Capítulo 7: Presa del pasado

1083 Words
Año 2021 d.C., 22 d.G. Territorio de Omaha, capital de Lugal Ba-gen El avión descendió en las tierras de los mortales, y fueron recibidos por una comitiva de individuos en apariencia normales, pero que los ojos de Sylor rápidamente identificaron como ciborgs de mejora, con capacidades superiores a las que un humano normal tendría. Era un símbolo de precaución ante la llegada de «entes extraños». Podía entenderlo. En el camino de ida, llevados por una limusina, se dio cuenta de que este lugar era un poco diferente a Düster en general. «Eso es porque aquí hay ilusiones», pensó, pues solía creer que los vampiros, al menos los de su clan, lo daban todo por sentado. Era lo malo de ser casi inmortales: la existencia perdía emoción. Según los guardias, iban directo a la sede central del gobierno de la región. Al llegar, un enorme palacio forrado en granito beis estuvo ante ellos. Aquí funcionaban todas las instituciones que conformaban el centro del gobierno del pecado de la Avaricia. Pasaron a través de grandes columnas, y entraron en un salón de techos altos que identificó como el recibidor. Terry iba de su mano, curioseando todo con los ojos bien abiertos y brillantes, al igual que Anna, cuyo alimentador y guardia estaban alertas. Se lamentó para sus adentros de su precaria situación, y todos siguieron a Lauren, el designado para escoltarlos, otro ciborg, quien los llevó al centro de la sede, a un gran salón cerrado y sin ventanas. La luna se alzaba en el estrellado cielo cuando se cerró la puerta. Este sitio parecía una sala de reuniones común y corriente: poseía paredes claras y techos blancos, piso de terrazo y una gran mesa gruesa larga al centro, rodeada de sillas.   Sylor y Anna, una dama de pocas palabras en apariencia, se sentaron a la derecha de la mesa, primero Anna al ser mayor, y luego el pelirrojo, que hoy usaba un traje n***o cerrado que hacía resaltar más su pálida piel y su no muy femenina figura. Su cabello, apenas ondulado, le rozaba los hombros y caía en capas hasta la mitad de su espalda. Carl se quedó de pie en una de las esquinas, en tanto Arthur y Terry se sentaron al otro lado del madero. Unos segundos después, ella apareció: Era Set.   —Buenas noches, es un placer para mí recibirlos en mis tierras, Lady Kyburg, Lady Gottorp —saludó ella. Las dos «vampiresas» se levantaron en seguida e hicieron una reverencia. Set negó. —No es necesario… todos aquí somos compañeros —anunció con ánimo en su voz. Sylor la contempló con sorpresa, pues era la primera vez que la veía en persona, y parecía mucho mejor que en las pantallas.   Set, a secas, era la gobernante del pecado de la Avaricia, una alquimista consumada que, a pesar de verse tan joven, tenía más de ciento veinte años. Ella también era bajita, no medía más de metro cincuenta, y su cabello era n***o y corto, con flequillo. «Parece estar preparada para batallar en cualquier momento», se dijo el varón para sus adentros porque, a pesar de que vestía un traje claro muy normal, su porte y postura la delataban como una luchadora nata. Esta era una de las siete cabezas que originaron el fin de la guerra. Con sinceridad, él no tendría jamás como agradecerle por ayudar a acabar con ese calvario.   Set terminó de entrar en la habitación y cerró la puerta, caminó y se sentó en la cabecera de la mesa. Después de que ella se sentara, los demás la siguieron. —Es un gusto conocerla, señora Set. Mi nombre es Anna, la cuarta hija de Tomsk Habsburg, actual líder de la casa Kyburg. —Anna se presentó con serenidad. —Y yo soy Sylor, la decimotercera hija de Emyr Bernadotte, y nieta Dagthir Bernadotte. —El pelirrojo hizo lo propio, con una inusual serenidad. Set sonrió; su piel marfil cálido resaltó sus extraños ojos, que el vampiro no supo si eran grises o verduzcos, y asintió. —Hay otra persona que nos acompañará, pero está un poco retrasado porque se encuentra en otra reunión; también, un consejero del pecado de la Soberbia irá junto a la comitiva —anunció la dama, algo que las dos princesas intuían, y prosiguió. »Primero que todo, me gustaría agradecer el esfuerzo que están haciendo ambos clanes en subsanar los conflictos existentes con las colonias humanas que aún permanecen en sus territorios. Ha sido difícil negociar con ellos para que se integren a nuestro territorio y… no estoy segura de que ahora estén por completo convencidos. —Después de lo que pasó, del intento de asesinado al Jefe Norris, los ánimos se han caldeado entre ellos. Va a ser más complicado, pero, sin lugar a dudas, es un paso necesario —destacó Sylor. Anna la miró y asintió. —Estoy convencida de que podremos llegar a un acuerdo, aunque puede que sea algo que tome algún tiempo. No obstante, ambas familias estamos dispuestas a ello. —Ella vio hacia el otro, que afirmó. No era cierto, pero tampoco mentira. En ese momento, la puerta se abrió, y un varón alto y grande entró; él vestía con un traje de tres piezas por completo n***o, debajo de una capa blanca con cordones de hilos de oro. Set se levantó en seguida y sonrió. —Aevan, qué bueno que por fin llegas. Aquel hombre cerró la puerta y se adentró a la sala, para detenerse a medio camino y hacer una reverencia. —Mi señora, lamento haberme tardado. Erick se negaba a dejarme marchar —anunció él. Su grave voz se esparció por el lugar como un cosquilleo. —Él es muy persuasivo —opinó Set con semblante alegre. —Lo es. —Aevan asintió y se fijó en los extranjeros. »Buenas tardes, mi nombre es… —De repente, su voz se detuvo en seco, y la impresión pintó su níveo rostro. Sus ojos, violáceos y brillantes, se abrieron de par en par, al mismo tiempo que el cuerpo se le paralizó desde los pies. La  garganta se le cerró y palideció más, si es que era posible. Un recuerdo del pasado llegó a su mente y lo tumbó, pero no se trataba solo de eso, no… Esos ojos, esas brillantes turquesas, tan raras como la existencia misma, solo las había visto una vez antes… Y el dolor se regó por su cuerpo desde el pecho, que se le apretó sin poder controlarlo.  
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