El Uber se detuvo frente a la imponente fachada de la casa justo cuando el sol comenzaba a declinar. Pablo bajó con la mochila colgada de un solo hombro, moviéndose con la agilidad de alguien que no quiere ser detectado. A través del portón, divisó el Mercedes de su padre, Ricardo, estacionado en su lugar habitual. Un suspiro de fastidio escapó de sus labios; no tenía ganas de dar explicaciones, ni de fingir interés en las conversaciones de negocios o en el tono condescendiente que su padre solía usar con él. Su escape de la casa de su madre había sido una decisión de último minuto. Al siguiente día, la tarde del sábado, su madre y su padrastro tenían planeada una de esas tediosas reuniones de "gente importante": vino caro, risas fingidas y anécdotas sobre inversiones que Pablo despreciab

