Tal vez sea hora de rendirse. Mathias sabía que Samantha no le diría nada. Su mirada vacía, su actitud sumisa, su falta de respuestas… todo indicaba que algo estaba pasando. La mujer que antes le discutía, que le enfrentaba cada vez que la despreciaba, ahora parecía un fantasma de sí misma. Algo dentro de él se removía con inquietud cada vez que la veía así, pero no entendía por qué. Esa noche, después de varias copas en su despacho, tomó su teléfono y le envió un mensaje a su suegro. —Necesito hablar contigo. Mañana en la cafetería que frecuentas. Es importante. Leopoldo no tardó en responder. —Está bien. A las diez. Al día siguiente, Mathias llegó temprano. Se sentó en una mesa apartada y pidió un café n***o. No tenía apetito, solo un peso insoportable en el pecho. Minutos después

