El aire acondicionado del hotel en Guadalajara zumbaba con una monotonía metálica que solo lograba acentuar el silencio en la habitación 402. Para Verónica, ese sonido era el preludio de la batalla. No la batalla en el trampolín, para la cual se había preparado durante meses, sino la batalla silenciosa que libraba cada noche de concentración frente a la mirada de acero de su padre. Gustavo no era solo su padre —o el hombre que había ocupado ese lugar desde que ella tenía seis años—; era su arquitecto. Él había diseñado sus rutinas, sus horas de sueño, su dieta y, sobre todo, su mentalidad. Mientras deshacía su maleta con una precisión quirúrgica, Verónica sentía el peso de esa mirada sobre su nuca. Gustavo no necesitaba hablar para juzgar. —Mañana a las seis, Verito. El desayuno debe ser

