Al cerrar la puerta del baño con el pestillo, el sonido del metal encajando fue como el cierre de una celda de seguridad donde, por fin, podía dejar caer la máscara de esposa perfecta. Me apoyé contra la fría, con el pecho subiendo y bajando en espasmos erráticos, y dejé que el silencio de la estancia me envolviera. Pero el silencio era una mentira; en mi mente seguía retumbando el eco de los insultos de Marko y el sonido húmedo de sus embestidas.
Me desnudé con dedos torpes y febriles, como si mi propia ropa me quemara la piel. Las mallas negras estaban tan pegadas por el sudor y el semen seco que tuve que luchar para bajarlas, revelando la piel de mis muslos, roja y marcada por la presión. Al soltar la prenda, el aroma a sexo crudo estalló en mis fosas nasales con una violencia renovada. Allí, en la blancura inmaculada de mi baño, aquel olor era un grito de guerra, una prueba irrefutable de mi pecado.
Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua se calentara. El vapor empezó a empañar los espejos, borrando mi imagen, algo que agradecí porque no estaba segura de poder sostenerle la mirada a la mujer que me devolvía el reflejo. Entré en la cabina de cristal y dejé que el chorro caliente golpeara directamente mi nuca. El agua resbalaba por mi espalda, por mis nalgas que aún ardían por las nalgadas de Marko, y se perdía entre mis piernas.
Al instante, el vapor intensificó de manera insoportable el aroma que emanaba de mi entrepierna. Al contacto con el agua caliente, el semen acumulado en mi interior se diluyó y empezó a brotar de nuevo, deslizándose en hilos blanquecinos y viscosos por la parte interna de mis muslos. Gemí en voz alta, un sonido gutural que se perdió entre el fragor del agua. No era un gemido de arrepentimiento, sino de una necesidad que no había quedado satisfecha a pesar de la brutalidad del gimnasio.
Cerré los ojos y, de inmediato, la imagen de Marko arrodillado entre mis piernas volvió a mi mente con una claridad aterradora. Sentí de nuevo su lengua áspera y caliente, su boca succionando mi clítoris con esa desesperación que me había hecho perder el sentido de la realidad. Mis manos, de forma instintiva, bajaron hacia mi sexo. Mis dedos, todavía oliendo al hierro de las pesas, buscaron la hendidura húmeda y palpitante. Al abrir mis labios vaginales bajo el chorro de agua, sentí el ardor placentero de la inflamación. Estaba hinchada, sensible, castigada por una v***a que no era la de mi marido, y esa sensación de "uso" me provocó un escalofrío eléctrico.
Empecé a acariciarme con una furia contenida. El roce de mis propios dedos no era suficiente; necesitaba la violencia de Marko, su fuerza bruta. Pero entonces, mientras intentaba alcanzar ese clímax que se me escapaba, una imagen intrusa y perturbadora se filtró en mi mente: Alberto.
Recordé la forma en que me había mirado en la sala hace apenas unos minutos. No era la mirada de un amigo, ni siquiera la de un hombre admirando a una mujer hermosa. Era una mirada cargada de una lascivia espesa, una mirada que me recorría como si estuviera desnudándome con los ojos, buscando las imperfecciones y los secretos de mi carne. Siempre lo había odiado por eso. Durante años, sus comentarios de doble sentido y la forma en que sus ojos se detenían en mi escote o en mis caderas me habían provocado un asco profundo, una necesidad de ducharme para quitarme su suciedad de encima.
Sin embargo, esta noche, bajo el agua hirviente y con el semen de otro hombre todavía en mi interior, esa mirada de Alberto se sentía diferente. Ya no me provocaba asco. Me provocaba un vértigo oscuro. Me pregunté, con una punzada de pánico moral, ¿por qué me estaba pasando esto? ¿Por qué el deseo más vulgar y prohibido se estaba volviendo mi combustible?
Visualicé la mano de Alberto en mi cintura, recordé el calor de su cuerpo al abrazarme y cómo su pelvis había chocado contra la mía. Imaginé que, en lugar de estar borracho con Ricardo, él sabía exactamente lo que yo había estado haciendo. Imaginé a Alberto oliendo mi traición, dándose cuenta de que yo no era la santa que su amigo creía tener. En mi mente, Alberto no me juzgaba; él quería participar en la carnicería de mi dignidad.
—¿Qué me está pasando? —susurré, mientras mis dedos se movían con más rapidez, hundiéndose en mi interior, tratando de imitar la profundidad de Marko mientras mi mente se llenaba con la mirada de Alberto.
Me dejé llevar. Decidí no luchar más contra la marea. Acepté que el deseo desbordante de esos hombres —el de Marko por poseerme y el de Alberto por desearme de forma tan prohibida— era lo único que me hacía sentir real en medio de mi vida de cartón piedra. El contraste era demasiado potente: abajo estaba mi marido, el hombre que debería conocerme y desearme, perdiendo el sentido en el alcohol; y aquí arriba estaba yo, convertida en un nido de fluidos y fantasías oscuras con hombres que solo querían usarme.
La masturbación se volvió salvaje. Imaginé que las manos de Alberto reemplazaban las mías, manos toscas y expertas en el vicio, apretando mis senos mientras Marko seguía embistiéndome por detrás. La idea de ser el centro de ese deseo sucio y compartido me llevó al borde del abismo. Mi respiración se volvió un sollozo constante tras la cortina de agua. Me sentía poderosa en mi degradación. Era la dueña de un secreto que destruiría mi mundo, y esa capacidad destructiva me excitaba más que cualquier caricia tierna.
—Sí... mírame, Alberto... mírame como la perra que soy —gemí, perdiendo por completo el control.
El orgasmo me golpeó con la fuerza de una ola rompiente. Mis piernas flaquearon y tuve que apoyarme contra los azulejos húmedos para no caer. Mi cuerpo se tensó en un espasmo prolongado, una convulsión que pareció vaciarme el alma mientras mi sexo apretaba mis dedos con una fuerza rítmica. Un chorro de fluido se mezcló con el agua de la ducha, marcando el final de mi resistencia.
Me quedé allí, jadeando, mientras el agua empezaba a enfriarse. El fuego interno se había calmado, pero las cenizas que quedaban eran de un color n***o intenso. Me sentía vacía, pero con una claridad aterradora. Ya no había vuelta atrás. La Elena que entró en ese baño no era la misma que iba a salir.
Cerré el grifo y el silencio regresó, solo interrumpido por el goteo constante. Me sequé con una toalla áspera, frotando mi piel hasta que el enrojecimiento del ejercicio y el sexo se intensificó. Me puse el short deportivo gris, tan corto que la curva de mis nalgas quedaba expuesta al caminar, y el top blanco de tirantes. Al no usar sujetador, mis pezones, todavía sensibles y erectos por el orgasmo reciente, se marcaban con una insolencia que me hizo sonreír frente al espejo empañado.
Limpié un círculo en el cristal con la mano y me miré. Mi rostro estaba encendido, mis labios hinchados y mis ojos tenían una profundidad peligrosa. Estaba lista. Bajé las escaleras con paso firme, sintiendo el peso de mi feminidad como un arma cargada, lista para volver a esa sala donde me esperaban el marido que no me veía y el amigo que me deseaba demasiado.