Violeta volteó a mirar rápidamente y al ver que la puerta estaba prácticamente abierta se puso de pie con sus manos en la espalda, ocultando el desorden sobre el escritorio.
—Ya es hora de dormir, apaga la lámpara y ve pronto a la cama— mandó la enfermera superior Esther.
—Si señora, enseguida— respondió Violeta en tono bajo, mientras agachaba la cabeza como muestra de respecto.
—Aún no te has puesto tu ropa de dormir y tienes el uniforme lleno de polvo, recuerda lavarlo mañana temprano, ya que es tarde y no tendrás tiempo de hacerlo ahora mismo.
—Si señora, mañana lo haré temprano.
Esther era reconocida por ser una mujer gruñona y estricta, pero sus mandatos parecían ser más su pasatiempo que una acción con algún propósito. Solía humillar a las demás ancianas del lugar por cualquier motivo que se le cruzara por la cabeza, sin embargo la llegada de Violeta al asilo dio un giro a su actitud, volviéndose la pesadilla de la muchacha. Violeta se ha vuelto la mano derecha de las enfermeras debido a su actitud condescendiente, por lo cual debe hacer todo lo que hacen las enfermeras —excepto gozar de sus libertades—, a la vez que cumple con las responsabilidades de los internos. El único privilegio con el cual contaba, era el poder estar en cualquier parte del asilo sin importar la razón que dijera.
— ¿Y qué es lo que estás haciendo levantada hasta tan tarde? Esto no es usual en ti— dice en tono burlesco levantando una ceja.
— Estoy leyendo un libro, señora.
— ¿Sigues leyendo los mismo libros de la biblioteca? Ah, ciertamente debes olvidar todo lo que lees al día siguiente.
— De hecho, no es así…—dijo aún con la mirada hacia el suelo
— Violeta no te he dado el permiso de contradecirme, por favor sé más respetuosa— dijo en tono serio y con mirada cortante—. Te ordeno que te duermas de inmediato, haré ronda y si veo tu lámpara prendida, estarás en problemas. No olvides que mañana debes cumplir con tus responsabilidades, oh, pero si olvidarlo todo es tu talento — y se echó a reír de manera descarada.
Violeta sintió una ligera molestia por el tono en que Esther le habló y aún con la mirada hacia el suelo, recordó algo que había leído poco antes: “Pero si algún día pudiera huir de las responsabilidades, yo preferiría olvidar todo esto”. Y entonces le encontró una ventaja a su condición y aferró sus manos al escritorio como símbolo de lucha. Cuando Esther terminó de reírse, cerró la puerta sin añadir ningún comentario fuera de lanzar una mirada hostil de difícil interpretación.
Violeta se sentó de nuevo en el escritorio, con lágrimas a punto de salir de sus ojos.
—Vamos, enséñame más de ese mundo que quiero conocer, dime cómo te haces fuerte, cómo puedes seguir viviendo en un mundo donde todas las responsabilidades recaen sobre ti…—dijo a las hojas sobre el escritorio mientras su voz se apagaba con deseos de llorar.
Tomó una hoja al azar y se puso a leer
Jueves 28 de febrero
Una vez más he podido recorrer las calles de mi amada ciudad Tanba. Atravesé los pasillos de las plazas escondida bajo una capa que cubría desde mi cabello rubio recogido en una trenza, hasta mi viejo vestido de la infancia que ya deja al descubierto mis tobillos. Allí los grandes edificios generan sombra a través de los estrechos pasadizos, lo que da una sensación tenebrosa y hasta mística de esa zona. Si no fuera por la calidez de sus habitantes y vendedores ambulantes, Ariza (la zona de plazas y mercados de Tanba), sería un lugar solitario y desolado, además de un lugar muy pobre.
Como el sol solo deja caer sus rayos sobre Ariza en torno al medio día, es común ver personas cubiertas por capas, capuchas, ponchos y otros grandes ropajes; por eso las personas cubiertas por eso las personas no suelen sospechar sobre mi verdadera identidad. Aunque por supuesto mi aspecto infantil nunca ha pasado desapercibido en las horas escolares como hoy a las diez de la mañana, cuando un hombre alto y delgado con voz directiva preguntó a mis espaldas por mi nombre y mis padres. Traté de apresurar el paso pero frené en seco al notar silencio alrededor de la plaza central (uno de los únicos lugares que siempre lucía soleado), porque el asunto había captado la atención de los lugareños. No podía decirle mi nombre real, así que volteé a mirar a mí alrededor buscando alguna forma de salir de esa situación sin llegar a ser castigada.
La gran capucha sobre mí cabeza no permitía ver mis rasgos faciales, pero yo si lograba ver la preocupación en el rostro de los mercaderes. Entre la desesperación, llegó a mis ojos una bellísima planta a un costado de un puesto de ventas. –Me llamo Jade— afirmé con seguridad. Sabía que después de eso vendrían más preguntas a las cuales debía inventar más excusas, y puse a trabajar rápidamente mi cerebro mientras miraba a mí alrededor en busca de ideas. —No has terminado de contestar mis preguntas —dijo en un tono agresivo el hombre— ¡Y mírame cuando te hablo! —Añadió mientras tomaba bruscamente mi brazo. Acorralada en esta situación, pensé en renunciar a mis escapadas diarias y confesar la verdad, pero tenía miedo al castigo que podría recibir por ello.
¡Zas! Y cayó el hombre de espaldas dejando al descubierto un grupo de muchachos armados con palos y capuchas. — ¡Corre!— Y dejando de espaldas un revuelo de gritos en la plaza central de Ariza, corrí hacia ningún lado persiguiendo a ese grupo de chicos que se fueron dispersando a través de los pasadizos del barrio. Sólo quedaba aquel muchacho que asestó el golpe en la plaza, me detuve justo después de él en una esquina solitaria, ya muy lejos de los mercados callejeros. —Si no sabes cuidarte sola, quizás es mejor que no te escapes del palacio donde te mantienen presa—. Y siguió su camino mientras yo estaba congelada sin saber cómo había descubierto quién era yo.
Caminé un poco perdida por los pasadizos que ya no pertenecían a la zona de Ariza, hasta salir a los campos de arroz que separaban las dos grandes zonas de Tanba. He vuelto a casa en completo sigilo, pero con la sensación que bajo mi capa mi identidad no estaba protegida. Todos los ciudadanos y habitantes de zonas cercanas están escandalizados por el hecho de que una niña llamada Jade ande por las calles acompañada de niños vándalos y mis padres no son la excepción. Dicen que por ahora es mejor que yo deje de asistir a todos los eventos y mil normas absurdas más.
Mi habitación hace mucho tiempo se volvió una prisión, una amplia, llena de lujos, pero con ausencia de todo lo que el exterior puede darme, el calor del sol, el viento de las colinas, el flujo del agua del lago Mizú, la risa de los niños en la plaza central de Ariza. ¿Por qué no puedo salir y hacer una vida normal? La vida de una mujer nunca será normal, siempre está lleva de responsabilidades que nadie más quiere cargar, en especial cuando eres la hija del gobernador.
Se ve que el escrito continúa en alguna otra página, pero Violeta aún no había ordenado las hojas, cuando un bostezo anunció que su cuerpo ya estaba agotado. Recostó un momento su cabeza sobre el escritorio con la promesa de ir a la cama en un instante. Sus ojos se cerraron teniendo como foco la vela que ya casi se extinguía y que cada vez veía más lejos. De repente...
— ¡Violeta, abre la puerta!