Valeria El hospital ya no era un refugio, sino un eco de caos, sus pasillos impregnados de pólvora y miedo incluso después de que los encapuchados fueran reducidos. La sala de espera, donde me senté con el marcapáginas de cuero en la mano, parecía más pequeña, las paredes blancas cerrándose sobre mí como si quisieran aplastar la verdad que ahora cargaba. Mateo Bianchi. No Enzo, el hombre de las sonrisas ladeadas y los cafés guatemaltecos, sino Mateo, un nombre que resonaba con rumores oscuros, un hombre cuya vida estaba tejida con sangre y sombras. El beso que compartimos bajo el sol poniente aún quemaba en mis labios, pero la sensación del metal frío de la pistola en su abrigo me había arrancado de la fantasía, dejándome en un limbo donde el amor y el miedo se entrelazaban como venas en

