciendo? ¡Vas a desatar la guerra! —¡Cállate! —La calma en Emyr se fue al caño, y regresó su atención al pelirrojo. »Si no lo haces, ir por ahí vestido de mujer, y todo lo que has pasado hasta ahora, no serán nada: voy a torturar tu cuerpo de todas las maneras posibles hasta que me ruegues que te mate y, cuando lo hagas, seguiré torturándote, y morirás envuelto en una espiral de dolor —amenazó con la voz baja y penetrante, y agregó—: No me provoques, Sylor. Eres tan inútil como prescindible. •  •  • ¡Hola! Muchas gracias por leer un nuevo capítulo de esta historia. Espero que disfrutes de la lectura. Si quieres saber más sobre esta novela, o mis otras historias, te invito a seguirme en mis r************* : Facebook: Shi Autora. Instagram: @theshisworld
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