Miré el reloj con parsimonia. Hacía unos diez minutos que le había ordenado a Álvaro que fuera a una de las mazmorras y me esperara allí. Y allí podía esperar durante un rato más. La paciencia era algo que había que inculcar en los sumisos desde el primer momento. Enseñarles que las cosas no se hacían cuando ellos querían, sino cuando el Dom lo decidía. Aunque sí que debía admitir que imaginarme a Álvaro a la espera, erecto e impacientándose con cada minuto que pasaba por el deseo de saber cuál sería su castigo estaba haciendo que me humedeciera como no lo había hecho con ningún otro sumiso anteriormente. Otra prueba más de que la relación que había entre nosotros no era la habitual. Me retuve a mí misma durante diez minutos más, alargando la copa todo lo que podía, pero tras beberme la

