Mathias estaba sentado en su escritorio, con la mirada perdida en el reflejo dorado del whisky que giraba lentamente en el vaso entre sus manos. Afuera, la noche era fría, y la lluvia repiqueteaba suavemente contra la ventana, acompañando el silencio de la habitación. Cerró los ojos, dejando que los recuerdos lo envolvieran como un viejo abrigo raído que nunca terminaba de soltar.
Los pasillos del colegio se dibujaron en su mente con una nitidez dolorosa. Podía oír el bullicio de los estudiantes, los murmullos ahogados que parecían siempre aumentar cuando él pasaba. Caminaba con la cabeza gacha, intentando ser invisible, aunque sabía que era imposible. Su estatura, su complexión robusta, su torpeza involuntaria… Todo en él lo hacía un blanco fácil.
—Ahí va el gigante otra vez —la risa burlona de un chico rompió el aire.
—Más bien, el nefilim —respondió otro—. ¿No era que los ángeles caídos eran enormes y monstruosos?
Las palabras se clavaban en su piel como espinas, aunque fingiera que no. Apretó los puños, sintiendo la ira bullir dentro de él, pero no dijo nada. Había aprendido por las malas que responder, solo empeoraba las cosas. La última vez que se defendió, cuando golpeó a uno de los matones que molestaban a su amigo Leo, terminó en la oficina del director. El castigo fue ejemplar, porque el chico al que golpeó era hijo de un empresario influyente.
Respiró hondo, ignorando las miradas y los cuchicheos, y se dirigió a su salón. Al fondo, como siempre, su lugar estaba libre. Se dejó caer en la silla y miró hacia adelante, donde Samantha y sus amigas conversaban animadamente.
No sabía cuándo exactamente había comenzado a sentir algo por ella. Tal vez desde el primer día de clases, cuando la vio reír por primera vez. O quizás fue aquella vez que la encontró sentada en el jardín, con la brisa jugando con su cabello dorado mientras leía un libro.
Para él, ella era un sueño inalcanzable. Un faro de luz en un mar de sombras.
Por eso, cuando su amigo Leo le insistió en que se animara a hablarle, Mathias pensó que estaba loco.
—Vamos, hermano, ¿qué es lo peor que puede pasar? —dijo Leo, dándole una palmada en la espalda.
Mathias soltó una risa amarga.
—Qué se ría de mí. Que me humille. Que me rechace.
Leo chasqueó la lengua. —O que diga que sí.
—Eso es aún más improbable.
Pero la idea ya estaba sembrada en su mente. Durante semanas, practicó en silencio las palabras, ensayó frente al espejo, imaginó mil formas en las que podría salir bien.
Y entonces llegó el día.
Era el receso. Samantha estaba sola en el jardín, deslizando distraídamente los dedos por la pantalla de su teléfono. Mathias sintió su corazón martillando en su pecho, pero reunió todo el valor que pudo y caminó hacia ella.
—Samantha…
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—¿Qué quieres?
La frialdad en su tono le hizo dudar por un segundo, pero ya había llegado demasiado lejos.
—Quería decirte que… que me pareces muy especial y… bueno, me gustaría invitarte a salir.
El silencio fue como un abismo abriéndose bajo sus pies.
Samantha lo miró de arriba abajo y, de repente, soltó una carcajada.
—¿Tú? ¿Invitarme a salir? —Las risas continuaron, mientras lo miraba con una mezcla de incredulidad y burla—. Por favor, Mathias. Mírate. ¿De verdad crees que alguien como yo saldría con alguien como tú?
Él sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Su pecho se comprimió y el calor ascendió hasta su rostro.
No pudo decir nada. No pudo moverse.
Solo vio cómo Samantha se alejaba, aun riendo.
Y entonces, la realidad cayó sobre él como un peso insoportable.
Se sintió un idiota. Un completo estúpido por haber pensado, siquiera por un segundo, que tenía una oportunidad.
De vuelta en el salón, su mirada se perdió en la ventana. Afuera, el cielo se cubría de nubes oscuras, como si reflejara el caos dentro de él.
Leo se sentó a su lado, sin decir nada por un momento. Luego, suspiró.
—Lo siento, hermano.
Mathias esbozó una sonrisa amarga.
—Te dije que esto pasaría.
—Sí, pero también podría haber salido bien. Y si nunca lo intentabas, siempre te habrías quedado con la duda.
—Preferiría tener la duda a tener esto.
Leo apoyó el codo en la mesa y lo miró con seriedad.
—No lo veas como una derrota.
Mathias soltó una risa seca.
—¿Y cómo se supone que lo vea?
—Como una lección. No por lo que dijo, sino porque ahora sabes quién realmente es Samantha.
Mathias apretó la mandíbula. No quería escuchar esas palabras, aunque en el fondo sabía que Leo tenía razón.
Pero eso no hacía que doliera menos.
Años después, sentado en su oficina con el vaso de whisky entre sus dedos, Mathias se preguntaba si aquella herida alguna vez había sanado del todo.
Se recostó en su silla y miró el reflejo en la ventana. Su rostro ya no era el del adolescente inseguro de entonces. Su cuerpo ya no tenía la torpeza de aquellos días. Ahora era un hombre hecho y derecho, dueño de una empresa exitosa, con una reputación intachable en su industria.
Y, sin embargo, parte de él seguía atrapado en ese jardín, frente a Samantha, sintiendo cómo su mundo se rompía en pedazos. La ironía de la vida era caprichosa.
Porque hacía apenas unas semanas, había recibido una solicitud de amistad en r************* . De Samantha. Sonrió con desgano y tomó un sorbo de whisky.
Los días pasaron con rapidez, y Mathias se sumergió en su trabajo, dejando atrás los recuerdos de su pasado. Se había convertido en un hombre exitoso, un arquitecto reconocido, y ahora era socio mayoritario de una de las constructoras más importantes de la ciudad.
Todo lo que alguna vez le dijeron que nunca lograría, lo había conseguido.
Aquella mañana, estaba concentrado, revisando unos planos que el señor Smith le había enviado desde el extranjero. Se trataba de un complejo de departamentos para un cliente de alto perfil, y Mathias quería asegurarse de que cada detalle estuviera perfecto.
De repente, un suave golpe en la puerta interrumpió su concentración. Era Alicia, su eficiente asistente, que entró sosteniendo unas carpetas. Su rostro mostraba una leve expresión de nerviosismo.
—Disculpe que lo interrumpa, señor Brown, pero hay alguien afuera que desea verlo.
Mathias levantó la mirada, curioso.
—¿Quién es?
Alicia dudó por un instante antes de responder:
—Me dijo que su nombre es el señor Leopoldo D'aro.
Sin embargo, cuando el señor Leopoldo D’aro apareció en su oficina con una propuesta, el pasado regresó con la fuerza de una tormenta.