Continuación…
Como si fuese una especie de neblina, la tensión comienza a sentirse por todo el salón. El sistema de regencia en el reino de Vaelkaris se basa en una monarquía absolutista; el rey tiene el poder y control total de la nación, así que realizar las asambleas es una mera formalidad, solo las usa como un centro de información para enterarse del estado actual del reino. También es otra manera de saber con quiénes cuenta y quiénes no dudarían en derrocarlo. De intuir lo último, este no tendría otro remedio que mandarlos a la horca.
Sin duda, es mucho poder para una persona y es la principal razón por la que el príncipe heredero no duda en dar su parecer. No confía en el juicio de su padre y sus intenciones nunca han sido ocultárselas.
—Cómo no —se le escucha decir al príncipe, casi como un susurro que logra ser captado por su padre, quien sabe a la perfección lo que piensa su intrépido hijo. Sin embargo, no dejará que este lo turbe con sus ácidas opiniones.
—Príncipe heredero, ¿acaso usted tiene otra opinión sobre las dimisiones? ¿No cree que sea una falta de patriotismo que esos soldados quieran abandonar sus puestos? —pregunta, volteando a ver a su primogénito, el cual se encuentra mirando hacia el frente. Demian, sin apartar la vista, responde…
—No. Por lo que veo, estas son solo las consecuencias que evidencian la mala administración que hay en el ejército —comenta en tono acusatorio, sin esforzarse en guardar las formas. En medio de la asamblea se empiezan a escuchar murmullos; algunos sonríen como padres orgullosos, mientras que otros, como el ministro de Defensa, no ocultan su mirada de desaprobación. —He estado en las primeras filas de las batallas desde que recibí mi formación militar y puedo asegurar que hay mucho que reformar.
Termina de decir el intrépido joven y esta vez le sostiene la mirada a su padre. A pesar de que el rey se muestra como un hombre de carácter fuerte, Demian nunca le ha temido, nunca ha bajado la cabeza o ha cumplido con sus mandatos al pie de la letra.
Los dos se desafían con una intensa y gélida mirada; les gustaría decirse muchas cosas; no obstante, ninguno se atreve a dar un espectáculo en medio de la asamblea. Para suerte de ambos, la batalla interna que llevan es interrumpida cuando el primer consejero carraspea la garganta para disipar la tensión entre padre e hijo y evitar que los comentarios sobre la casi inexistente relación entre los dos se sigan alimentando.
—Debemos tener en consideración las causas que han provocado el disgusto por el cual tantos jóvenes soldados han decidido renunciar a sus puestos. Se evaluará el tema y en el próximo concejo se reportarán las medidas tomadas para la solución a lo ocurrido —comenta el hombre mayor con sabiduría.
El rey devuelve su mirada al frente y asiente ante la propuesta del consejero. El príncipe también asiente satisfecho al saber que por lo menos este asunto no quedará enterrado en el olvido; solo espera que no tenga un mal manejo como otros. Aunque todos parecen estar conformes, el ministro de defensa no se muestra igual; su rostro refleja molestia y bajo la mesa se puede apreciar cómo empuña sus manos.
Chiquillo fanfarrón, yo me encargaré de darte la lección que no te ha dado tu padre en todos estos años —es el comentario que retumba en la mente de Fraser y que aún no se atreve a decir de frente.
—Cambiemos de tema —habla el rey. —He escuchado que los bandidos de capuchas negras han vuelto a atacar.
Comunica el rey, sin mostrar la frustración que le genera hablar de los guerreros misteriosos que atacan su soberanía encubriéndola de una supuesta “lucha social”; al principio se creía que eran una banda de ladrones que robaban para su propio beneficio, ahora las noticias lo pintan como “justicieros”.
—Así es, majestad, esta vez asaltaron en la frontera. Aún se desconocen sus identidades y cuáles son los objetivos reales que buscan con sus ataques –responde el viceministro del ejército. Demian frunce su ceño intrigado por la noticia y, sin importarle nada, cuestiona…
—¿Me dirán que solo atacan sin un objetivo? ¿Acaso no se llevaron nada? —cuestiona el príncipe, esperando una respuesta con lógica.
—Sí, su alteza, esta vez se llevaron el libro donde se registran incidencias menores que pasan en la frontera. Nada de qué preocuparse, lo tenemos controlado —responde Fraser.
—Bien —habla el rey confiando en las palabras del ministro.
Durante los siguientes minutos se sigue debatiendo temas de importancia, unos más que otros. Ya la asamblea pareciera que estaba llegando a su final, hasta que el rey decidió agregar algo más. Cansado de escuchar tantas propuestas superficiales y poco elaboradas para solucionar los problemas, el príncipe respira profundo, seguro de que no hay forma de que aquella reunión empeore, pero su padre siempre tiene la forma de volver lo malo inaudito.
—Para cerrar este día tan frutífero, he considerado que la mejor forma de asegurar nuestra supremacía es con el casamiento de mi hijo, el heredero a mi trono, Demian II, y la princesa de Catleya, Amira.
Demian escucha esas palabras sintiendo que miles de flechas le atraviesan su pecho. Sabía que tenía muchas responsabilidades como futuro rey; contaba con ellas. Él no les temía a los retos porque tenía por seguro que encontraría la manera de vencerlos. Una vez que ascendiera al trono, iba a trabajar de la modo más justo para su nación, su pueblo, sobre todo para él y su amada; entre todas las cosas que debía vencer, un matrimonio no estaba en ello. Entendía que las propuestas de esposas llegarían en algún momento, pero no esperaba que fuera del lugar que tanto odia.
Demian volteó a ver a su padre, quien permanece sentado plácidamente en su silla. El salón queda en completo silencio esperando la respuesta o reacción del joven. Pero no llega ninguna; lo único que pasa por su mente es negarse por completo; sin embargo, ninguna palabra sale de sus labios. Su primo y mejor amigo, que permanecía resguardado en un rincón de la sala, carraspea la garganta disimuladamente para que su primo reaccione y corte el tenso silencio que hay.
Mentalmente, Demian sacude la cabeza tratando de volver en sí.
—¿Y todos los miembros del concejo aceptaron dicha propuesta, padre? —es lo único que le sale decir.
Su padre es el rey, la máxima autoridad, y debido al carácter impulsivo que ha demostrado los últimos años, aunque todos los del concejo se nieguen, Demian sabe que este encontraría la forma de llevar a cabo su descabellada idea; justo eso fue lo que lo puso a él y a su madre en peligro hace tantos años.
—No veo el motivo por el cual tu casamiento no debe ser aprobado. Ya es un hecho que tú debes casarte y qué mejor que sea con una princesa de este continente —dice de manera cortante. —Creo que ya todo está dicho por el día de hoy; aún tengo que reunirme con el ministro del Ejército, así que la sesión se da por terminada.
—Sí, su majestad —dicen todos los de la asamblea al unísono.
Mientras se retiran del salón intrigados por la repentina decisión de su rey. Una vez que se fueron todos, el monarca acomoda los papeles que tiene en su escritorio y, sin voltear a ver a su hijo, dice:
—Parece que tienes algo que decirme. A ver, dilo de una vez.
—Si te soy sincero, padre, creo que ha tomado muchas decisiones desafortunadas; muchas de ellas han logrado que nos debilitemos como reino, pero esta, esta es la peor —comenta con voz calmada, aun sentado en su silla. Su primo, que sabe cómo es la hostil relación de ambos, cierra los ojos mientras niega con la cabeza, por la osadía.
—¡¿Qué diablos acabas de decir?!
Exclama el rey furioso, chocando su puño con rudeza contra la mesa de madera. Para un padre sería de orgullo contar con un hijo de temple fuerte que no tenga miedo de expresar sus opiniones, sin importar cuáles sean; no obstante, para Louis V es una advertencia de peligro, ya que no es el único que reconoce el carácter de Demian. Es un hábil guerrero que puede sobresalir en una batalla a muerte, así como en los asuntos políticos. Es bueno con las palabras, pero aún mejor con la espada; no parece temerle a algo y eso lo hace un mejor rey que él mismo. Lo sabe, porque ha escuchado los rumores en todo el palacio que hablan de las virtudes de su primogénito. Por eso pretende asegurar su reinado por unos cuantos años más y para eso quiere debilitarlo.
—Lo que escuchaste —dice levantándose de su asiento mientras mira con rabia a su padre. Su primo se pone alerta, así como los guardias de su padre. —Dame una buena razón por la que crees que casarme con la hija de nuestro enemigo es la mejor opción.
—Catleya no es nuestro enemigo; en algún momento tuvimos desacuerdo, algo normal entre reinos —dice, intentando ser lógico con su defensa. —Por si no lo has notado, el continente parece que se está dividiendo en dos. Ya perdimos un aliado, así que perder otro sería irresponsable; tendríamos tres reinos contra uno, ¿qué crees que pasaría después?
—Claro, encuentras más lógico tener un aliado en la guerra que buscar la paz con un reino que solo se defendió de los ataques irracionales de tu padre y que tú continuaste. ¡¿Estás escuchando lo que dices, padre?! —reclama exasperado.
—¡No te atrevas a levantarme la voz! —responde molesto. —Ya está decidido, necesitamos unir fuerzas antes de que… — el rey hace silencio cuando se percata de que estaba a punto de hablar de más. —Ya tienes veintiocho años, Demian, a tu edad ya te tenía —desvía la conversación.
—¿Por qué no terminas lo que ibas a decir antes? ¿Qué fue lo que hiciste ahora, padre? ¿Por qué Vaelkaris necesita una alianza matrimonial con Catleya? —cuestiona Demian. Sabe que hay más, pero también sabe que, por más que lo intente, su padre no dirá más.
Cansado del enfrentamiento con su hijo, este pasa los papeles a su secretario y sale sin decir nada más. Demian lleva la mano a su cien, agotado de todo lo que pasa a su alrededor. Tienen tantos motivos para abdicar, pero se lo prometió a su madre; le juró que le devolvería su esplendor al reino que tanto amaba y que cuidaría de sus hermanas. Él está seguro de que, si deja todo atrás, su padre, que actúa como un bárbaro, se las ofrecería al primer postor. Ese pensamiento le dolió, porque por más que quiere negarlo, su padre solo obedece a dos cosas y es el dinero y el poder.
—Tranquilo, enojado no resolverás nada —dice su primo. —Vamos a la taberna a tomar algo, así te relajas.
—No, Sebastián, tengo algo que hacer.
—Irás con ella, ¿cierto? —pregunta, pero no escucha una respuesta. —¿Se lo dirás?
—Aún no. No la voy a preocupar; sé que puedo detener la estúpida idea de casarme con una completa extraña.
Fin de flashback
Eso es lo que lo empujó a mandarle un recado a su amada, para encontrarse en la cabaña que él adquirió un año después de haberla conocido, cuando se dio cuenta de que Isabella es la mujer con la que quiere pasar el resto de su vida, aunque tendrá que librar muchas batallas para lograr su objetivo.
Aun tirados en la cama con sus cuerpos completamente desnudos cubiertos entre sábanas blancas de seda, el intrépido joven pronuncia las siguientes palabras…
—Te amo y… -hace una pausa. —Te prometo que nadie cambiará ese hecho, aunque el mundo me obligue a hacerlo.
Él le sujeta con suavidad el mentón de la joven. Ella asiente y con un beso sella la afirmación que ha pronunciado Demian, su príncipe.