La adrenalina recorrió los cuerpos de Klaus y Bastián incluso en el momento en el que la presencia de Emyr se fue hacia su habitación, en el piso de arriba, y los dos se movieron con rapidez hacia un Sylor cuyos huesos se recomponían más lento de lo deseado.
El pelirrojo apenas se encontraba consciente, y la sangre empapaba sus ropas. Bastián achicó el mirar en él y, negando con la cabeza, le dijo:
—Tienes que aprender a cerrar la boca.
Los orbes turquesa brillantes del menor lo vieron con negación, pero ni siquiera trató de decir algo.
—Por ahora, vamos a levantarlo. Si bebe sangre, estas heridas deberían sanar en cuestión de nada —sugirió Klaus.
—Está todo roto —murmuró un aparentemente cansado Bastián, y el otro soltó la risa—. Oye… esto no es gracioso.
—Lo siento… Pero debería estar bien ahora.
Klaus miró los huesos de las piernas de su hermano pequeño regresar a su lugar a velocidad lenta, y los dos decidieron esperar un minuto más antes de levantarlo.
Un vampiro sanaba pronto de cualquier herida física siempre y cuando tuviese el poder de hacerlo. Ese poder venía de la sangre: un vástago bien alimentado sanaría pronto; pero Sylor no había bebido en tres días, y mucha de su sangre se perdió gracias a las torturas de su padre, que contaban con una magia que impedía a sus heridas curarse con rapidez.
Lesiones que ahora no dejaban de sangrar.
Al levantarlo del suelo, el rastro de sangre quedó junto a las tablas rotas, y los dos hermanos lo llevaron, con todo el cuido que pudieron, dos plantas más arriba hasta su habitación.
El pelirrojo apenas se quejó en el camino, porque su lucidez pendía de un hilio.
Al llegar arriba, encontraron a Damon al final del pasillo, y al pasar al cuarto estaba Rudy, el alimentador de turno.
—No podemos acostarlo en la cama, terminará toda manchada —murmuró Klaus, y terminaron tendiéndolo en el suelo.
»¿Qué fue lo que pasó aquí?, ¿de qué me perdí? —indagó curioso, ajeno a lo ocurrido en los días pasados.
Él y Bastián despojaron al otro de sus ropas ensangrentadas y las tiraron a un lado. Eran hermanos, así que algo como la desnudez no importaba.
La piel del más joven volvió a desgarrarse, presa de los golpes, y los cortes de los latigazos parecían latir.
El castaño abrió los ojos de par en par, impresionado por esa escena llena de piel suelta y amoratada, y muy impropia para vampiros como ellos.
—¿Qué le pasa a nuestro padre? —murmuró.
—Pensé que la locura ya se habría alejado de él a estas alturas, pero Sylor tiene el poder de hacerlo enloquecer con facilidad —masculló Bastián, que se quitó el sacó y se arremangó la camisa para atenderlo mejor.
Damon trajo el agua tibia y las toallas, y Bastián las mojó y comenzó a limpiar el cuerpo de su hermano menor, en tanto Klaus se ocupó de tender otra sábana sobre el colchón. El mayordomo entregó un ungüento especial, que el pelinegro fue regando con cuidado por todas las heridas abiertas, y que detuvo el sangrado.
La palidez excesiva de la piel hizo sobresalir aún más aquellas marcas moradas y oscuras, que dejaron de latir después de varios minutos. El cuerpo de Sylor temblaba, como convulsiones ocasionadas por el frío, y de su boca salía un siseo de forma ocasional.
—Rudy, ven aquí —ordenó Bastián.
El nombrado, un muchacho de unos trece años y rubio cenizo, avanzó y se agachó junto a ellos.
—Dale tu muñeca.
Y así lo hizo. El chico, que vestía ropas negras, se movió arrodillado y puso su muñeca frente a la boca del seminconsciente vampiro, que lo mordió casi enseguida.
Rudy siseó, porque al principio la mordida fue dolorosa, pero se relajó tras unos segundos y, conforme bebía de la sangre del humano, las heridas y fracturas del vampiro sanaron, y las marcas de los latigazos mejoraron un poco.
La magia era poderosa.
Un par de minutos después, Rudy se fue, y los orbes turquesa del más joven se quedaron fijos en el techo de yeso blanco con luces empotradas.
—¿Estás feliz con esto? —indagó Bastián. Era fácil distinguir la molestia en su tono.
Sylor no lo culpaba. Cualquiera se hartaría después de saber que esto pasaba con tanta frecuencia como la bebida o el sexo.
—Esto es mi culpa, ¿no? Estoy acostumbrado —murmuró el pelirrojo en un hilo ronco de voz.
Bastián, que estaba junto a Klaus sentado en el suelo, frunció el ceño.
—Te lo dije: tu cuerpo no seguirá resistiendo esto. Somos vampiros, pero aún eres un chiquillo, y tienes debilidades.
—Además, nuestro padre parecer haber encontrado la forma perfecta de las tuyas —soltó Klaus.
El menor chascó con la lengua y, de a poco, se incorporó hasta sentarse en el suelo, desnudo y paliducho. Su corazón latía a ritmo lento, y tenía el cuerpo caliente, todo gracias a haber bebido después de un momento de necesidad.
Desde la puerta, sin dejarlos continuar, Damon aclaró su garganta y dijo al más joven:
—Señora Sylor, Lord Gottorp me ha ordenado informarle que su viaje iniciará en dos días. A partir de ahora, la invito a prepararse. Viajará con su propio alimentador, iniciaré los trámites para ese asunto de inmediato.
La solemne voz de Damon resonó en el cuarto, y en los presentes, y él se marchó.
Sylor soltó una gran exhalación, fastidiada e impropia para un vampiro, y se dejó caer de nuevo hacia el suelo.
—Esto es una mierda —soltó molesto y aguzó el mirar en las hendiduras del techo.
Bastián lo miró con preocupación, consciente de lo que su padre le había ordenado, y preguntó:
—¿Crees que podrás hacerlo?
—No mataré a nadie por un deseo egoísta de nuestro padre, eso tenlo por seguro —sentenció. El otro estuvo a punto de refutar, pero el pelirrojo prosiguió.
»Preparen un ataúd para mí, si es que me lo merezco. Iré rumbo a mi final.