Los grandes árboles que rodeaban la construcción de tres pisos hecha únicamente en madera, servían como cerco natural. Le cobijaban en sombra casi en su totalidad, a excepción de dos lugares: la habitación de violeta debido a que sobrepasaba la altura de los arboles; y la zona trasera del asilo, la cual había sido parcialmente despoblada de aquellos árboles para servir como zona recreativa.
La realidad es que un montón de adultos y ancianos con diferentes tipos de demencia no ocupaban mucho espacio a la hora de recrearse, así que aquel lugar se había convertido en zona de lavado y secado de ropas, así como una huerta y a la vez un jardín ya que en la zona delantera no llegaba suficiente luz solar.
Todos tenían rotundamente prohibido acercarse a los árboles que limitaban con el exterior, y la única reja conocida por los internos separaba la parte frontal de la parte trasera y estaba ubicada a los extremos oriente y occidente del lugar extendiéndose tres metros de alto y de forma indefinida hasta adentrarse en los árboles del bosque hacia lo ancho.
Como la construcción estaba justo en la cima de la colina, la zona trasera iba a dar al descenso de la colina. Tenía un balcón en madera sin barandales. Era ancho casi al nivel del suelo a lo largo de toda la casa que servía de zona de recreo para que los ancianos no rodaran por la colina. Tenía un techo corto y al extremo derecho había algunos otros elementos arrumados cerca a unos grifos de agua.
Violeta se encontraba allí atrás completamente sola lavando los uniformes blancos de todos los internos y el personal del lugar. La ropa se lavaba en grandes recipientes de madera llenos de agua y jabón, era necesario arrodillarse en el suelo y golpear la ropa dentro del recipiente, verter el agua del pesado recipiente en una alcantarilla al lado y repetir el proceso hasta dejarla limpia.
Este era el castigo que le había impuesto Esther por no presentarse a tiempo en el comedor ésta mañana para desayunar. Decía que era más estricta con ella porque tenía más capacidad que los demás y no quería verla deteriorarse tan pronto, que mantenerla activa era la solución.
Más temprano, cerca de las seis de la mañana tal y como a la hora en que Violeta se encontraba lavando, hacía calor. Los rayos del sol que se colaban por la única ventana que encontraron a su paso en el asilo, se toparon con la piel suave y blanca de la joven Violeta de 17 años, quien se había quedado dormida accidentalmente sobre su escritorio.
— ¡Violeta, abre la puerta! —Escuchó a lo lejos su nombre y su primer pensamiento era haber dejado la lámpara encendida, lo que podría haber despertado la furia de su cuidadora.
La verdad es que aunque Violeta tuviera episodios de amnesia completa, la mayor parte del tiempo tenía pequeños olvidos que se traducían en descuidos y por eso sus cuidadoras hacían énfasis en recordarle las labores y actividades diarias que debía realizar. Aunque en su lugar, parecía que Esther sólo disfrutaba castigarle por cada descuido que tenía, ignorando completamente su condición y con ánimos de humillarla.
Esther irrumpió en la habitación a la vez que Violeta levantaba su cabeza confusamente. Entró a la habitación caminando con fuerza haciendo que las tablas crujieran y levantó a la muchacha por la fuerza tomándola de su brazo.
— ¡Estoy cansada de tu actitud Violeta! Todos aquí son demasiado blandos contigo pero yo estoy para imponer orden… —siguió con su discurso mientras arrastraba a Violeta por el pasillo mientras ella asimilaba que no era un sueño. A mitad del pasillo, había un reloj de péndulo colgado en la pared marcando las 6:30.
Violeta se liberó de Esther de un salto y bajó las escaleras corriendo y gritando a todo pulmón “EL DESAYUNO”. Cuando llegó a la planta baja, se disponía a tocar de una campana que indicaba las horas de las comidas y otras actividades, y que podía oírse no sólo en la casa sino a varios kilómetros alrededor de la colina.
Sin embargo, se encontró con el comedor ocupado por todos los internos y las enfermeras, quienes la miraban con bastante seriedad. Parecía una situación de la cual Lucía no podía rescatarle, pues había llegado más de 15 minutos tarde al desayuno y no había tocado la campana a la hora indicada, la cual era una de sus tareas asignadas.
Violeta solía desvelarse leyendo desde hace varios años, aunque eso significara la posibilidad de empeorar su condición mental. Había muy pocas actividades dentro del asilo de las cuales Violeta podía realmente disfrutar y aunque asistía a la mayoría de ellas por obligación, lo que realmente le apasionaba era escapar de la realidad que le correspondía.
Además siempre tenía la presión de fallar, por lo que Esther siempre estaba muy atenta a cualquier error que cometiera para aumentar su carga de trabajo. Por eso Violeta se había vuelto una gran soñadora, soñaba con ver más personas de su edad, oír la risa de los niños, ver los ríos fluir y poder contemplar la ciudad de Tanba desde la ventana de su cuarto. Entonces recordó un fragmento del diario que desde un principio la había metido en éste lío:
“Mi habitación hace mucho tiempo se volvió una prisión, pero con ausencia de todo lo que el exterior puede darme, el calor del sol, el viento de las colinas, el flujo del agua del lago Mizú, la risa de los niños en la plaza central de Ariza. ¿Por qué no puedo salir y hacer una vida normal?”
Aunque ya era costumbre suya desvelarse, nunca había faltado a sus deberes en el tiempo que llevaba en el asilo, o al menos no recuerda que fuera por desvelarse. ¿Qué era lo que le parecía tan atractivo de aquel diario que estuvo leyendo durante la noche anterior? ¿Qué habría provocado tal sueño profundo en ella por primera vez en tanto tiempo?
—Anhelo ser libre —Murmuró mientras vaciaba el agua sucia en la que estaba lavando—. Quiero ver Tanba, quiero verla y no desde mi ventana— añadió, mientras abría nuevamente el grifo de agua—. Quiero correr por los pasillos de sus plazas, quiero ver sus mercados, sus campos de arroz y conocer los lugares que aún no sé qué existen— agregó mientras miraba al cielo agachada en cuclillas con sus manos en el pecho, como sintiendo algo especial allí dentro.
— ¿Y cómo se supone que vas a hacer eso? —dijo una voz masculina tras ella, cerrando la llave del agua que ya había llenado el recipiente de madera hasta hacerlo rebosar.