Verónica estaba tendida sobre las sábanas de seda, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos por una lascivia que nunca se había permitido mostrar ni en la privacidad de su matrimonio ni mucho menos en las instalaciones del club. Sus piernas, fuertes y torneadas por años de disciplina atlética y kilómetros de natación, se abrieron de par en par en una invitación que no admitía réplicas, revelando una vulnerabilidad que contrastaba con su porte habitual de acero. Con un movimiento lento, casi coreografiado y profundamente provocador, metió dos dedos bajo el encaje de su tanga, desplazando la tela hacia un lado para dejar su intimidad completamente expuesta ante la mirada fija y devoradora de Pablo. — Mira bien, Pablito —jadeó ella, mientras comenzaba a frotar su clítoris con un

