Una puertilla a la libertad I

1933 Words
El silencio de la biblioteca siempre se veía interrumpido por caídas inesperadas de libros a la vez que gritos agudos y fuertes pisadas descalzas en horas de la tarde, y hoy no era la excepción. Tantos libros a su alrededor, tantas estanterías con títulos interesantes, cuantas hojas llenas de experiencias y mundos, y aun así ella no se animaba a tomar ninguno. Sus pasos a través de los estantes parecían más un ritual que una actividad con verdaderos propósitos.   Por su puesto, los libros pueden asombrarte las primeras 10 veces que los lees, pero Violeta ya había revisado cada uno de estos títulos hasta casi memorizarlos, atesorando en su interior desde la aventuras en los más asombrosos mundos hasta las experiencias más aburridas y cotidianas. Como completando esa danza sin sentido a través de aquellos pasillos, pone su mano sobre la parte más alta de uno de los estantes de casi dos metros de altura, y la desliza rápidamente como buscando algo, finalizando el movimiento sobre una gran telaraña.   — ¡AAH!— agitó su mano con asco y corrió entre estantes buscando algo para retirar la sensación desagradable de ella, pero su afanosa búsqueda se ve interrumpida por un estante contra el cual choca y hace que varios estantes recostados sobre la pared, caigan en efecto dominó de manera lateral, dejando al descubierto una puertilla que nunca antes había visto durante su estadía en el asilo.   Ya nadie acudía a ayudar en la biblioteca cuando Violeta hacía un desastre, sin embargo ella sintió el temor de ser descubierta entrando por aquella puertilla, como prediciendo que sería el inicio de algo muy malo. Terminó por frotar su mano contra su vestido blanco para quitar la telaraña y entre libros avanzó de manera firme hacia su nuevo descubrimiento.   Con solo entre abrir la puerta, el olor advierte que es un lugar muy viejo, quizás el menos indicado para que Violeta ande sin zapatos, los cuales sólo se retiraba en su habitación y en la siempre desolada biblioteca. Pasó sus dedos por los estantes, llenándolos de polvo y confirmando que nadie había limpiado allí en años. Estos eran archivadores muy distintos a los que había visto en cualquier otro lugar del asilo.   – Vaya… Me pregunto qué diría Esther si viera éste desastre de lugar. ¡Seguro moriría de un infarto!— dijo para sí misma, mientras seguía inspeccionando objetos antiguos de diferente clase como ropa, accesorios, identificaciones de gente que no conocía y cajas.   — ¿Cómo es que no había visto este lugar antes?— habló nuevamente mientras tomaba un libro artesanal y viejo—. Violeta no tenía muchas personas en las cuales confiar sus más profundas reflexiones o sus absurdos pensamientos, por lo que no tenía reparo en expresarlos en voz alta para sí misma.   — ¡Violeta! Ya casi todos están en el comedor, ¿Por qué tardas tanto?   Al oír la voz de la enfermera Lucía, el cuerpo de Violeta saltó aterrado y fue a dar entre los libros que había tirado un rato antes. Se apresuró a cerrar la puerta cuando vio que aun traía consigo aquel libro y sin tiempo para regresarlo, lo metió en el bolsillo de su vestido blanco y levantó el estante que cubría la entrada secreta.   Por dios ¿Qué desadaptado es el autor de este desastre?   Al oír la acusación, violeta cae de rodillas sobre los libros bajando la mirada al suelo y empieza a hablar en un tono serio.   —Discúlpeme señorita Lucía, no era mi intención, prometo no decepcionarla de nuevo y dej… —El discurso de Violeta es interrumpido por una cálida mano que se posa sobre su cabeza.   —No te preocupes querida mía, vamos a limpiarlo todo antes de que Esther note nuestra ausencia en el comedor— dijo Lucía tomando varios libros del suelo.                                                                                            ***   Después de limpiar la biblioteca y cenar, se fue a su habitación al igual que cada interno. Violeta sube delicadamente las escaleras de madera desobedeciendo de vez en cuando la fila para ayudar a alguna de las ancianas a llegar a sus habitaciones. La suya quedaba hasta el último piso, por lo cual ya era parte de su trabajo ayudar a las otras, además de ser la más joven y jovial, lo que también servía de excusa para ayudar en todas las demás labores de aquella casa campestre que funcionaba como asilo psiquiatrico. De todas maneras ella estaba feliz de ayudar y mantenerse ocupada.   —Es solo por un tiempo, es bueno estar ocupado mientras se espera... —Interrumpió su diálogo para sí misma frente a la puerta de su habitación, tratando de recordar que es lo que está esperando.   Olvidar era la razón que la tenía en aquella espera desde hace varios años. Violeta presentó un trastorno neurológico progresivo desde temprana edad, empezando por pequeños olvidos, hasta grandes lagunas que afectaban su vida cotidiana y el de las personas que la rodeaban. Así fue como terminó recluida con personas similares a ella en enfermedad, pero no en edad.   Giró el pomo de la puerta y vio el reflejo de la luna entrando por la ventana circular arriba en la mitad del cercano techo. Su habitación alguna vez cumplió las funciones de ático, pero desde hace 4 años dejó su aspecto terrorífico para convertirse en una de las mejores “Suites” —Como solían decirle los demás internos— que había en el asilo. Era una habitación de unos tres metros cuadrados, con el cabezal de la cama recostado contra la pared que tenía la única ventana en la habitación. Justo frente a la cama tenía un escritorio, enseguida de éste un closet y en la pared contraria a la ventana, un marco de espejo vacío, sin el vidrio puesto.   Fascinada por la luz, accedió a la habitación por la puerta ubicada justo en frente del closet, camino hasta el centro de la habitación con los pies descalzos y se empinó delicadamente sobre la cama tratando de alcanzar la ventana aunque ya sabía que no podía lograrlo. Seguramente desde allí podría ver la antigua ciudad de Tanba y eso convertía su habitación en la mejor de todo el lugar, sin embargo no recordaba si alguna vez había podido verla.   Ante sus fallidos esfuerzos, Violeta puso el pie derecho sobre el delgado cabezal de la cama y creyendo poder sostenerse del bordo de la ventana, levantó el izquierdo, dejando todo el peso de su delgado cuerpo en el primero y estirando sus manos hacia su objetivo perdió el equilibrio y cayó sobre el piso de madera a la vez que salía volando de su bolsillo el libro que había hallado unos minutos atrás.   Abrió sus ojos tendida en el suelo y vio hojas de papel volando por la habitación en contraste con la luz de la luna que se colaba por su única conexión con el mundo exterior. Se sentó y de manera muy tranquila tomó una de las hojas que aún caía en cámara lenta. Allí sentada reposó su espalda contra la base de la cama y leyó:   Martes 12 de febrero de 1935 Los tutores, las instituciones y academias te piden que escribas ensayos históricos todo el tiempo, para preservar acontecimientos importantes, para aprender de ellos, replicar o no replicar conocimientos… Me gusta ir a las academias por mis amigos, pero a mis padres no les gusta así que si mi institutriz me va a obligar a practicar mi caligrafía, prefiero hacerlo con cosas más entretenidas como un diario. Esta es una forma mucho más divertida de preservar acontecimientos importantes en el tiempo.   Pero si algún día pudiera huir de la burocracia y las responsabilidades gubernamentales, yo preferiría olvidar todo esto, por lo que lanzaría mi diario a un lago o quizás lo aventaría por los aires…entonces llegaría a muchas personas, por lo cual debo esforzarme en crear las más apasionantes historias desde mi experiencia, para darle algún mensaje al mundo o para al fin darle sentido al haber nacido y crecido aquí, en la familia que controla todo en la gran Tanba. Y no es que no quiera a este gran pueblo o no quiera hacer algo por ellos, amo pasearme por sus antiguas calles pero mis padres me lo han prohib…   Y allí acababa el escrito. Se quedó un momento reflexionando con el papel en sus manos, mientras miraba sin propósito las últimas líneas escritas.   — ¡AHH! —Gritó con voz aguda mientras separaba la hoja de su vista—. ¡Esto es un diario personal!— habló nuevamente, mientras hacía una expresión de terror sintiéndose como una acosadora.     Sin embargo, Violeta quería conocer más de aquel diario, sentía atracción y curiosidad por la aventura que acababa de leer sobre la ciudad que siempre había soñado ver por su ventana y de repente sintió que era la oportunidad para conocer más sobre ella aunque fuera a través de los ojos de alguien más.   Pero cuando había terminado aquella hoja de aspecto deteriorado, la luz de la luna había sido eclipsada casi por completo, por lo que la visibilidad en la habitación era muy baja. Se acercó al escritorio para encender una vela casi consumida por sus actividades nocturnas de la noche anterior y la puso dentro de su porta velas de vidrio, que servía de lámpara. Recogió una a una las hojas del suelo y las puso sobre el escritorio de cualquier manera, manifestando cierta molestia de tener que ordenar el libro. Miró las hojas en desorden y se dio cuenta que faltaba la tapa artesanal que cubría los escritos. Miró alrededor suyo de pie en el centro de la estrecha habitación.   — ¡Siempre tan torpe! Estas cosas siempre ocurren cuando estoy cerca, no importa cuán delicada trate de ser con mis movimientos, parece que eso simplemente no se me da—, y se lanzó a la cama boca abajo. Entre dos almohadones forrados en tela de satín, había un muñeco de trapo blanco con forma rectangular y especie indescifrable.    – ¡Tú! Seguramente sabes algo, tú estabas en la escena de los hechos— dijo mientras movía sus manos para agarrar a su testigo. Inerte, el muñeco se deslizó por la tela de satín y cayó detrás de la cama. Al ver que su rehén había huido gracias a su torpeza, emitió uno de sus gritos agudos por la frustración. Metió su mano detrás de la cama para capturarlo e interrogarlo. Como no veía nada, movió sus manos en todas las direcciones mientras le seguía lanzando amenazas.   — ¡AHH! Ya verás, te encontraré y me dirás todo lo que…— Se detuvo al hallar la tapa del libro que había desatado la persecución desde un inicio.   —Mmm, ya me había olvidado de ti –dijo sosteniendo la tapa ahora llena de polvo, —Estos olvidos nunca me dejarán salir de aquí— Y se acurrucó en una esquina de la cama mientras abrazaba sus piernas aún con la tapa en sus manos. Agachó la mirada hacia la tapa y vio que tenía algo escrito, aunque lo estaba sosteniendo al revés, así que entre cerró sus ojos tratando de leerlo y decía: “Diario de libertad”   Rápidamente liberó sus piernas y se arrodilló sobre la cama con la vista perdida hacia el escritorio, donde aún reposaban las hojas en desorden. Tratando de recordar lo que decía el texto que había leído unos minutos antes, se bajó de la cama de un salto y se acercó al escritorio buscando la hoja con desesperación.   ¡Toc, toc!, alguien llama en la puerta.   
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