Valeria El almacén se sumió en un silencio sepulcral tras las palabras de Dante, el aire cargado de tensión como si el propio edificio contuviera el aliento. La luz parpadeante de una bombilla colgante proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de metal corrugado, y el tamborileo de la lluvia en el tejado era un latido constante que resonaba en mi pecho. Mateo me apretó contra él, su cuerpo un escudo cálido pero tembloroso, y el aroma de su piel —café, cuero, y un rastro de pólvora— me envolvió como un manto familiar, aunque ahora estaba teñido de un miedo que no podía ignorar. El marcapáginas de cuero seguía en mi mano, las letras doradas de Qui custodiet te, nunquam dormit brillando bajo la luz tenue, un recordatorio de su promesa, de su amor, de la guerra que nos había arrastrado h

