Capítulo 4: Un festival asqueroso

1070 Words
El ceño de Sylor se cerró, y su padre interpretó eso como un desafío. Emyr tomó a Bastián del hombro y lo tiró a un lado; el primogénito salió despedido hacia una de las paredes, y apenas pudo prepararse para el impacto. Entonces, el patriarca agarró a Sylor por los hombros y los apretó con gran fuerza, haciendo que el cuerpo ajeno se crispara por el dolor y las heridas que aún tenía en carne viva. —¡¿Acaso quieres que comience ahora?! —bramó. A Emyr no le costaba nada perder los estribos—. ¡¿Debería tomar este asqueroso e inútil cuerpo tuyo, y hacer más profundas tus heridas?! —¡Padre! —exclamó Bastián desde el costado, apenas poniéndose en pie. —Hazlo —sentenció Sylor con una frialdad seca en su tono bajo. Sus ojos miraron a su padre sin ninguna emoción particular—. Si tantas ganas tienes de desquitarte con alguien por tus ansias de conflicto y sangre, entonces hazlo de una buena vez.   Desde el costado, el primogénito tragó con dureza. Este era el principal problema con Sylor: él jamás se doblegaba ante nadie. Sin importar cuánto tratara, qué dijera o hiciera, nada funcionaría… No había nada que él, como el mayor entre todos sus hermanos, pudiera hacer ante semejantes declaraciones escupidas directo a la cara de su padre.   Solo hizo falta medio segundo para que Emyr lo tomara del cuello y lo estampara contra la pared, justo al lado de la puerta. Clavó sus uñas en su piel y enfrentó su mirada. Pero Sylor no cedió. —¡¿Quién demonios te crees que eres, eh?! ¡Eres tan altanero como la perra desgraciada de tu madre! —aulló sin control. —¡No digas tonterías de mi madre, cállate! —gritó el pelirrojo, atravesándolo con ojos furioso. Pero eso solo lo empeoró todo. Emyr tomó a Sylor y lo pegó contra el suelo como un trapeador. La cabeza del más joven rebotó dos veces, y su padre lo jaló hacia arriba y lo volvió a tirar contra el suelo. Bastian corrió hacia su padre y lo tomó por detrás. —¡Padre, detente! Pero no hubo caso. Emyr se separó por apenas un segundo y, haciendo uso de la fuerza propia de los miembros de su clan, puso una mano sobre el pecho de su primogénito y lo mandó a volar de nuevo; esta vez, Bastián pegó contra un librero que se encontraba al costado, y todos los libros le cayeron encima. Entonces, regresó a Sylor y comenzó a golpearlo en la cara con el puño cerrado, mientras apretaba su cuello. El pelirrojo trató de liberarse, pero no tuvo caso: la fuerza de su padre era tremenda en comparación a la de un chiquillo como él. —¡Tu madre era una puta perra! ¡¿Qué quieres que diga si, en lugar de un séptimo hijo, me dio la porquería que eres tú?! —bramó enardecido. Y eso hizo reaccionar a Sylor, que apretó con terrible potencia el agarre de su padre en su cuello, tan fuerte que hizo que se le quebrara la muñeca. Emyr gruñó. —¡Cállate de una vez, maldito viejo! —soltó, y empujó al mayor a un lado y se puso sobre él. Sus orbes turquesa lo miraron como si quisieran matarlo, y alzó la mano dispuesto a darle un golpe, cosa que sorprendió a Bastián, y al mismo Emyr… Sylor lanzó su brazo, pero jamás llegó a la cara del otro, sino que se quedó a unos cinco centímetros. La sorpresa se transformó en burla, en asco, en el rostro del mayor, que gritó: —¡Eso es lo único que puedes hacer! ¡Eres solo palabras! Lo empujó y se puso sobre él, para continuar su particular fiesta de golpes, que no fueron solo a la cara, sino también a su pecho, a las clavículas, las cuales rompió, junto a su esternón, y las astillas de los huesos terminaron lacerando la piel de un pelirrojo que, debilitado por la tortura previa, aulló por el dolor. Emyr siguió quebrando cada hueso que pudo en cuestión de segundos, sin importar lo mucho que a su séptimo hijo eso lo hiciera sufrir.   Bastián apretó los dientes con impotencia, y solo entonces se dio cuenta de que alguien llegaba a casa. —¡Klaus, ven aquí ahora mismo! —soltó el pelinegro en un grito firme. En menos de dos segundos, Klaus Bernadotte estuvo dentro de la habitación. Él era castaño, pero tenía los mismos ojos que su hermano mayor, a quien miró con sorpresa tras haberse dado cuenta de lo que pasaba. Y no necesitó que le dijeran nada; él y Bastián se abalanzaron en automático hacia su padre y comenzaron a forcejear con él. —¡Déjenme en paz! —exclamó molesto Emyr y quiso sacárselos de encima. Pero eran dos hombres grandes, vampiros como él, tan fuertes como él cuando estaban juntos, y se lo sacaron de encima, dejando a un Sylor malherido plantado en el suelo, con la piel desgarrada por sus huesos rotos, y la sangre espesa escapando sus innumerables cortes. Era como un festival asqueroso… —¡Damon, ven aquí! —llamó Bastián al mayordomo, en tanto él y Klaus aún trataban de contener a su padre, que comenzó a proferir insultos en lenguas antiguas. Él era un vampiro mayor que ya había pasado por el cambio y, supuestamente, superado la locura. No obstante, la locura seguía con él. Jamás se fue, porque Emyr la amaba. Entonces, Damon apareció por la puerta. —Lleva a un alimentador a la habitación de Sylor, también toallas y agua caliente. Estaremos allí pronto —dijo el primogénito tan pronto lo vio. Emyr tuvo un arranque de fuerza y se zafó de su agarre, para caer furioso sobre un Sylor cuya consciencia se hallaba nublada, y golpeó de nuevo su cara. El pelirrojo apenas se quejaba, porque tenía la mandíbula, los pómulos y las vértebras del cuello fracturadas —Maldita sea —masculló Klaus y se fue sobre su padre, para taclearlo hacia el otro lado. Después de cinco minutos, entre él y Bastián lo calmaron al ejercer una coacción natural que se fortalecía por estar juntos, y Emyr Bernadotte volvió a ser un «ser civilizado», se levantó del suelo, estiró sus ropas y, sin decir nada más, abandonó el lugar.   .
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