El sol bañaba la pista de aterrizaje con su luz dorada mientras Mathias Brown descendía del avión. Su corazón latía con fuerza, no por emoción, sino por la mezcla de sentimientos que lo envolvían. Había vuelto. Después de tantos años de lucha, de noches en vela trabajando y estudiando, de soportar el hambre y el frío en un país desconocido, por fin había logrado lo que tanto soñó.
Era un arquitecto reconocido, con proyectos que deslumbraban en ciudades de todo el mundo. Pero nada de eso llenaba el vacío que aún albergaba en su pecho. El dolor de la humillación seguía vivo, como una herida que nunca cerró del todo. Y ahora, al pisar el suelo de su antigua ciudad, aquel resentimiento que creía controlado despertó con fuerza.
Su mandíbula se tensó al recordar la última vez que vio a Samantha. Aquella noche, en el baile de graduación, ella había destrozado lo poco que quedaba de su dignidad. Mathias había guardado con cariño un dibujo que le hizo en secreto, un retrato donde la había plasmado con la dulzura con la que él la veía. Pero todo se convirtió en una pesadilla cuando su compañera Viviana encontró el dibujo y lo expuso frente a toda la escuela.
Las carcajadas aún resonaban en su mente.
—¡Miren esto! ¡Mathias está enamorado de Samantha! —gritó Viviana desde el escenario, sosteniendo la hoja con el dibujo en alto.
Samantha, en lugar de detener la burla, le dio la estocada final.
—¡Ay, qué lindo! ¿Pensaste que me iba a enamorar de ti? —soltó con una risa cruel—. ¡Dios, ni en un millón de años!
El auditorio entero estalló en carcajadas. Mathias sintió el pecho arder, el rostro enrojecer. Quiso desaparecer. Aquella noche lo cambió para siempre.
Ahora estaba de vuelta, pero no como el chico tímido y acomplejado de entonces. No, Mathias Brown había renacido de sus cenizas. Y haría que cada uno de los que lo humillaron pagara por lo que hicieron.
Con el corazón endurecido, apretó los puños y caminó con paso firme hacia su destino.
Los recuerdos lo golpeaban con cada paso que daba en el aeropuerto. El bullicio de los viajeros y el anuncio de los vuelos apenas podían ahogar las voces del pasado que resonaban en su mente.
—“¿De verdad crees que alguien como yo saldría con alguien como tú?”
Apretó la mandíbula y cerró los ojos por un momento. El dolor seguía ahí, intacto, como si el tiempo no hubiera pasado.
Pero había cambiado.
Ya no era el chico con sobrepeso, cabizbajo y temeroso. Ahora era un hombre de éxito, con porte imponente y mirada determinada. Había trabajado incansablemente para construir su futuro, para demostrarles a todos que no era el perdedor del que se burlaban.
Y ahora estaba de vuelta.
Mathias salió del aeropuerto y abordó un taxi. Mientras el vehículo avanzaba por las calles de la ciudad, observaba por la ventana los lugares que una vez conoció. Todo parecía igual, pero él no lo era.
El taxi se detuvo frente a una casa modesta pero bien cuidada. Mathias bajó con una pequeña maleta en mano y observó la fachada con nostalgia. Había pasado años sin pisar aquel hogar, sin ver a la única persona que siempre creyó en él: su madre.
Golpeó la puerta suavemente. Pasaron unos segundos antes de que se abriera y una mujer de cabello entrecano y ojos llenos de emoción apareciera en el umbral.
—¿Mathias…? —susurró su madre, llevándose una mano a la boca, incapaz de contener las lágrimas.
—Hola, mamá —dijo él con una sonrisa.
Ella no esperó más y lo abrazó con fuerza. Mathias sintió el calor de ese abrazo, un refugio que no había encontrado en ningún otro lugar del mundo.
—¡Mírate! Estás tan cambiado… tan guapo, hijo. —Su madre lo sostuvo del rostro con las manos temblorosas —Sabía que regresarías, pero no imaginé que sería tan pronto.
—Prometí volver, ¿no?
Entraron a la casa, y su madre le preparó una taza de té mientras hablaban de todo lo que había pasado en los últimos años. Sin embargo, Mathias evitó hablar de su verdadero motivo para regresar.
Sacó su teléfono y abrió un mensaje que había recibido días atrás.
“Reencuentro de la generación 2015 del colegio St. Thomas. Te esperamos en la celebración. Será una gran oportunidad para recordar los viejos tiempos”.
Sonrió con ironía. Claro, los “viejos tiempos”. Tiempos que para él solo significaban humillación y dolor. Pero esta vez sería diferente. Esta vez, él tendría el control.
Cuando cayó la noche, revisó su teléfono. Faltaban apenas dos horas para el evento del reencuentro.
—Mamá, voy a salir un rato —dijo, poniéndose de pie.
—¿A dónde vas?
—A un reencuentro con excompañeros del colegio.
Su madre frunció el ceño.
—¿Estás seguro de que es buena idea? No quiero que revivas cosas que ya deberías haber dejado atrás.
Mathias esbozó una sonrisa ladeada.
—No te preocupes, mamá. Solo quiero ver algunas caras conocidas.
Ella suspiró, pero no insistió.
Mathias se dirigió a su habitación y sacó del armario el traje que había llevado para la ocasión. Un elegante conjunto n***o a medida, con una camisa blanca impecable. Se miró en el espejo y apenas reconoció al joven que una vez fue.
—Vamos a ver quién se ríe esta vez —murmuró antes de salir.
—Señor, ¿a qué dirección lo llevo? —preguntó el taxista.
Mathias deslizó la notificación en su pantalla y dio la dirección del hotel donde se celebraría la reunión.
—Vamos a darles un pequeño espectáculo —murmuró para sí mismo, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a recorrer su cuerpo.
El juego apenas comenzaba.
El hotel donde se llevaba a cabo la reunión estaba iluminado con luces cálidas y elegantes. Mathias entró con paso firme, ignorando las miradas curiosas de los asistentes.
Apenas cruzó la puerta del salón, un murmullo comenzó a recorrer la multitud.
—¿Ese es Mathias Brown?
—No puede ser… está irreconocible.
Algunos apenas podían ocultar su sorpresa. Las mismas personas que antes lo llamaban “gigante” o “nefilim” ahora lo observaban con asombro y admiración.
Mathias se dirigió a la barra y pidió un whisky. No tardó mucho en escuchar una voz familiar detrás de él.
—No puedo creerlo… ¿Mathias?
Se giró lentamente y allí estaba ella.