Recuerdos dolorosos... una sonrisa de paz

1193 Words
—¿Qué cosa? Samantha metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un papel arrugado. Lo desplegó con cuidado y, aunque el tiempo había hecho lo suyo, aún se podía ver el dibujo. Mathias parpadeó. —¿Por qué…? —Porque me importaste. Porque nunca quise hacerte daño, pero fui cobarde. Porque tenía miedo de que me vieran a tu lado y me juzgaran, y me odié por ello. Mathias apretó los puños. —¿Y crees que eso me hace sentir mejor? ¿Qué guardaste un maldito dibujo, todo se borra? Samantha negó con la cabeza, las lágrimas cayendo sin control. —No. No lo creo. Pero tenía que decírtelo. Mathias se pasó una mano por el cabello, frustrado. —No sé qué quieres de mí, Samantha. ¿Qué te perdoné? No puedo. Ella tragó saliva con dificultad. —No te pido que me perdones. Solo… quería que supieran la verdad. Hubo otro silencio, más largo esta vez. El viento frío los envolvía, pero el calor de los sentimientos no expresados pesaba más. Finalmente, Mathias dio un paso atrás. —Espero que encuentres la manera de perdonarte a ti misma. Pero yo… no puedo hacerlo. Y sin decir más, se dio la vuelta y se marchó. Samantha se quedó allí, temblando, con el dibujo entre sus manos y el corazón hecho pedazos. Sabía que había perdido la única oportunidad que tenía. Y que no había vuelta atrás. Samantha salió del salón apresurada, sin voltear atrás. Su respiración estaba agitada, su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho, y las lágrimas amenazaban con volver a caer. No podía enfrentarlo más, no después de ver el desprecio en sus ojos. Mathias ya no la miraba con la dulzura de antes. No había ternura en su mirada, solo un muro infranqueable de resentimiento. Al llegar a su casa, subió las escaleras de dos en dos, cerró la puerta de su habitación y dejó caer su mochila al suelo sin importarle el ruido. Necesitaba desahogarse, encontrar un refugio en el único lugar donde sus sentimientos podían ser sinceros. Se acercó a su escritorio y tomó su diario. Ese libro de tapas gastadas y hojas llenas de letras apretadas y garabateadas con desesperación. En él estaban las palabras que nunca se atrevió a decir, los sentimientos que ocultó por miedo, las emociones que reprimió hasta que se volvieron insoportables. Con manos temblorosas, pasó las páginas hasta llegar a una en particular. **Día cuarenta y siete.** Hoy lo vi de nuevo. Mathias estaba sentado solo en el patio, dibujando. Me pregunté qué era esta vez. Me acerqué sin que me notara y lo vi. Me estaba dibujando. No sé si lo supo, pero me estremecí. Me miraba con el mismo detalle con el que plasmaba cada trazo. No entendí por qué, no hasta que sentí mi corazón latir más rápido. No hasta que me di cuenta de que me había enamorado de él. Samantha cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas escapaban. ¿Cómo había sido tan estúpida? Ella lo había amado. Lo amaba. Pero en lugar de tomar su mano cuando más lo necesitaba, lo empujó hacia el abismo. Se mordió el labio con frustración y pasó a otra página. **Día sesenta y tres**. Hoy me reí con ellos. Con Viviana y los demás. Me uní a sus burlas. Lo llamé “gordo grasiento”. Vi el dolor en sus ojos. Vi cómo bajó la mirada. Quise correr, abrazarlo, decirle que no era verdad, que era el chico más increíble que había conocido. Pero no lo hice. Me quedé allí, riendo con ellos, mientras mi corazón se rompía en pedazos. Samantha cerró el diario con un golpe seco. No podía seguir. No ahora. Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana, observando la calle desierta. Mathias había regresado. Después de tanto tiempo, había vuelto. Y ella buscaría su perdón. Cueste lo que cueste. Mathias regresó a su casa con una tristeza en los ojos. Volver a verla revivió su pasado. De camino, vio la panadería del señor Samuel. Estacionó el auto. Aún estaba abierta. Mathias entró a la panadería, con una sonrisa. Su mirada recorrió el lugar con ansias de encontrar a aquel hombre que le dio su apoyo y buenos consejos. El aroma a pan recién horneado lo envolvió, trayéndole una oleada de recuerdos. **El trabajo en la panadería era arduo, pero Samuel no era solo un jefe; era un mentor. Le enseñó a amasar, a hornear, pero también le dio consejos de vida mientras trabajaban juntos. —Dime, muchacho, ¿qué sueñas hacer con tu vida? —preguntó Samuel un día, sacando el pan del horno. Mathias, con las manos cubiertas de harina, se tomó un momento antes de responder. —Quiero ser arquitecto. Me gustaría diseñar casas, edificios… cosas que las personas puedan llamar hogar. Samuel lo miró con aprobación. —Es un buen sueño. Pero déjame decirte algo, Mathias: los sueños no se cumplen solos. Necesitas trabajo duro, dedicación y, sobre todo, paciencia. Mathias asintió. Esas palabras quedaron grabadas en su mente. —Lo entiendo, señor Samuel. Haré todo lo que esté a mi alcance para lograrlo**. El señor Samuel, al verlo, sonrió con sorpresa. Limpió sus manos llenas de harina en el delantal y se acercó, aún sin poder creer que aquel muchacho soñador estaba de vuelta. —Mathias… —murmuró con una mezcla de asombro y alegría—. No puede ser. ¡Mírate! Mathias sonrió con nostalgia. —Hola, señor Samuel. Ha pasado mucho tiempo. Samuel negó con la cabeza, todavía procesando la imagen frente a él. —Demasiado, muchacho. ¿Qué te trae por aquí? Mathias suspiró y miró a su alrededor, como si buscara algo más que los recuerdos. —Solo… necesitaba volver. Después de una buena plática y con la promesa de volver, Mathias salió de la panadería con una sonrisa en el rostro y una bolsa de pan en las manos. El encuentro con el señor Samuel le había devuelto algo que no sabía que había perdido: un poco de paz. Cuando llegó a casa, vio las luces encendidas. Su madre y sus hermanas, Karol y Sofía, lo esperaban en la sala. En sus ojos había una mezcla de temor y esperanza, como si temieran verlo derrotado, humillado… como en aquellos días de sufrimiento. Mathias respiró hondo antes de entrar. —Ya volví —dijo con suavidad, sosteniendo la bolsa de pan como si fuera un símbolo de su fortaleza. Su madre se levantó primero, observándolo con detenimiento, buscando rastros de tristeza en su rostro. —¿Estás bien, hijo? Él asintió con una sonrisa tranquila. —Estoy bien, mamá. Karol y Sofía se miraron entre ellas, sorprendidas. Sofía fue la primera en acercarse. —¿De verdad? ¿No pasó nada malo? Mathias negó con la cabeza. —Pasó lo que tenía que pasar. Pero no se preocupen, ya no soy el mismo de antes. Su madre lo abrazó con fuerza, aliviada. —Eso es lo único que importa. Mathias cerró los ojos por un momento, disfrutando del calor del hogar. Estaba listo para seguir adelante.
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