El silencio que siguió a la pesada partida de Ricardo no trajo consigo la paz, sino una violencia latente que parecía vibrar en las paredes de la sala. Alberto no se movió de inmediato hacia su asiento tras despedirse de mi marido con esa falsa camaradería; en su lugar, se dirigió al mueble bar con una parsimonia que me erizó la piel, moviéndose con la calma de quien se sabe dueño absoluto de la situación. Llevaba unos pantalones de vestir de una tela gris perla, elegante y peligrosamente delgada, de esa calidad que se ajusta a cada músculo de los muslos con cada paso que daba. Se sirvió el whisky lentamente, el tintineo del cristal contra la botella de cristal tallado resonando como una campana fúnebre para mi reputación, y al girarse, se situó a propósito a escasos centímetros de mi, invadiendo mi espacio personal de una forma tan agresiva que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.
Desde mi posición hundida en el sillón individual, mi línea de visión quedaba exactamente a la altura de su cintura. La tela delgada y costosa de su pantalón no ocultaba absolutamente nada; su m*****o estaba durísimo, marcándose con una nitidez obscena y desafiante contra el tejido gris. Podía ver la silueta completa de su erección, una columna rígida y palpitante que parecía luchar por liberarse del encierro formal del traje. Me sentía profundamente incómoda, humillada por la proximidad física de ese bulto ajeno que casi rozaba mi cara, pero había algo hipnótico, prohibido y terriblemente oscuro que me impedía apartar la mirada de su entrepierna. Mi propio cuerpo, traidor y hambriento, respondía a esa exhibición de poder con espasmos de humedad que me hacían sentir más sucia que nunca.
—¿Te gusta lo que ves, Elena? ¿O prefieres el estilo de tu entrenador? —su voz era un susurro cargado de veneno, desprecio y un deseo que bordeaba lo maníaco—. Porque yo he estado viendo mucho más de lo que crees desde que pusiste un pie en esta casa esta noche. He estado analizando cada uno de tus gestos, cada una de tus reacciones.
Sentí que el aire se congelaba en mis pulmones, transformándose en cristales de hielo que me impedían respirar. Alberto se inclinó hacia adelante, apoyando una mano pesada en el respaldo de mi sillón, cercándome por completo, convirtiéndose en mi único horizonte.
—Ricardo es mi hermano, mi mejor amigo de toda la vida... y es un soberano idiota por tenerte a su lado y no saber quién eres realmente —continuó, su aliento caliente a whisky y tabaco golpeándome la mejilla—. Está tan cegado por su idea de la "esposa perfecta", la mujer inmaculada que le sirve la cena, que no es capaz de oler lo que yo olí en cuanto cruzaste el umbral del vestíbulo. No me vengas con cuentos del gimnasio o del esfuerzo físico, Elena. Yo sé perfectamente a qué vas a ese lugar. He sentido ese olor rancio, ese aroma inconfundible a semen fresco y sexo crudo saliendo de tu entrepierna desde que pasaste a mi lado. Estás chorreando los jugos de otro hombre aquí mismo, en la sala de tu marido, sobre su alfombra cara. Eres una cínica deliciosa.
—Alberto, por Dios... cállate, por favor —logré articular con una voz débil, un hilo de sonido quebrado que delataba mi terror absoluto pero también una excitación que me hacía temblar las manos—. Estás diciendo locuras... estás borracho y no sabes lo que dices... vete de mi casa ahora mismo.
—¿Locuras? —se rió, una carcajada seca y carente de humor que me heló la sangre en las venas—. Lo que es una verdadera locura es que seas una puta tan profesional como para engañarlo así. Pero no te equivoques, Elena, tu secreto está a salvo conmigo... por ahora. De hecho, saber que eres una zorra infiel, saber que tienes ese fuego podrido por dentro, solo ha servido para abrir de par en par la puerta de este deseo que llevo años reprimiendo por respeto a ese infeliz que ronca arriba. Si te dejas montar por un instructor de gimnasio cualquiera, por un tipo que apenas conoces, ¿por qué no ibas a hacerlo por el mejor amigo de tu esposo? Yo te conozco mejor que él, yo sé apreciar la clase de hembra que eres bajo esa piel blanca.
Se plantó justo frente a mi rostro, con su m*****o erecto bajo el pantalón casi rozándome la nariz, obligándome a inhalar el calor que emanaba de su bragueta. La proximidad era tan abrumadora, tan invasiva, que podía sentir el pulso de su sangre a través de la tela delgada.
—Alberto, detente... piensa en lo que haces —supliqué, aunque mis manos no se movían para apartarlo, clavadas en los brazos del sillón—. Ricardo está ahí arriba, a solo unos pasos... y tu esposa... ella es mi amiga, me confía sus cosas, te está esperando en casa. No puedes hacernos esto a todos... es una locura.
—A mi esposa no le importa lo que yo haga fuera, y a Ricardo mucho menos, porque nunca tendrá la capacidad de imaginar que su mujercita ideal es capaz de esto —siseó él, ignorando mis débiles e hipócritas protestas con un gesto de desdén—. No puedo esperar ni un segundo más, Elena... Esta noche vas a ser mía de una vez.
Presa del pánico real, del miedo a las consecuencias y a la intensidad de lo que estaba sintiendo, intenté moverme lateralmente hacia un lado del sillón para escapar de su sombra opresiva, pero sus reflejos fueron más rápidos y animales que los míos. Antes de que pudiera siquiera apoyar un pie firmemente en el suelo para ponerme de pie, su mano se lanzó hacia adelante con la velocidad de una cobra y me agarró del cabello con una fuerza brutal, tirando de mi cabeza hacia atrás con un tirón que me arrancó un gemido que fue mitad dolor agonizante y mitad placer prohibido.
—No vas a ir a ninguna parte, perra —me advirtió con un siseo, sus ojos inyectados en sangre y lujuria fijos en los míos, que ya empezaban a lagrimear—. Vas a quedarte aquí y vas a hacer exactamente lo que mejor sabes hacer, lo que has estado practicando en ese gimnasio. Vas a demostrarme paso a paso lo puta que puedes llegar a ser cuando no tienes a tu marido delante para juzgarte.
Con la otra mano, manteniendo la presión constante sobre mi cuero cabelludo, Alberto se desabrochó el cinturón de cuero con una torpeza febril y bajó la cremallera de su pantalón de vestir con un sonido metálico que desgarró el silencio denso de la sala. Con un movimiento brusco y triunfal, se sacó la v***a del calzoncillo; saltó hacia afuera con una violencia elástica, roja, venosa y palpitante por la presión de la sangre, quedando a apenas unos centímetros de mi boca entreabierta y trémula. El aroma a hombre excitado, a sudor y a deseo acumulado, sumado a la visión de su virilidad desnuda y tosca en medio de la sala donde celebrábamos nuestras cenas familiares, me hizo perder el sentido de la realidad. Estaba atrapada entre el terror ciego de ser descubierta y el hambre insaciable de mi propio cuerpo traidor, que pedía a gritos ser humillado por el hombre que me miraba con un asco cargado de deseo.