Sin muchas ganas, Sylor partió rumbo al territorio de Noricum, tierra de los Habsburg, del clan Kyburg, de la mano de Terry, una niña de diez años a quien designaron como su alimentadora. No era la mejor alimentadora del mundo, porque era demasiado joven y débil, y las mordidas la asustaban mucho, a pesar de que solo lo había hecho una vez.
Esto sería otro problema para él; sin embargo, la pequeña era afable, obediente y atenta. Se sentía bien tenerla a su lado.
Tras aterrizar, una limusina lo escoltó hasta la villa principal de la familia, un sitio que no se parecía en nada a la casa de los suyos. Aquí los detalles eran muy tomados en cuenta: arbustos bien recortados, flores de colores por todas partes bien mantenidas, y algunos árboles frutales a un costado.
La villa de los Kyburg poseía varios edificios, tal como la casa principal de los Gottorp, donde se realizaban varias actividades.
Se sintió raro al ver a algunos seres regresar a una casa ya entrada la noche. «Son humanos», murmuró para sus adentros y guardó ese dato en su mente.
Los Kyburg tenían una forma rara de ver el mundo.
Al bajar en la entrada de la casa principal, encontró a Tomsk Habsburg a su espera, y se aseguró de hacer una reverencia apenas verlo, y de que Terry también la hiciera.
—Lord Kyburg, es un honor para mí estar aquí hoy.
—Eres la séptima hija de Emyr, ¿no es así? Pasa, estábamos esperándote —anunció el mayor.
Tomsk Habsburg era un vampiro de cabellera oscura y filosos y brillantes ojos azules; él no se veía nada mayor, pero vaya que lo era… llevaba miles de años encima. Era el actual líder del clan Kyburg, uno de los doce clanes vampíricos que regían sobre Düster, antiguo continente de Europa, y que albergaba a otras criaturas, como los licántropos, los liches, los tan temidos zombis y otras razas menores.
A su entender, debajo de ese traje de corte femenino que llevaba, su cabello bellamente peinado y el maquillaje, Sylor creía que el varón sabía que era un chico, pero en el mundo actual muchas cosas habían cambiado, gracias a la providencia.
Al pasar a la casa, los pisos de madera oscura lo recibieron; confirmó que este era un gusto común entre los vampiros más viejos, y siguió a Tomsk hasta el jardín trasero, donde un descanso techado se encontraba y daba la vista al resto de un precioso jardín, que estaba encumbrado en sus costados por fuentes de mármol blanco, algunas luces y un césped en el plano, del que se pudo dar cuenta no era artificial.
Otra diferencia.
Se sentaron a la mesa, y el menor dejó las manos sobre sus muslos. Terry se quedó en la sala de estar, sentada en uno de los sillones.
—Estoy muy complacido de que tu abuelo y tu padre decidieran permitirnos traer a las comunidades humanas de la Isla Snaeland a nuestro territorio. Hemos estado hablando con ellos, y ya hemos preparado gran parte de las estructuras para recibirlos.
Sylor asintió.
—Mi padre espera que las irregularidades en el territorio terminen tras trasladar a las comunidades, pues piensa, todos lo hacemos, que sus vidas corren peligro en ese tipo de ambiente, rodeado de seres que no siempre pueden comportarse según las normas.
Tomsk asintió repetidas veces con soberana solemnidad.
—Es lo que creemos también. En pos del avance de nuestro mundo, todas las vidas son valiosas. Aquí esperamos que las comunidades y nosotros podamos convivir y colaborar en paz.
El pelirrojo conocía más detalles. Los Kyburg esperaban traer a los humanos a los terrenos de cultivo para que labraran la tierra y se formaran una comunidad, y así llevar a la casa Habsburg al negocio de la exportación de alimentos, ante la creciente demanda a nivel mundial.
Eso era mucho mejor que matarlos a todos, como su padre deseaba.
—¿Blaise se encuentra en la propiedad? Mi padre dijo que sería él quien iría junto a mí a la Isla.
Tomsk negó.
—Blaise se encuentra atendiendo sus propios negocios junto a Luke en algún lugar de la frontera entre estos territorios y los de los Veneto. Mi hija menor, Anna, te acompañará.
Sylor se mojó los labios y asintió apenas. La relación entre Luke, Príncipe de los Veneto, y Blaise, Príncipe de los Kyburg, era curiosa. Desde su nacimiento había escuchado rumores sobre ambos, la mayoría no tan buenos, pero, en el fondo, sentía envidia de su forma de llevar las cosas.
«Me gustaría tener a alguien con quien poder ser de esa forma… debe ser genial», murmuró para sus adentros, y se relajó. Aún era un vampiro joven, un chiquillo… Y, al no cumplir la voluntad de su padre, no viviría mucho más.
Entonces, una dama pelinegra, de cabello levemente ondulado y largo, apareció desde el interior de la casa.
—Padre, lamento haberme tardado —comentó ella, haciendo una reverencia a la que Tomsk correspondió con una sonrisa.
—Está bien… la señorita y yo estábamos platicando un poco. Ven, las presentaré. —La dama se integró al descanso.
»Sylor, ella es Anna, mi hija menor. Anna, ella es Sylor Bernadotte, la séptima hija de Emyr, nieta de Dagthir Bernadotte.
Anna, de flamantes ojos azules, iguales a los de su padre, le sonrió al pelirrojo y, a pesar de que pareció dudar por un momento, saludó:
—Es un gusto conocerte, señorita Sylor.
Ella negó y se levantó.
—El gusto es mío y… puede llamarme solo Sylor. La verdad es que soy la menor aquí, por mucho —comentó con sinceridad.
Aquello hizo reír a Tomsk, y Anna asintió.
—Entonces, está bien —acotó ella.
Dos personas más atravesaron hacia el jardín trasero y saludaron con una inclinación de cabeza. Uno de ellos era un varón espigado y delgado, de cabellera rubia y expresión dura, que se veía de veintitantos; el otro era más joven y bajo, castaño y de orbes oscuros.
—Sylor, déjame presentarte a Carl, mi guardián. —Anna miró al rubio, quien hizo una reverencia—, y a Arthur, mi alimentador. —Pasó la vista al más bajo, que repitió el gesto de su acompañante.
El vampiro correspondió con un asentimiento, y los dos se marcharon.
—Terry, mi alimentadora, se encuentra en un sillón de la sala de estar.
Anna asintió.
—La vi… es bastante pequeña.
—Lo es.
—Pero, ¿dónde se encuentra tu guardián? —Anna se sentó a la mesa, cerca de su padre.
—No tengo un guardián —contestó con ligera vergüenza y también se sentó.
—Tu padre es un hombre muy obstinado, joven Sylor —habló Tomsk Habsburg.
Y él no tuvo argumentos para rebatirlo.