Bajé las escaleras con una lentitud deliberada, cada paso calculado para no perder el equilibrio sobre mis propias piernas, que todavía se sentían como si fueran de gelatina. El roce del algodón suave de mis shorts brasileños contra mi sexo era una tortura deliciosa; la zona seguía palpitando con un eco sordo, punzante y eléctrico, un recordatorio físico de que el semen de Marko aún buscaba una salida entre mis labios hinchados, reclamando su espacio. Me preguntaba, con una punzada de autodesprecio y una excitación que me quemaba la garganta, por qué demonios había elegido precisamente ese conjunto tras salir de la ducha. Los shorts eran mínimos, de un gris jaspeado que se hundía con descaro entre mis nalgas con cada movimiento, y el top bra apenas lograba contener el peso de mis senos, que se sentían más grandes, cargados y sensibles que nunca tras el castigo del entrenamiento y la descarga del sexo salvaje.
Al llegar al último tramo, la escena que encontré en la sala me revolvió el estómago por su cruda realidad. Ricardo estaba hundido en el sofá, con la cabeza echada hacia atrás de forma grotesca y la boca entreabierta, dejando escapar un ronquido rítmico y pesado que denotaba una inconsciencia absoluta. El alcohol lo había noqueado, borrando cualquier rastro del hombre que alguna vez me había hecho sentir protegida o deseada. Verlo así, con la camisa manchada y el rostro flácido por la embriaguez, me hizo sentir una distancia abismal; él estaba en un mundo de sombras etílicas mientras yo cargaba con el fuego vivo de la traición en mis entrañas.
Pero Alberto... Alberto era otra historia. Él no compartía la debilidad de mi marido. Estaba sentado justo frente a la escalera, en un ángulo que le permitía una visión sin obstáculos de mi descenso, como un espectador en primera fila de mi degradación. No parecía borracho en absoluto; al contrario, sus ojos estaban inyectados de una energía oscura, vigilante y lúcida que parecía absorber toda la luz de la habitación. Era una mirada pesada, física, que se sentía como un rastro de aceite sobre mi piel limpia.
Su escrutinio empezó por mis pies descalzos y subió lentamente, deteniéndose con una fijeza insultante en mis tobillos, luego en el relieve de mis espinillas, hasta llegar a mis rodillas. Se demoró una eternidad en mis muslos, que bajo la luz ámbar y mortecina de la sala se veían blancos, sólidos y todavía cubiertos por una fina película de sudor frío que el agua de la ducha no había logrado aplacar del todo. Cuando sus ojos alcanzaron la curva de mis caderas y el borde mínimo de mis shorts, sentí que me desnudaba físicamente, arrancándome la ropa con la pura fuerza de su voluntad. Mi rostro se encendió, volviéndose de un rojo carmín que no podía ocultar, una señal evidente de mi incomodidad y de la traición de mis propios sentidos, que respondían a su lascivia con una humedad renovada.
—Dios mío, Elena… estás sencillamente espectacular —soltó Alberto con una voz que era un gruñido bajo, una vibración profunda que se sintió como una mano sucia y experta recorriendo mi columna vertebral hasta la base del cráneo.
Ricardo entreabrió los ojos un instante, forzado por el sonido de la voz de su amigo. Me miró con una sonrisa estúpida, vacía de cualquier intuición masculina, sin notar la electricidad estática que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. En su estupidez, no vio el hambre depredadora en los ojos de Alberto, ni el hecho de que su esposa estaba frente a él vestida con una provocación que rayaba en lo pornográfico. Para él, yo seguía siendo la Elena de siempre, un objeto seguro y previsible, mientras que para Alberto, yo era carne fresca y expuesta.
—Cariño... qué bien te ves —balbuceó Ricardo, tratando de enfocar la vista sin mucho éxito—. El gimnasio... te está sentando de muerte. Elena es una campeona, ¿verdad, Alberto? Se lo toma muy en serio.
—Una campeona no es la palabra adecuada, Ricardo. Yo diría que es un milagro de la naturaleza, una fuerza que ha despertado —respondió Alberto sin apartar los ojos de mis pezones, que se marcaban con una insolencia absoluta bajo la tela fina del top bra, delatando mi estado de excitación—. Estás radiante, Elena. Tienes una firmeza... una vitalidad que parece que fueras a estallar en cualquier momento. Nunca te había visto tan... compacta, tan llena de vida.
Me sentí morir de vergüenza y de un deseo prohibido que me apretaba el útero con la fuerza de una mano de hierro. Me serví una copa de vino con manos temblorosas, el cristal tintineando contra la botella, intentando ignorar cómo Alberto seguía cada uno de mis movimientos: la forma en que mis senos se balanceaban al inclinarme, el estiramiento de la piel de mi abdomen y el movimiento de mis nalgas al sentarme en el sillón individual. Me senté tratando de mantener una compostura decorosa, cruzando las piernas, pero los shorts eran tan cortos que sentía que la piel de mis muslos rozaba casi directamente mi intimidad, que volvía a llorar jugos calientes.
—Alberto me estaba contando... —dijo Ricardo, haciendo un esfuerzo supremo por no caerse de lado y mantener la dignidad— que hoy ganamos. Que la vida es bella cuando se triunfa. Pero yo... yo creo que ya no puedo más, nena. El whisky me ha ganado el partido a mí esta noche. Me ha metido un gol por toda la escuadra.
Se levantó a trompicones, apoyándose con fuerza en la mesa de centro y haciendo que las botellas vacías tintinearan como campanas fúnebres para mi moral. Me miró con esos ojos vidriosos, carentes de cualquier chispa de deseo real, y me dio un beso vago y húmedo en la frente que me supo a una despedida de la decencia.
—Te dejo en buenas manos, Alberto… Elena te cuidará como mereces. No dejes que se beba todo el bar ella sola, que se pone peligrosa —soltó una carcajada ronca y desagradable antes de dirigirse a las escaleras—. Me voy a dormir antes de que el suelo decida convertirse en techo. Siéntete como en tu casa, amigo. Quédate el tiempo que quieras, la casa es tuya.
El sonido de sus pasos pesados y erráticos subiendo los escalones fue como el segundero de una bomba de tiempo en una habitación cerrada. Con cada peldaño que Ricardo subía, alejándose de la realidad y acercándose a su estúpido sueño alcohólico, el aire en la sala se volvía más denso, más cargado de partículas de deseo y peligro, volviéndose casi imposible de respirar. Finalmente, escuchamos el eco de la puerta de nuestra habitación cerrándose con un golpe seco, y el silencio se desplomó sobre nosotros como una losa de granito, asfixiante y definitivo.
Me quedé a solas con Alberto, y la atmósfera cambió instantáneamente, perdiendo cualquier barniz de civilidad. La fachada de cordialidad se desmoronó por completo y solo quedó una tensión s****l tan cruda, tan animal, que casi se podía tocar en el aire vibrante. Alberto se levantó de su asiento con una lentitud calculada, moviéndose con la confianza de un depredador que sabe que su presa está acorralada y que no tiene ningún lugar adonde huir. Se acercó al mueble bar y me sirvió más whisky sin preguntarme, sus movimientos eran precisos y dominantes. Se situó justo frente a mí, tan cerca que pude oler el rastro de su aliento a alcohol, tabaco y algo más... un aroma a macho expectante que me hizo apretar los muslos.
—¿Y bien, Elena? —susurró con una voz que parecía venir de lo más profundo de su pecho, quedándose de pie frente a mí y bloqueando la poca luz que quedaba en la sala—. Ahora que estamos solos y que tu querido marido ha decidido abandonarte a tu suerte... ¿por qué no me cuentas qué es lo que realmente te ha puesto tan roja, tan tensa y tan firme hoy? Porque ese brillo que tienes en los ojos, ese fuego que te sale por los poros, no es de hacer sentadillas en una máquina.
Me quedé paralizada bajo su sombra. El miedo me recorrió la espalda como un rayo gélido, una advertencia de mi instinto de supervivencia, pero bajo ese miedo, mi coño volvió a traicionarme con una crueldad inaudita, soltando un espasmo de humedad abrasadora que sentí deslizarse por mi piel. La excitación en los ojos de Alberto era salvaje, casi maníaca, y por primera vez en toda la noche, supe con una certeza aterradora que él veía la verdad absoluta. Veía a través de mi ropa, a través de mi ducha, a través de mis mentiras. Veía a la mujer que acababa de ser poseída, marcada y llenada en un gimnasio sucio por otro hombre, y lo que era infinitamente más perturbador: parecía que el rastro de ese otro hombre en mi cuerpo era exactamente lo que más lo encendía. Me sentí como un animal acorralado, pero un animal que, en el fondo de su ser, deseaba que el cazador terminara su trabajo.