La mente de Aevan tomó dos caminos: primero, recordó el frío de una hoja penetrando su cuerpo, un dolor punzante que lo torturó por largas horas, días, antes de poder ceder; segundo… una laguna negra que encerraba un recuerdo que le fue imposible liberar, lo que era muy curioso.
Gritos sin sentido lo colmaron, y el frío se plantó en sus manos, las que cerró en puños al instante para controlarse, y esos orbes turquesa brillaron en su interior con intensidad, tanto como el deseo de saber por qué se sentía así.
Set miró al varón con inquietud, y se dio cuenta de que su cuerpo se tensó, y de que una rara incomodidad pintó su mirar; volteó a ver a la pelirroja y la encontró en circunstancias similares.
—¿Acaso los dos se conocen? —soltó la Gobernante.
Aevan negó con rapidez.
—No, señora… Es solo que… algo vino a mi mente de repente. —Él relajó su rostro y dejó escapar un respingo por la boca.
La realidad regresó a un Sylor que, antes de poder reconocer de quién se trataba, se vio envuelto por una espiral de horror y desesperación. Bajó la mirada a la mesa y frunció el ceño. Un calambre le recorrió la espalda, y sus ya fríos pies se pusieron helados, como grandes cubos de hielo que hicieron escalar la sensación a sus piernas, a su pecho y cabeza.
«Definitivamente es él», su mente rezó. Jamás podría olvidar esos ojos.
—Mi nombre es Aevan Eresvan Dragomir, soy el Consejero del Gobierno Central de Lugal Ba-gen, y seré su acompañante en este viaje, como delegado de la gobernante Set. —Terminó de presentarse el recién llegado, y le echó un ojo a aquella pelirroja cuya atención se hallaba en otra parte
El varón se sentó al frente, y Sylor pudo sentir sus puntiagudos ojos sobre él más de una vez. Él se veía más grande de lo que recordaba, portaba una barba de días en su rostro, tan clara como sus casi blancos cabellos, y esos penetrantes ojos violetas, tan fuertes y determinados como los recordaba…
Era él.
El tiempo se le pasó como la seda mientras estuvo disperso entre sus pensamientos y el argumento que trataban en la sala, y la reunión terminó sin que se diera cuenta de nada.
Cuando Set los despidió, se levantó, tomó a Terry de la mano y abandonó el salón tan rápido como pudo, pero sin parecer grosero.
Anna se marchó un minuto más tarde junto a su grupo, y Aevan se levantó también, dispuesto a seguir su camino; sin embargo, Set lo detuvo.
—Ae… ¿estás seguro de que no la conoces? —preguntó, respecto a Sylor—. No me parece que sea así —destacó.
Su mano derecha no solía mentir, y mucho menos a ella.
Entonces, el albino volteó a verla y se mojó los labios.
—Es una historia larga y extraña, señora Set. Si le soy sincero, no sé cómo debería hablar sobre esto, o si tiene sentido hacerlo siquiera.
Sus ojos confusos le dijeron a la mandamás que él hablaba con sinceridad, y le regaló una sonrisa. Aevan era un chico listo, muy listo, tanto como para ser su segundo al mando a la corta edad de cincuenta y siete años. Era un mago talentoso con inclinación hacia lo espiritual y mucho oculto en su interior.
Un varón amable, pero recto… siempre guiado por lo que debía ser, por su razón.
Al ser siempre guiado por su lógica, era tan extraño verlo así perturbado por algo tan simple como una muchacha, una vampiresa que apenas sería un par de años mayor que él.
Entonces, al detectar la ansiedad regarse por el rostro ajeno, asintió y le dijo:
—Entonces ve a resolverlo.
Él asintió y, sin más, abandonó el lugar.
Sus pasos firmes resonaron por el vacío pasillo, pues ya estaba bien entrada la noche y solo los guardias de turno andaban por ahí. Aevan se movió entre las callejas sin suerte, y decidió ir hacia los jardines.
El corazón le latía con fuerza, pero el frío congelante seguía en sus pies. Las manos le punzaban y el recuerdo del pasado se negaba a marcharse.
Entonces, al llegar a la salida hacia el jardín lateral, un ancho pasillo cercado por columnas gruesas, y bañado por el brillo de la luna, la encontró: ella se encontraba sentada en una banca contemplando la vegetación, y una niña, su alimentadora, balanceaba animada los pies a su lado.
Se dirigió hacia ellas.
Al instante, Sylor se dio cuenta de que alguien se acercaba y, al percatarse de quién era, se levantó de golpe y lo miró con terror. A su mente solo llegó el pensamiento de que tenía que salir de ahí.
En el momento, los nervios de Aevan se tensaron al contemplar su mirar aterrorizado y, a unos metros de él, le dijo con firmeza:
—No huyas. No voy a hacerte nada.