El sol del domingo entraba con una pereza dorada por la ventana del apartamento de Marko. Era una mañana inusualmente silenciosa, el tipo de calma que solo llega cuando se tiene el bolsillo lleno y la conciencia tranquila, o al menos lo suficientemente anestesiada. Marko se estiró sobre las sábanas, sintiendo la elasticidad de sus músculos. La noche anterior con Amanda seguía fresca en su memoria, no por el placer —que lo hubo— sino por la cifra que ahora brillaba en su cuenta bancaria. Haber ganado en una sola noche lo que normalmente le costaba un mes de sudor en el gimnasio le daba una sensación de invulnerabilidad. Sin embargo, Marko no era de los que se dormían en los laureles. Sabía que su "negocio" dependía de la diversificación. Mientras tomaba un café cargado, su teléfono vibró s

