El silencio de la habitación principal era casi absoluto, roto únicamente por el zumbido lejano del aire acondicionado y el latido desbocado que retumbaba en las sienes de Pablo. Verónica se detuvo frente a él, su figura recortada contra la luz tenue de las lámparas de noche. No había rastro de la entrenadora autoritaria que gritaba tiempos en la piscina; ahora solo quedaba una mujer consumida por una curiosidad carnal que bordeaba la obsesión. Con una lentitud exasperante, como quien desenvuelve un regalo prohibido, puso a Pablo de pie. El muchacho, cuya altura y envergadura atlética lo hacían ver como un coloso de mármol, se sentía extrañamente vulnerable ante la mirada depredadora de su coach. Verónica extendió sus manos, cuyas uñas perfectamente esmaltadas brillaron bajo la luz cálida

