Se giró lentamente y allí estaba ella. “¡Samantha!”.
El tiempo había sido amable con ella. Seguía tan hermosa como la recordaba, con su cabello dorado cayendo en suaves ondas sobre sus hombros y sus ojos verdes brillando con la misma intensidad de antes. Pero había algo diferente en su expresión. No era la misma chica altiva y arrogante del colegio.
—Samantha —dijo Mathias con voz tranquila, tomándose su tiempo para observarla.
Ella sonrió, aunque con un ligero nerviosismo.
—¡Dios mío! ¡Has cambiado tanto! Apenas te reconocí.
Mathias esbozó una sonrisa fría.
—Sí, bueno… los años hacen eso.
Ella rio suavemente, pero había un atisbo de incomodidad en sus ojos.
—No esperaba verte aquí. Pensé que… no sé, que no querrías volver después de todo.
Mathias sostuvo su vaso y la miró fijamente.
—¿Después de todo?
Samantha desvió la mirada, incómoda.
—Bueno, ya sabes… el colegio, las cosas que pasaron…
Mathias dejó su vaso sobre la barra y cruzó los brazos.
—¿Las cosas que pasaron? ¿Te refieres a cuando te burlaste de mí frente a toda la escuela?
El rostro de Samantha perdió color.
—Mathias, yo…
Antes de que pudiera responder, otra voz se unió a la conversación.
—¡Mathias! —Era Leo, su antiguo amigo, uno de los pocos que nunca se burló de él—. Hermano, ¡no puedo creerlo!
Mathias sonrió con sinceridad esta vez y estrechó la mano de Leo con fuerza.
—Es bueno verte, Leo.
—¡Mira nada más! El chico que todos subestimaron y ahora parece una maldita estrella de cine.
Varios excompañeros comenzaron a acercarse, algunos con asombro genuino, otros con sonrisas fingidas. Samantha parecía aún más incómoda.
—Disculpa, Mathias, ¿podemos hablar en privado? —preguntó ella.
Él la miró fijamente por un momento y luego asintió.
—Claro.
Salieron al balcón del hotel, donde la brisa nocturna aliviaba el calor del salón. Samantha parecía nerviosa, cosa que a Mathias le resultaba irónico.
—Quería disculparme —dijo finalmente —Sé que lo que hice en el colegio fue horrible. Fui una inmadura y me dejé llevar por la presión de los demás.
Mathias la observó en silencio, sin decir nada.
—No hay excusas para lo que te hice —continuó ella —Y si pudiera retroceder el tiempo, créeme que lo haría.
Mathias respiró hondo. No esperaba una disculpa, y menos de ella.
—Tienes razón, no hay excusas —dijo con frialdad—. Pero no se trata solo de lo que hiciste esa noche en el baile. Se trata de años de humillaciones, de burlas, de sentirme menos solo porque ustedes decidieron que era divertido.
Samantha bajó la mirada.
—Lo sé… y sé que no merezco tu perdón.
Mathias la miró un momento más antes de hablar.
—No sé si puedo perdonarte, Samantha. Pero sí sé que no voy a desperdiciar mi vida en el pasado.
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—¿Eso significa que… podemos empezar de nuevo?
Mathias dejó escapar una pequeña risa.
—No, Samantha. Significa que yo ya no soy el chico que dejaste atrás. Y tú tampoco eres parte de mi futuro.
Samantha abrió la boca para decir algo, pero Mathias ya había dado media vuelta.
Entró de nuevo al salón, donde Leo lo esperaba con una sonrisa.
—¿Todo bien? —preguntó su amigo.
Mathias tomó su vaso de whisky y sonrió.
—Sí. Mejor que nunca.
Samantha se quedó en el balcón. El viento frío de la noche acariciaba su rostro, pero no era suficiente para calmar el ardor de sus lágrimas. Sus ojos, enrojecidos y vidriosos, miraban hacia la oscuridad, como si esperara encontrar allí una respuesta, una señal que le dijera que todo podía solucionarse. Pero lo único que encontraba era el eco de su propia culpa.
Recordaba con claridad la última vez que vio a Mathias antes de aquella noche. La imagen de Viviana arrojando aquel papel aún se grababa en su mente como un cuchillo al rojo vivo. Aquel dibujo… su retrato, hecho con tanta delicadeza, con tanto amor. Mathias la había plasmado en el papel con la mirada con la que alguna vez la había visto en persona, con admiración, con ternura. Pero ella, en lugar de atesorarlo en ese instante, lo dejó caer.
No lo rompió, no lo pisoteó. Simplemente, dejó que el viento se lo llevara. Sin embargo, cuando nadie miraba, lo recogió. Y lo guardó como un secreto, uno que le pesaba como una losa en el alma.
Sabía que lo había hecho mal. Que reírse de Mathias junto con los demás había sido una traición. Que llamarlo “el gordo grasiento” había sido una de las peores cosas que pudo haber hecho. Pero en ese momento, ser parte del grupo, no ser ella la burlada, era más importante. Y ahora, lo único que tenía era arrepentimiento.
Respiró hondo, sintiendo el aire frío, llenarle los pulmones, y cerró los ojos con fuerza. Su corazón latía con desesperación, como si intentara escapar de su pecho.
De repente, la puerta del balcón se abrió.
—¿Qué haces aquí? —La voz de Mathias la tomó por sorpresa.
Samantha se giró de inmediato, con los ojos muy abiertos. No esperaba verlo allí. Él había regresado, ¿por qué estaba de vuelta?
Mathias la miraba con una expresión inescrutable. Sus ojos oscuros y profundos, la analizaban con una mezcla de cansancio y desconfianza. Había aprendido a no esperar nada de ella.
—Yo… —Intentó hablar, pero su voz se quebró.
Mathias suspiró, como si estuviera harto.
—No tienes por qué inventar excusas. No me interesa escucharlas.
Samantha sintió una punzada en el pecho.
—No son excusas —dijo en voz baja—. Solo…
Se detuvo. ¿Qué podía decir? ¿Qué lo sentía? ¿Qué quería retroceder el tiempo? ¿Qué odiaba lo que había hecho?
Mathias chasqueó la lengua.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? Que durante un tiempo creí en ti. Pensé que tal vez tú… —hizo una pausa, sacudiendo la cabeza—. Pero solo fui un estúpido.
—No lo fuiste —susurró Samantha, con los ojos ardiendo de nuevo.
Mathias rio sin humor.
—No me digas eso ahora. No después de todo.
Hubo un silencio tenso entre ambos.
Samantha bajó la mirada. Sentía que las palabras se le atoraban en la garganta, que no importaba cuánto intentara explicarse, nada arreglaría lo que había hecho.
—Lo guardé —soltó de repente, casi sin pensar.
Mathias frunció el ceño.
—¿Qué cosa?