Capítulo 6

1317 Words
Ese día, al volver a casa, el padre de Valentina no notó nada inusual en ella. Más, su hermana Jimena si lo hizo, pero no mencionó nada a la hora de la cena. Esperó que su padre se fuera a dormir para llevarla a la azotea e interrogarla sobre lo acontecido. Contándole los hechos a Valentina se le escapó el apellido Lisboa ¡Que jodida metida de pata de su parte! Jimena enmudeció unos segundos y luego abriendo los ojos como si hubiese visto a un demonio la toma por los hombros, estrujándola fuerte con sus manos. —¿Dijiste Lisboa? ¿Acaso estudias con su hijo? —interroga alterada Jimena. — ¡Cálmate! Deja la paranoia, hay miles de apellidos iguales en el mundo y no por eso tienen que ser familia — intenta zafarse. —¡Lo sé! Pero solo hay un Martín Lisboa Wilson. ¿Hablaste con su hijo? ¡Dime! —la sacude por los hombros. —¡Basta! Me haces daño ¿Qué te sucede? —intenta zafarse de sus garras. Estaba tan histérica que sus uñas parecían sembrarse en su piel. —¡Dime que no hablaste con él!, ¡dímelo! —Insiste fuera de sí. —¡Basta! ¡Estás loca! —se aparta al fin, adolorida. —¡Me tienen harta con su paranoia de los Lisboa! ¡¿Y si así fuera que vas a hacer?! ¿Le dirás a papá para que se vuelva loco y me obligue a dejar la universidad? —Quizás lo haga. —Dice Jimena con los ojos llenos de lágrimas. —¡Entonces, ve y díselo! Y te juro que jamás te lo perdonaré. —la amenaza. Jimena deja correr sus lágrimas, como si un puñal le hubiese atravesado el corazón. —Tú no entiendes —solloza. —¡Claro que entiendo! Ustedes están obsesionados con ese señor, y quieren culpar a sus hijos por sus errores, no hay nada más triste que obligarme a llenarme de amargura contra alguien que no conozco. ¿Por qué debería odiarlo? — Interroga Valentina cansada de tantas restricciones en su vida. —¿Por qué ese hombre mato a mi madre? Un balde de agua helada cayó sobre Valentina, se paralizó ante esa confesión horrenda. —P-pero… dijiste que… mamá murió cuando nací —Dice Valentina temblando. —Por culpa de Martín Lisboa, nuestras vidas se destruyeron, creciste sin una madre, papá fue infeliz y yo... —Se quiebra Jimena. —¿Y crees que es justo meter a todos en el mismo saco? —Insiste Valentina en defender su amor. —Todos son iguales. —Responde su hermana. —Yo no seguiré la cadena de odio. —Te prohíbo que te relaciones con él o su familia. —Dice Jimena tomándola por el brazo. —Quiero ver que me lo impidas. —La desafía. Sabe cuánto la quiere su hermana y nunca le ha dicho que no a nada. Pero quizás esta vez era diferente. —Si es necesario, yo misma te sacaré arrastras de esa universidad para encerarte en tu habitación hasta el día que mueras. —Te escuchas igual a papá, me entristece saber que tienen el corazón podrido de tanto odio. —aparta su mano y se gira para irse. —¡Te lo prohíbo! —grita Jimena—No dejaré que te lastimen. —Ya ustedes me han lastimado lo suficiente. Si he llegado hasta aquí. Es porque tengo la ilusión de llegar a mi mayoría de edad y tener el derecho de exigir el respeto de mis decisiones. — Expresa con firmeza y un poco de frialdad. Era la primera vez que veía a su herma romper en llanto de esa manera y su corazón no se conmovió. La dejó llorando en la azotea fría, sola y oscura y bajo las escaleras para entrar a su habitación y meterse bajo las sábanas con una sensación extraña, no era tristeza, u odio, quizás solo sentía rabia por descubrir que la persona que le había brindado tanto amor, tuviese tanto odio acumulado. Pero ¿Sería posible que todos los Lisboa fuesen malos? Dylan no se admiraba malvado; era dulce, bueno, atento, la defendió ante el director y hasta grito a los cuatro vientos que detestaba a Abigaíl. ¿Acaso eso no era real? ¡No! Su corazón no se equivocaba y le gritaba que Dylan Lisboa, era bueno y sentía algo por ella. Unas horas antes, en la mansión Lisboa Dylan y su padre tenía una de esas cenas incómodas donde su madrastra, Leonela; era la protagonista. Como todos los días se muestra muy dulce con su esposo y muy amable en exageración con su hijastro. Para Martín esto es normal, pues sabe que ella desde mucho se ha desvelado para ganarse el afecto de Dylan, que cada día se muestra más distante y cortante con sus atenciones. Para él su hijo no ha hecho el más mínimo esfuerzo para cambiar esa amargura acumulada por la ausencia de su madre biológica. Se ha mantenido cerrado en su mundo de dolor sin darle una oportunidad a Leonela, una mujer dulce y comprensiva que llegó a su vida para llenar de luz su oscuridad. — ¿Cómo van las cosas con Abigaíl? —Pregunta Leonela tratando de encontrar un tema de conversación. —Igual —responde él de mala gana. —El sábado iremos todos a una cenar a su casa — expresa ella muy ilusionada. —¿Por qué no dejas de meterte en mi vida? —Dylan, deja el cubierto sobre la mesa, para mirarla con odio. —¡Dylan! Que falta de respeto es esa, para con tu madre. —grita su padre. —Ella no es mi madre, cuantas veces tengo que repetirlo —Se enfada Dylan. —¡Tranquilo, mi vida! —expresa con calma Leonela, mirando a Martín con dulzura mientras acaricia su mano. —Los jóvenes de ahora, están a la defensiva, quizás tuvo un mal día. —¡De hecho! Si lo tuve. —se pone de pie. — ¿Quieren saber lo que sucedió? Pues, aunque no les interese, rompí oficialmente con Abigaíl frente a todos en la universidad, ¡Ya no la soporto! Y a ustedes tampoco. —¿Hiciste qué? —grita Martín. —No te preocupes de que esta marioneta seguirá dispuesta a seguir con el circo del noviazgo. Hasta que se te dé la gana de darme libertad para amar. —responde fastidiado. —¡No es circo! —grita Martín. —¡Y vuelve a sentarte que no hemos terminado de cenar! —Perdone, señor. Pero yo ya he terminado y me olvidaba decirle que la boda es solo por sus intereses —Aclara Dylan. —¡Ya basta! Te prohíbo que… —Grita su padre. —¿Acaso alguna vez me preguntaste si quiero casarme con ella? —Interrumpe levantando la voz Dylan. —¿Por qué tengo que hacerlo? Si mamá viviera, no dejaría que esto pasara. —Tu madre no está aquí. —Expresa Martín—. Y este matrimonio no únicamente es un convenio familiar, son negocios y ¡Sí! Quizá creas que eso es conveniente para mí, pero no es nada más mi fortuna, es tu patrimonio. —Pues prefiero ser pobre y sentirme libre. Aunque parece que eso no te importa. —Expresa Dylan sin apartar la mirada de su padre. Las cosas están saliéndose de control y Leonela, como la buena esposa que le hace pensar ser, intenta frenar ese cruce de palabras. —Dejemos esta discusión ahora, mi cielo ¡Por favor! Somos una familia feliz, no enemigos. —Dice la con voz dulce, Leonela. —Habla por ti. —replica Dylan caminando fuera de la mesa. —¡Dylan! —grita Martín viéndolo alejarse —¿A dónde vas? —Lejos de ustedes? —se apresura a dejar el comedor.
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