Continuación…
Los tres jóvenes abandonan la sala y se encaminan hacia los espléndidos jardines del palacio, un espacio repleto de colores y aroma fresco. Es posible observar esculturas transformadas en fuentes de agua, banquillos ocultos entre los árboles y una extensa pileta repleta de agua cristalina, de la cual aún no identifican su utilidad.
—Es para refrescarse —explica Amara al verlos observar el lugar. Ellos se quedan sin comprender. —Es como si fuera un manantial u oasis, solo que está en el jardín de tu casa.
—Eso es muy innovador —comenta Demian con intriga.
—Lo es, pero supongo que por el clima de ustedes es difícil poder disfrutarla.
—Quizás —responde.
Ella asiente y continúan el trayecto. Los tres son de muy poco hablar, así que la mayor parte del tiempo caminan en silencio, aunque este no es incómodo. De hecho, Demian lo agradece, porque de esa forma puede analizar la mejor forma de cómo procederá con su misión ahora que está en la tierra donde creyó no volver más.
—¿Ustedes suelen ser tan callados? —cuestiona Amara.
—Pasamos mucho tiempo a solas, supongo que nos gusta el silencio —explica Demian.
—Yo opino igual, por eso quiero entrar al convento, aunque a mi madre no le agrade la idea —confiesa sin mirar a sus acompañantes.
Los dos caballeros detienen sus pasos al escuchar lo que Amara acaba de decir. Demian se gira para ver a la joven, mientras se cuestiona la intención del compromiso.
Por eso su vestimenta y actitud tan evasivas. La están obligando a casarse —piensa el príncipe por sus adentros.
Lo que le faltaba: tener una prometida resentida con él.
—Discúlpeme, su alteza, ¿usted ha dicho que quiere entrar al convento? —Esteban rompe su silencio con curiosidad.
No es de inmiscuirse en temas de la realeza, solo si su primo le da paso; sin embargo, el comentario de la joven le ha intrigado.
Ella asiente, intercambiando su mirada entre los dos. Los entiende, no son los primeros en reaccionar de esa forma.
—Pero si no quieres un matrimonio, ¿por qué quieren formalizar un compromiso conmigo? —cuestiona Demian.
Ella se queda perdida, no entiende la sugerencia del príncipe hasta que comprende la confusión.
—¡Oh, por Dios! —exclama. —¿Crees que soy Amira? —cuestiona. La princesa observa las caras de ellos; es graciosa. Con ternura tapa su boca con las manos, ocultando su sonrisa. —Creo que hay una confusión, príncipe, yo soy Amara y… Ah, mire allá —señala con el dedo. —Ella es Amira, tu prometida.
Los dos caballeros desvían sus miradas hacia donde Amara les indica. Observan una especie de campo de entrenamiento, algo parecido a lo que Demian tiene en casa. Allí se encuentra una joven cabalgando con agilidad y rapidez, mientras evade los obstáculos frente a ella. Una vez que lo logra de manera magistral, saca desde el carcaj que lleva en su espalda una flecha y dispara hacia el centro de una rueda, atinando justo a la diana.
Ambos se quedan perplejos ante la hazaña. Ella no titubeó ni falló. Se requiere de mucho entrenamiento para domar un caballo mientras se intenta tirar una flecha. Ni ellos poseen tal habilidad.
—Eso es impresionante —dice Esteban maravillado, sin apartar su vista de Amira.
Ambos lo están; en su mundo, son pocas las mujeres que optan por aprender o por perfeccionar su tiro con arco. Incluso de mejorar sus cabalgatas. A muchas les enseñan el arte de la seducción para elegir un buen marido y, de ser posible, a un príncipe.
Pero Esteban, que no suele sorprenderse de muchas cosas, le cuesta apartar su vista de ella.
—Lo sé, practica todos los días —informa Amara con orgullo. —¿Y pueden creer que solo tiene diecinueve años? Es muy joven y hace mejor papel que yo de princesa —comenta sin recelo.
—¿Diecinueve? —pronuncia Demian con la vista fija en su prometida. —Es muy joven.
En ese instante, su mente analiza muchas cosas y no podría describir qué siente. No obstante, él tiene por seguro que no se trata tanto de ella, sino de lo que pudo hacer.
Mientras Amira baja del caballo, el príncipe nota su peculiar vestimenta; está vestida como una guerrera; lleva pantalones de cuero ajustado, botas largas y una prenda parecida a un corsé de mangas cortas. Lleva puestas braceras para no lastimarse al momento de lanzar.
—Quizás sea muy joven, pero te sorprendería todo lo que ella puede hacer. Es muy activa.
Amara y Amira son muy diferentes en muchos sentidos; aun así, son unidas.
Por su parte, Amira se encuentra en su mundo. Cuando entrena, se le olvidan sus compromisos reales. Durante ese instante es solo ella, su caballo y su arco; nada logra ser tan importante como para que lo deje a un lado.
A su corta edad va en camino de convertirse en una de las mejores arqueras de su nación; siempre lo demuestra en la temporada de caza: no hay presa que no logre atrapar, ni rastro que no pueda seguir. Su padre quería que todos sus hijos supieran lo básico de la supervivencia; ellos siempre estarán en riesgo, así que saber defenderse será su mejor opción.
Y sin dudas, ella ha sido la mejor alumna. No necesita el reconocimiento de nadie por su logro; sin embargo, no puede evadir la emoción que le invade y que la lleva a abrazar a su entrenador, el cual la recibe con mucho gusto, hasta que desde su distancia se percata de la presencia de la princesa Amara y dos individuos que no logra reconocer. De inmediato, su cuerpo se tensa al deducir quién podría ser uno de ellos.
—Disculpe, Alteza —habla el entrenador mientras se separa de ella con delicadeza. —Puede que malinterpreten la cercanía; su hermana está aquí y hay dos caballeros junto a ella, puede que se trate del príncipe Demian —informa.
Amira frunce el ceño ante las palabras de su entrenador, da media vuelta y ahí confirma las palabras. Es quien se supone que sea, su futuro esposo. Ambos se encuentran a unos cuantos metros de distancia; no obstante, desde donde se encuentra la joven, puede apreciar la figura de los dos caballeros, sobre todo con el que tiene que casarse. Es más alto de lo que esperaba; al igual que ella, lleva vestimenta oscura, la cual resalta el tono de su piel.
—Oh, cierto, él llegaba hoy —dice, volteando a ver hacia otro lado para luego regresar su vista hacia su entrenador—. Lo mejor será que me vaya a presentar; lo más seguro es que mi madre esté furiosa. Nos vemos más tarde, Guilliam.
—Bien —responde con formalidad haciendo una reverencia.
Ella termina de despedirse e intenta arreglar su aspecto para caminar hacia ellos.
La joven se arrepiente de no haberle hecho caso a su madre antes de la llegada del príncipe; no es de las chicas que invierten mucho tiempo en su aspecto, pero le hubiese gustado no verse tan desalineada en su primer encuentro con él.
A medida que Amira se va acercando, Demian la puede detallar mejor; ella camina con mucha confianza y determinación, su piel canela se ve aún más radiante bajo el sol y sus ojos almendrados color avellana desvelan una mirada transparente e hipnótica.
Para sorpresa del pelirrojo, la joven lleva el cabello corto, un estilo que ha visto pocas veces. La mayoría de las mujeres tienen el pelo largo, pero su futura prometida no; el largo de su cabello llega hasta el cuello, es lacio y oscuro.
Sus rasgos faciales no son tan perfilados, ni su figura es delgada; sin embargo, para los ojos de muchos es simplemente perfecta. Pero lo que todos aplauden es su porte, el mismo que la lleva a pararse frente al príncipe, sin intimidarse.
—Buenas tardes, su alteza. —Se dirige primero a Demian con una reverencia. —Señor Karlsen —saluda a Esteban. —Es un placer poder conocerlos.
Habla con toda la educación que su preparación amerita.
Ella levanta la mirada y la fija en el hombre de ojos azules. Ahora que está a unos cuantos pasos de él, se da cuenta de la diferencia de tamaño que hay entre los dos.
Por unos instantes, todo desaparece alrededor y solo quedan Demian y Amira, quienes no apartan la vista el uno del otro.
Se observan con curiosidad, intriga y quizás algo más…