Verónica no terminaba de aterrizar. El eco de los orgasmos anteriores todavía vibraba en sus terminaciones nerviosas como una interferencia estática, pero su cuerpo estaba entrando en una fase de shock sensorial. Estaba empapada en un sudor frío que hacía que las sábanas de seda se pegaran a su espalda como una segunda piel mortuoria. Sus extremidades pesaban una tonelada, y un mareo persistente, una náusea mezclada con vértigo, le hacía sentir que la habitación giraba lentamente sobre su eje. El aire en el cuarto se había vuelto denso, cargado de un olor a sexo primario y a la humillación que flotaba como el humo de un incendio reciente. Pablo, sin embargo, estaba en el polo opuesto. La visión de la mujer que siempre había caminado con la barbilla en alto, ahora reducida a un guiñapo tem

