El trayecto de vuelta a casa fue un delirio sensorial, una transición agónica y fascinante entre el éxtasis animal del gimnasio y la sobriedad asfixiante de mi vida doméstica. Al sentarme frente al volante, el cuero n***o del asiento de mi coche se sintió frío, liso y extrañamente hostil contra mis muslos desnudos, que aún temblaban por el esfuerzo de las sentadillas y la violencia de las embestidas de Marko. Era un contraste gélido con el incendio que seguía devorando mi entrepierna, una zona de guerra donde el calor no disminuía.
Cada vez que frenaba en un semáforo, giraba el volante para tomar una curva o simplemente cambiaba de marcha, sentía un borbotón cálido, espeso y viscoso deslizándose desde lo más profundo de mi útero hacia mis nalgas. Era un recordatorio físico, una marea interna que empapaba la tela ya castigada y desgarrada de mis mallas. Era el semen de Marko, el rastro tangible y pesado de su invasión salvaje, reclamando mi interior con cada latido de mi sexo. El habitáculo cerrado del coche se convirtió rápidamente en una cámara de resonancia para mis pecados. El olor se volvió inconfundible, denso y casi sólido: una mezcla embriagadora de mi propio jugo hormonal, el sudor agrio del entrenamiento intenso y ese aroma punzante a cloro, almizcle y testosterona pura que solo un hombre joven y vigoroso desprende tras el acto de poseer a una mujer.
Me miré en el retrovisor y apenas me reconocí. Mis ojos tenían un brillo febril, una chispa de depravación que nunca antes había visto. Me sentía como una puta, una perra marcada por un dueño ajeno que volvía mansamente al redil después de haber sido montada por un lobo en la oscuridad del bosque. Y lo peor de todo, lo que más me humedecía las bragas y me hacía apretar los dientes contra el volante, era que me encantaba cada segundo de esa humillación. Hacía quince años que me casé con Ricardo; quince años de caricias predecibles, besos rutinarios de buenas noches y polvos higiénicos que terminaban siempre antes de que yo pudiera siquiera empezar a jadear de verdad. Nadie me había hablado nunca con la suciedad y el desprecio con la que lo hizo Marko; nadie me había abierto las piernas con esa autoridad absoluta, ignorando mis protestas fingidas para tomar lo que era suyo por derecho de fuerza.
Conducía por las calles iluminadas, sintiendo que todo el mundo podía ver a través de los cristales lo que llevaba dentro. Me sentía radiactiva, portadora de un secreto que quemaba. Había una dualidad destructiva en mi pecho: una parte de mí, la mujer educada y perfecta que todos conocían, quería llorar por la traición, por haber roto los votos sagrados de mi matrimonio; pero la otra parte, la hembra que Marko había despertado a golpes de cadera, solo podía pensar en cuándo volvería a sentir ese desgarro placentero. Olía a sexo, a sudor y a traición, y por primera vez en mi vida, ese aroma me hacía sentir más viva que cualquier perfume caro.
Al llegar a la entrada de nuestra casa, las luces de la sala estaban encendidas. El ruido ensordecedor de la televisión transmitiendo los comentarios del post-partido y las risas estruendosas me golpearon como una bofetada de realidad al abrir la puerta principal. Ricardo y su mejor amigo, Alberto, estaban instalados en la sala, rodeados de un caos de botellas de cerveza vacías, cuencos de snacks a medio terminar y una botella de whisky que ya había bajado más de la mitad. El ambiente olía a alcohol barato y a esa camaradería masculina ruidosa que siempre me había resultado ajena y, en ese momento, profundamente irritante.
—¡Elena! ¡Cariño, por fin llegas! —gritó Ricardo al verme entrar. Su voz arrastraba las sílabas de forma pastosa, una señal inequívoca de que su celebración ya había cruzado la frontera de la sobriedad—. ¡Ganamos, nena! ¡Ganamos el campeonato local! ¡Tienes que brindar con nosotros!
Mi primer impulso fue huir. Quise subir las escaleras de dos en dos, refugiándome en las sombras del piso superior y fingiendo un cansancio agotador que me eximiera de cualquier interacción social. Me sentía peligrosamente expuesta; estaba convencida de que el aroma a sexo reciente que emanaba de mi entrepierna se podía oler desde el vestíbulo. Sentía que el semen de Marko estaba a punto de desbordarse de mis mallas y manchar la alfombra persa de la entrada. Pero Ricardo insistió, tambaleándose un poco mientras me hacía señas imperiosas con la mano para que me acercara. Tuve que caminar hacia ellos, sintiendo cómo cada paso liberaba más de la esencia de mi amante en el aire viciado de la sala.
—Hola, chicos... felicidades por el trofeo —dije, tratando de modular mi voz para que no se notara el temblor de mis rodillas. Mantenía las piernas lo más cerradas posible, una postura rígida y antinatural que solo servía para resaltar la tensión de mis muslos.
Alberto, que siempre me había mirado con un deseo mal disimulado —una lascivia que en otras circunstancias me habría ofendido, pero que ahora solo alimentaba mi fuego—, se levantó de un salto. Tenía una agilidad sorprendente para la cantidad de alcohol que había consumido. Alberto era un hombre tosco, de manos pesadas, un contraste vulgar con la elegancia atlética de Marko, pero cargado de una energía ruda. Sin pedir permiso, me rodeó la cintura con un brazo fuerte y me atrajo hacia él en un abrazo asfixiante. Me obligó a pegar mi cuerpo sudado al suyo, y por un segundo, mi vientre —que todavía contenía la semilla caliente de Marko— chocó contra su pelvis.
—Estás radiante, Elena. Ese gimnasio te está sentando de miedo, te ves más... compacta, más apetitosa —susurró muy cerca de mi oreja. Su aliento fétido a whisky y tabaco me hizo encoger los hombros, antes de darme un beso húmedo y sonoro en la mejilla que me hizo estremecer de una mezcla de asco cerval y un miedo eléctrico.
Su cercanía me aterraba. Estaba tan cerca que sus fosas nasales estaban a centímetros de mi cuello. ¿Podría oler la fragancia de otro hombre en mi piel? ¿Podría sentir a través de la tela fina de mis mallas la humedad caliente que seguía bajando por mis muslos? Mi corazón martilleaba contra mis costillas con tal violencia que temí que Alberto pudiera sentir los latidos a través de mi pecho.
—Siéntate un momento, preciosa. Ricardo, sírvele un trago largo a tu mujer, que se lo ha ganado entrenando tanto —insistió Alberto. Su mano no se retiró de mi cintura; al contrario, bajó unos centímetros más de lo socialmente aceptable, rozando la curva prohibida de mi cadera con una confianza insultante.
Ricardo, en su estupidez alcohólica, solo sonrió y me extendió un vaso de cristal tallado lleno de whisky y poco hielo. Me obligaron a dar un trago largo. El líquido me quemó la garganta, pero ayudó a asentar un poco mis nervios destrozados. Me quedé allí de pie, rodeada por los dos hombres: mi marido, que no veía más allá de su borrachera, y el amigo de mi marido, que me devoraba con los ojos buscando una grieta en mi fachada.
Sentía la gota pesada de la leche de Marko terminando de recorrer la parte interna de mi rodilla. Me sentía sucia, profanada y terriblemente poderosa. Estaba engañando a todo el mundo. Era la esposa perfecta aceptando un trago de celebración, mientras por dentro era una caverna llena de los fluidos de un extraño.
—De verdad, chicos, me encantaría quedarme a celebrar más, pero estoy empapada de sudor y me siento pegajosa, es insoportable —mentí a medias, usando el sudor del sexo como excusa para el sudor del ejercicio—. Si no me meto en la ducha ahora mismo, voy a dejar un rastro por toda la casa. Bajo en diez minutos, lo prometo.
Alberto me soltó lentamente, dejando que sus dedos se arrastraran por mi costado en una despedida táctil que fue un desafío directo. Ricardo solo asintió, volviendo su atención a la repetición del partido en la pantalla.
Subí las escaleras con una urgencia que rayaba en el pánico, huyendo de la luz y de sus miradas inquisidoras. Cada escalón era un esfuerzo para que mis piernas de gelatina no cedieran. Al llegar al descanso del segundo piso, no miré atrás. Necesitaba el agua. Necesitaba estar sola para procesar que mi vida acababa de dar un vuelco irreversible. Al entrar al baño y cerrar la puerta con doble llave, me apoyé contra la madera fría y solté un suspiro tembloroso que fue casi un sollozo de liberación. El capítulo de mi inocencia se había cerrado, y ahora, sola en la penumbra del baño, estaba lista para enfrentarme a la imagen de la mujer en la que me había convertido.