Pablo se encontraba sentado en el borde de la cama, mirando hacia la ventana mientras el sol de la tarde empezaba a teñir el cielo de un naranja vibrante. Tenía la respiración todavía un poco acelerada y una sonrisa que no lograba borrar de su rostro. No podía creer lo que había pasado esa mañana, y mucho menos lo que había ocurrido la noche anterior. Si alguien le hubiera dicho hace apenas tres días que su fin de semana se resumiría en una videollamada erótica con la madre de su novia y una "recompensa" física de su madrastra en la cocina, lo habría tachado de loco. Pero ahí estaba él, asimilando la realidad: este estaba siendo, sin lugar a dudas, el mejor fin de semana de su vida. Se sentía invencible, como si el mundo entero se hubiera alineado para rendirle pleitesía. Sin embargo, la

